¿De qué hablan los hombres cuando hablan de mujeres?

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schiele.mujer“Mujeres misterio”

¿Existe la mujer? ¿Qué es una mujer? Tres escritores intentan dar respuesta a estos interrogantes. 
 
Hombres hablando de mujeres

“Una mujer no es de nadie, salvo de sí misma.
Ningún hombre pierde más mujer que la que ya no tiene”
                                                           Abelardo Castillo

Corren tiempos de felicidad imperativa y de intolerancia a las pequeñas derrotas cotidianas. Incapaces de callar, compelidos por el tácito mandato de decirlo todo no resulta extraño que la sexualidad se haya convertido en discurso. En una atmósfera psicologizada hasta la intoxicación las clases medias urbanas no toleran el silencio ni las preguntas sin respuestas. Autorreferidos, hombres y mujeres no podemos evitar buscar en nuestras propias definiciones lo que sin dudas no se encuentra allí.

Los sexos se atraen, se repelen, se aparean en uniones débiles y amores enanos que siempre tienen éxito y siempre fracasan. Atrapados en un mundo imaginario y sin sustentos sólidos conectamos nuestras antenas en vínculos frágiles y evanescentes. Fugaces, confundidos, ignorantes, nos damos en los pasillos y en las plazas tristes besos clandestinos.  Nos tomamos de las manos, nos miramos a nosotros mismos en los ojos de quien tenemos delante. Fascinados con nuestra propia imagen reflejada en esos ojos muertos inventamos conexiones que nunca existieron y volvemos a comenzar. ¿Tu casa o la mía?

Pero este es un artículo de hombres que se hacen preguntas. Como tantas otras paradojas, hablamos aquí de una cosa cuando –en realidad- hablamos de otra. Hablamos de mujeres porque nos resulta imperioso conocerlas para saber qué somos. Sabemos que no obtendremos respuestas pero no podemos evitar buscarlas. Así son las cosas. Será este un artículo arbitrario, subjetivo, parcial, anárquico. En fin, masculino.

¿Qué es una mujer?

Tal vez sea este el tema más trascendente de nuestra identidad masculina. Por oposición a la idea que de ella tengamos se irá construyendo lo que creemos que somos. Pero, ¿cómo lograrlo cuando la definición de “mujer” nos resulta tan ajena y tan inaprensible?

No trataremos aquí de encontrar una definición neutral de “La Mujer”.  Más bien intentamos descifrar  el inquietante modo en que, desde la perspectiva del hombre, todo intento al respecto resulta tormentoso, oscuro, imposible. 

Es estúpido formular un interrogante sobre aquello que se define por él. Una mujer –para un hombre- tal vez sea sólo eso: un enigma. Atrapada en una respuesta se disolvería al instante. Una mujer es el ejercicio perpetuo de la conjetura y del asombro. El misterio de lo diverso, lo brutalmente ajeno.  Es la fragilidad de la razón estrellada contra el muro del deseo.

Digámoslo de una vez: no hay amor feliz. Lo que se posee, ya no se posee. Lo único que en verdad tenemos es el deseo de lo que aún no tenemos. Todo amor encuentra, en el preciso momento en que se concreta, el instante de su derrota. Algo nos seduce. Más tarde lo atrapamos con el puño como a una mosca que pasa volando. Capturamos allí al zumbido embriagador que nos rondaba. Entonces, abrimos la mano, pero ya no hay nada. Recuerdo ahora a Marguerite Yourcenar: “Terminaré mi vida en un calabozo de victorias”.

Las fronteras entre hombres y mujeres son borrosas e inestables. Límites tan imprecisos guardan un territorio de indefinición y encierran una lengua secreta cuyo significado permanece intraducible para unos y otros. Esa clave inaccesible y oscura es, sin embargo, poderosa y magnética. Es una fuerza desconocida que nos atrae sin que podamos descifrar exactamente sus misteriosos motivos.

