“Preferiría no hacerlo…”

Acerca de la burocracia, las persecuciones y las metamorfosis.

Sabés Natalia hoy me acordé de vos. Ignoro el motivo, pero pensé en vos. Aún me sucede pese a los años que han pasado. En ocasiones, sin que nada evidente lo motive, tu figura se me aparece de improviso. Te veo frente a mí como tantas veces durante aquellos primeros tiempos de mi ingreso a la profesión. Erguida, seria, las cejas fruncidas y la boca apenas dibujada por una línea escuálida y tensa que, de Este a Oeste, te cruzaba la cara. El pié derecho golpeaba sobre el piso a un ritmo siempre idéntico a sí mismo señalando el tiempo de la espera. Yo te miraba en silencio. Esperabas mi respuesta a una pregunta que jamás me habías formulado. No la considerabas necesaria. Para vos el mundo era clarísimo y de una sola manera. Sin variantes ni dobleces. Las cosas eran así, limpias, derechitas, transparentes. Un par de minutos más tarde mi paciencia se agotaba y me subía desde el vientre una furia incontenible. Te pisaba el pié para callar el segundero insoportable en que vos lo transformabas. Aguantabas. Yo cada vez lo apretaba más. Hasta que te ponías roja como una manzana y me gritabas:

-¡Animal! Sos un verdadero animal.

-Me gustas más cuando te ponés furiosa.

– No seas idiota…

– No te entiendo, ¿qué querés?

– Que hagas las epicrisis quiero, que completes los formularios de alta. ¡Eso quiero!

– Preferiría no hacerlo…

– ¿Por qué me hacés esto?

-Porque te desperdiciás en cosas como ésta. Buscá algo más atractivo para entregarle tu furia.

-¿Vos creés que sos más inteligente que yo?

– No

– ¿Entonces? ¿Qué pensás?

– Que estás llena de pasiones inútiles. Que no voy a  hacer nada de eso, ni ahora ni nunca.

Te ibas. Rápido, con pasos cortos y ridículos. Llena de ira y sedienta de venganza. Me dabas risa. Te molestaba menos que yo impugnara un orden que considerabas divino e inalterable que los formularios que yo me negaba a completar. Apilabas las historias clínicas en mi casillero hasta que ya no hubo lugar para que guardara mis cosas. Luego ocupaste mi escritorio y, cuando estaba de guardia, las esparcías sobre la cama para que no pudiese acostarme. Yo sencillamente las tiraba al piso y dormía como un angelito. Nos declaramos la guerra. Para vos era una situación dramática pero a mí me divertía mucho. Teníamos la misma edad pero habitábamos planetas que se repelían mutuamente.  Yo no quería lastimarte, pero vos ya me habías condenado a muerte. En cada lugar por donde pasaba me encontraba con un cartel enorme denunciándome públicamente. Te aparecías en las recorridas de sala para reclamarme a voz en cuello delante de mis jefes. Interrumpías los ateneos del servicio -precisamente cuando era yo quien presentaba el caso- y reclamabas ante el auditorio por mi inconducta y mi desidia. Me denunciaste por escrito ante el director del hospital. Me conminaron a reparar mi falta y me negué. Me sancionaron. Fui suspendido una vez. Pero insististe y me volvieron a suspender durante unos días. La tercera vez que lo intentaste le dije al director que no pierda el tiempo con sanciones menores, que me expulse o me fusile en la plaza pública porque no pensaba hacer ese trabajo nunca. Me miró en silencio, se rascó el abdomen y chupó largamente la punta de su lapicera.

-¿Vos pensás que la secretaria está empeñada en una causa que no vale la pena?

– Exactamente

– ¿Y vos?

– Yo también, claro.

– Entonces, ¿Por qué no ponés tu energía en algo que verdaderamente lo justifique?

– Porque prefiero establecer mis propias reglas idiotas a seguir las que usted impone.

– Andate…

Natalia, fue inevitable, poco a poco comenzamos a odiarnos. Recién entonces me consideré tu enemigo. Ya no me causabas gracia. Ahora encarnabas todo lo que yo despreciaba. Podía comprender lo que hacías pero me parecía intolerable que creyeras en ello. Todos seguíamos reglas en las que no creíamos pero vos las admirabas y te entregabas a ese culto a la burocracia como a una misión sagrada o a una religión. Ahora los dos nos habíamos comprometido con causas inútiles. A diferencia de vos, yo lo sabía. Pero como ya no pude evitarlo, en los hechos, resultábamos idénticos.

Me perseguías como a un delincuente. Y lo era. Claro que lo era en la versión inflexible del mundo chato y sin dobleces en que vivías. Fuimos una obsesión el uno para el otro durante un par de años. Yo nunca completé un formulario de alta médica pero vos jamás dejaste de reclamármelos. Consecuentes, indoblegables, estúpidos, ambos nos entregamos a una batalla que ninguno podía ganar.

Los médicos residentes trabajábamos como animales, sin descanso, con sueño, con hambre o con el agotamiento extremo de los peores momentos. Atendíamos pacientes,  empujábamos camillas, extraíamos sangre, hacíamos los análisis de laboratorio de urgencia, salíamos en ambulancia. Mis compañeros hacían lo mismo, pero también completaban tus miserables formularios y vos me lo recordabas a cada momento. Nunca lo entendiste, pero para mí era un elogio lo que para vos era una acusación o un pecado.

