¿Mortales o moribundos?

soviet

Mi viejo tenía una versión lógica del mundo. Una confianza ciega en el futuro que procedía, no de sus ilusiones, sino de sus cálculos. La historia era racional, el futuro inexorable. El suyo era un entusiasmo con fundamentos. Sus últimos tiempos quedó atrapado en el silencio. Tal vez escuchaba el estruendo del futuro derrumbándose delante de sus ojos azules. La caída del muro de Berlín redujo a escombros su representación del mundo. No quiso hablar. No encontró razones. Las palabras dejaron de nombrar las cosas. Sin lenguaje es imposible estar con otros o -peor aún- es imposible estar con uno mismo. Se quedó sin sueños mientras se disolvía el sentido de su propio pasado. Hace algunos años decidió callar. Siempre había sido tan enfático, tan coherente. Desde que tengo memoria disolvió con argumentos rotundos todas mis preguntas. Se encerró adentro de sí mismo.

Nos miraba raro como a través de una ventana empañada. Dejó de leer los diarios. De enfurecerse con las invasiones americanas en cualquier lugar del planeta. De leer libros. Una mañana desarmó el atril que había amurado a la pared del baño para poder leer mientras se duchaba sin salpicar las páginas. Ya no se escuchaba a Dvorak, a Mendelssohn o a Bach llegando desde su cuarto a toda hora del día. Nunca más les cantó a sus nietos las mismas canciones del Quinto Regimiento que nos había cantado a sus hijos.

Una tarde de Julio lo llevé a dar una vuelta en el auto por el hospital donde había pasado más de cuarenta años hasta que un milico cruel e ignorante le aplicó no sé que ley antisubversiva de mierda para proteger a la patria y lo dejó afuera del lugar que más amó un su vida. Yo sabía que le haría daño, pero quería estimularlo. Paré en la puerta, apagué el motor. No dije nada. Fue mirando despacito como en un travelling de una cámara de cine. Observó el edificio, los álamos, el caminito que lleva al subsuelo, las ventanas que empezaban a iluminarse, una ambulancia desde la que bajaban a una mujer que se agarraba la panza. Se quedó callado. Cerró los ojos, bajó la cabeza. Me tocó la mano. Comprendí que era suficiente. Arranqué y lo llevé de vuelta a casa.

La soledad anticipa a la muerte. La existencia nos abandona antes que la vida. El verdadero drama de la vejez – esa larga agonía- no consiste en que nadie los reconozca sino en que ya nadie necesita ser reconocido por ellos. Privados para siempre de la posibilidad de proteger, andan como fantasmas en un mundo que ya no logran explicarse. La semilla de la muerte ha comenzado a germinarles en el pecho. ¿Qué distingue a un mortal de un moribundo? Yo no supe acompañarlo. Ahora es tarde. Hoy se derrumbó al salir de la cocina. Nada extraordinario. Apenas la muerte completando el trabajo que venía demorando.