Las investigaciones se multiplican en su afán de objetivar, registrar, documentar las distinciones entre los sexos. Definirlas, localizarlas, desocultarlas es también un intento por conjurar el misterio originario. Establecer el pormenorizado repertorio de la diferencia contribuye a comprender sus aspectos particulares pero también a extender la secreta impresión de que las verdaderas preguntas no podrán responderse desde el momento en que aún no nos hemos atrevido a formularlas.

Haga la prueba, deténgase a observar a una mujer dormida. Recorra como a un extraño animal los senderos de su cuerpo. Sienta el pulso inquietante de su respiración. Yo acabo de hacerlo y aún me estremezco entre el terror y el deseo.

Cada mujer encarna la naturaleza sublime de la hembra. Tienen el don de la anticipación y la porosidad de la tierra. Nos plantan como a una semilla muerta para incubarnos en el calor de su vientre. Hay secretos que no nos cuentan y que ellas ignoran que conocen.

Al final de este texto duerme una mujer desnuda. Como al final de casi todas las cosas. Allí, donde lo real se despoja de sus máscaras y se muestra brutal e insensato como una verdad a secas. Yo, me quemo en ese infierno desde que tengo memoria.  

Daniel Flichtentrei

Tres preguntas, tres escritores y un misterio 

¿Qué podría hacer un grupo de hombres solos sino hablar de mujeres? ¿Qué más podrían hacer sino hacerse preguntas que no tienen respuestas?

Hemos convocado a tres escritores destacados que se han ocupado del tema desde perspectivas diversas. Ricardo Coler es médico y escritor -aunque él lo niegue- y director de la revista “Lamujerdemivida”, Luis Gruss es periodista, escritor y fotógrafo y Roberto Pitluk es antropólogo e investigador del CONICET. Todos han sido capturados por la fascinación de la pregunta sin respuesta. Los tres han producido obras que abordan los interrogantes más básicos de la condición humana. Inteligentes, sensibles y rendidos al embrujo milenario de la mujer se han prestado a responder tres preguntas “malditas” que, en un acto de franca imprudencia, nos hemos animado a proponerles.

 “Las mujeres son sabias para hacer fracasar cualquier clasificación que las incluya” Ricardo Coler

¿Existe la mujer? 

Ricardo Coler: Hablar sobre género es, básicamente, hablar sobre la mujer. Ellas son las que nos obligan al replanteo. Entre mi tatarabuelo y yo hay muchísimas menos diferencias en la manera de pensar, en lo que nos entusiasma, nos indigna o nos calma que entre la tatarabuela de una mujer de mi generación y ella misma. Entre ellas es donde se produjo el verdadero cambio. Existen las mujeres. No una, sino muchas mujeres distintas. No me atrevo a decir que hay un modelo único de mujer y si lo hubiera, no sería fácil de definir. Además cualquier intento de encasillarlas las pone de mal humor. Las mujeres son sabias para hacer fracasar cualquier clasificación que las incluya.

Luis Gruss: La mujer suele ser identificada con la falta. Para suplir esa falta heredada por siglos de marginación y silenciamiento (y no solamente por una conformación genital determinada y poco elocuente), la mujer recurre a la mascarada (es un término de raíz lacaniana) para hacerse ver. La mujer es todo ser. Si obdece únicamente a esa condición se disolvería. Por eso a veces la mujer necesita ser hombre para existir. La mujer existe, en resumen, como algo siempre eternamente incompleto y siempre al borde de la disolución.

Roberto Pitluk: Dependiendo del punto de vista, es posible responder a estas preguntas desde muy distintas perspectivas. Desde un punto de vista empírico, por ejemplo, es obvio que la mujer y el hombre existen como cuerpos. O sea, como formas orgánicas o como objetos de la percepción. Pero, ¿de qué nos sirve esta constatación? ¿Alivia en algo nuestra incomprensión acerca de la infelicidad de los vínculos? El punto de vista pragmático, hoy tan en boga, arroja escasa luz.

“La mujer, para el hombre, es siempre lo otro, lo subversivo, lo diferente, lo indio, lo negro, lo loco” Luis Gruss

¿Qué es una mujer?

Ricardo Coler: Es el tipo de pregunta de la que sabemos la respuesta pero que fracasamos cuando intentamos explicarla. Cuando hay que explicarla ya no es tan fácil ponerse de acuerdo. Los hombres opinan y al escucharlos, las mujeres se enamoran o se indignan. Lo más frecuente es que se indignen. Decir, por ejemplo, que la anatomía es una verdad que no admite replica presenta algunos inconvenientes. En muchos casos la anatomía necesita de una elección. Cuando nos encontramos con quien tiene genitales masculinos y cerebro femenino. ¿Por qué diremos que los genitales son lo auténtico y  el cerebro el desubicado? El cerebro también es un órgano. Por lo general, considerarlo más distinguido que los genitales suele dar buenos resultados. Otorgarle  prioridad a los genitales para determinar el sexo es más fácil pero no deja de ser una toma de posición, nunca una verdad revelada. Si consideramos al cerebro como el órgano sexual, podremos decir que la anatomía siempre coincide con la identidad sexual. Entonces, si el cuerpo tiene sus vueltas ¿qué define a una mujer? Ser madre, no.  Muchas mujeres no lo pretenden y sin embargo siguen siendo mujeres. ¿Qué le gusten los hombres? La extensa lista de varones con igual inclinación les quita la exclusividad. ¿Ocuparse de la casa? Si además trabajan, no parece muy justo. No es tan fácil.  Quizá pensar como una mujer. Creo que esa es la  clave, una mujer es quien piensa como una mujer.

Luis Gruss: La mujer, para el hombre, es siempre lo otro, lo subversivo, lo diferente, lo indio, lo negro, lo loco. Los hombres no entendemos qué quiere una mujer. Apenas lo intuímos. La necesitamos en remplazo de la madre que nos falta. La mujer, nacida cuidando el fuego y los hijos en la caverna primitiva, rechaza las veleidades aventureras del hombre cazador. Elige al mejor ejemplar de la manada y asegura la continuidad de la especie. La mujer es siempre la extranjera. Por algo decía Pavese que la mujer es enemiga jurada de la poesía. La mujer no quiere poesía sino hechos. Quiere, para decirlo brutalmente, sexo de la manera más directa y explícita posible. Su verdadera realización sexual no es el orgasmo sino el hijo. Una vez obtenido el hijo desplaza en parte al compañero. Ya no lo necesita (salvo para una serie de tareas concretas que la mujer prefiere delegar en el macho).

Roberto Pitluk: ¿En qué sentido se puede reflexionar, entonces, acerca de si la mujer existe y qué es? Es necesario introducir un punto de vista que integre la perspectiva del ser. Pero, ¿qué es el ser? ¿El ser de qué? El punto de vista de la “seridad”, es decir, de lo que es, está completamente olvidado en nuestro días. En cambio, se ha difundido la creencia en un relativismo a ultranza que justifica cualquier proposición. Para la mentalidad posmoderna no hay nada que sea dado por naturaleza, todo es por convención humana, todo tiene un origen sociológico o psicológico.

Entonces, ¿qué camino nos queda para esta indagación? En los mitos antiguos, por ejemplo, que expresaban una visión arcaica de las verdades elucidadas por la humanidad, se nos dice que existe un cuaternario simbólico. Está compuesto por Dios (arriba), el hombre (abajo), lo masculino y lo femenino (a ambos lados). Todas las tradiciones reconocen dos principios fundamentales: lo masculino (seco, cálido, activo, sulfúrico) y lo femenino (húmedo, frío, pasivo, mercurial). Ambos son dos aspectos de una misma realidad y la armonía es el resultado de su complementariedad mutua. Pues entre los dos completan la esencia de ‘lo humano’ en correspondencia con un nivel más alto. Según el Génesis (1, 22), Dios creó al hombre ‘a su imagen y semejanza’ y lo creó ‘macho y hembra’; porque Dios, Él mismo, es macho y hembra. El hombre –sin distinción sexista– es ‘macho y hembra’, y sólo en su manifestación orgánica se constituye como varón y mujer. Por supuesto, los predicados de cada cultura se superponen a la forma diseñada por la Naturaleza en respuesta al arquetipo divino. Y cada sociedad, en cada época, reconstruye el modelo original añadiéndole diferentes acentos.

El capitán Cook, que visitó Polinesia a fines del siglo XVIII, describe ritos sexuales que hoy calificaríamos de estupro. A pesar de eso, aquellos polinesios eran una sociedad muy feliz y no mostraban las taras matrimoniales que hoy en día son tan frecuentes. El material erótico que hoy circula en Internet ¿nos hace más libres? Desde la perspectiva que estamos construyendo podemos acercarnos un poco más a las preguntas del inicio. Podemos responder que la mujer existe, que es un aspecto de la manifestación del Ser y que se expresa en este plano en complementariedad con el varón. Y que ambos polos, el varón y la mujer, se necesitan mutuamente para expresar la esencia de lo humano en comunión con lo divino. Ahora bien, ¿quién de nosotros está en condiciones de acercarse a este ideal? 

“De qué le sirve a un ser humano –varón o mujer– ganar el mundo si se pierde a sí mismo?” Roberto Pitluk

¿Por qué -para un hombre- sería necesaria una mujer?

Ricardo Coler: La mujer no es necesaria. Puede ser preferible. Tampoco siempre. Relacionarse con una de vez en cuando hace que las idealicemos. Tener muchas al mismo tiempo es como no tener ninguna. Además es un trabajo, de esos trabajos que no ayudan a nadie y encima están mal pagos. Para convivir con una mujer es conveniente: contar con alguna experiencia y preferir pasarla bien a tener razón.                                                         

Luis Gruss: Los hombres necesitamos contacto a tierra y de eso se ocupa la mujer. Cuando no la tenemos nos sentimos desamparados (sin madre); cuando la tenemos no sabemos qué hacer con ella. pero la mujer se ocupa de armar un hermoso tinglado a nuestro alrededor. Todo parece funcionar mejor si está ella en el centro de la escena. Cuando se va sentimos que empezamos a vivir sin historia, que fuimos despojados de la historia. La mujer es necesaria. Pero no imprescindible. Todo funciona mejor si la mujer tiene proyectos de producción creativa. Todo funciona mejor si nosotros también tenemos proyectos personales. Y si los dos somos conscientes del desaosiego que, para  todos, significa el simple hecho de vivir.

Roberto Pitluk: Lo que observamos en la actualidad es un desbalance en el rol de los géneros. Los hombres hemos perdido claridad y las mujeres se han desproporcionado. La familia moderna no representa un modelo deseable para los vínculos primarios y ha dejado de proveer la dosis de sentido necesaria para sostener la vida con plenitud. Por eso está en crisis, como lo demuestran los datos estadísticos y observacionales. Esta situación sumerge a los niños en la incertidumbre, arroja a la pareja a la infelicidad y al individuo a la soledad y la anomia.

En un sentido físico, el hombre y la mujer se necesitan para darse placer, multiplicar la especie y ayudarse en la vida cotidiana. En un sentido emocional, para darse continente afectivo y acompañarse mutuamente. En un sentido trascendente, para completar la Obra. Pero ¿a quién le interesa semejante tarea? Frente a esta panorama, la búsqueda de “seridad” (el ser que realmente soy) aparece como una aspiración legítima de la misión del hombre y de la mujer en este mundo. Sin el conocimiento de mí mismo ¿qué valor puede tener la definición que construya respecto de lo que es ser hombre o mujer?

En mi opinión, la máxima de Píndaro “llega a ser el que eres” es el mayor legado que un padre puede transmitirle a su hijo, o una madre a su hija. Todo lo demás (el dinero, el poder, el éxito, el consumo) no puede ser más que un sucedáneo sin valor real. ¿De qué le sirve a un ser humano –varón o mujer– ganar el mundo si se pierde a sí mismo? Es un tema muy vasto y requiere muchísima reflexión. En mi libro, con mucho humor, trato de abrir un espacio para pensar sobre estas inquietantes preguntas.

* Agradezco mucho a Ricardo Coler, Luis Gruss y Roberto Pitluk la generosidad de compartir sus ideas con nosotros.

*Imágenes: Egon Schiele, Lucien Freud.