Aparecías muy temprano en la mañana cuando yo me quedaba por las noches.  Revisabas como un sabueso la habitación, la cama, el baño. Buscabas las huellas de alguna mujer clandestina que hubiese pasado por aquellas largas noches de guardia. Y claro, las encontrabas. Un cabello en la bañera, la persistencia de un perfume sobre la almohada, una hebilla olvidada bajo la cama.  Más tarde te encargabas de que se enterase la única persona en el mundo que yo necesitaba que lo ignore.

Así eran tus acciones: estratégicas, contundentes, impiadosas. Eran golpes quirúrgicos, precisos como misiles teledirigidos. Fuiste subiendo la apuesta, pero lo que no sabías era que mi límite estaba mucho más allá de tus posibilidades. Poco a poco comprendiste que yo estaba inmunizado contra el escándalo y la vergüenza.

Te lo dije miles de veces, en cientos de lugares: “Preferiría no hacerlo…”. Vos intuías que ésa frase encerraba una clave pero yo nunca te la develé. Imaginé que alguna vez vos misma ibas a encontrarla, eras lectora y curiosa. Pero nunca lo lograste.

– ¿Podrías al menos negarte empleando otra frase alguna vez?

– “Preferiría no hacerlo…”

Una madrugada helada de Julio llegaste con tu madre ahogándose mientras abría con desesperación su boca buscando el aire con los labios azules y una expresión agónica. Era una mujer austera, callada. Se tomaba de tu mano con una fuerza que no parecía de ella. Te miraba con los ojos a punto de salirse de las órbitas. Parecía reclamarte más una explicación que ayuda para lo que le estaba ocurriendo. Sólo te miraba a vos como si no registrara al resto de las personas que la rodeaban. Estabas pálida y aterrorizada. Te sentí tan vulnerable que me retiré de la sala de guardia y dejé que mis compañeros asistieran a tu mamá. Pensé que no era justo para ambos que yo te viera así y que te debía la discreción de no exponerte en esas condiciones ante tu mejor enemigo. Salí. Mientras esperaba el ascensor en un pasillo completamente oscuro escuché tus pasos que se acercaban. Te detuviste justo detrás de mí. Sin hablar. Cuando se abrieron las puertas entraste y te ubicaste a mis espaldas. Mirabas el suelo sin levantar la cabeza. Entonces me hablaste.

-Me gustaría que fueses vos el que atienda a mi mamá.

Me di vuelta. Te miré, pero vos no.  No te dije nada. Volvimos juntos y en silencio hasta la planta baja. Creo que llorabas, pero no me animé a volver a mirarte a los ojos. Me hice cargo de tu madre durante muchas horas esa noche y más tarde durante dos semanas hasta que estuvo en condiciones de volver a casa.

–  ¿Tengo que darte las gracias?

– No. Puedo recibirlas aunque vos no me las des.

– Quiero que sepas que esto no cambia en nada nuestra relación.

– Nunca imaginé otra cosa.

– Mi mamá te manda una torta de chocolate. Está sobre tu escritorio.

– Muchas gracias, no pienso convidarte ni un pedazo.

Nuestra pequeña guerra privada continuó como si nada hubiese sucedido. Me perseguiste con toda tu perversa inteligencia. Atacabas cada uno de mis puntos débiles. Lograste que no me permitan escuchar música mientras escribía, que me asignen las peores camas de la sala, que deba cumplir con más guardias los fines de semana. Hiciste que me obliguen a atender consultorio todos los lunes, miércoles y viernes. Sabías que lo detestaba como casi todo el mundo. Pero lo hice Natalia, y hasta completé la planilla de estadística de pacientes ambulatorios. Durante todo un año el primer casillero de esa planilla fue ocupado sistemáticamente por la misma persona lo que se convirtió en tu nueva obsesión, y en la mía.

– ¿Cómo es posible que el mismo paciente se atienda tres veces por semana?

– Ocurre que es una persona muy constante.

– ¿Y el domicilio? No tiene sentido…

– Sí, es verdad, hace un viaje tremendo para verme.

– ¿Y el diagnóstico? No lo encuentro en nuestro libro de códigos.

– Bueno, ya se sabe, la realidad es más extensa que tus pobres códigos.

Yo le había abierto una historia clínica donde escribía el relato pormenorizado de su consulta tres veces a la semana durante más de un año. Las páginas se acumulaban y vos las leías a escondidas. Yo lo sabía y las escribía para vos. Era mi homenaje siniestro. Cumplía con mis tareas cotidianas sin perder un minuto para alcanzar el momento en que me sentaba a crear esa sucesión de horrores y crueldades quitándole horas al sueño. Pensaba en ella durante cada minuto del día. Hubo noches en que no logré dormir narrándome a mí mismo los sucesos de la dramática existencia de ese hombre. Pasaba horas escribiendo el relato de su vida catastrófica. Lo hice dialogar con el monstruoso Golem sobre el tejado de una sinagoga y asesinar a su padre en un rapto de locura bajo el puente Carlos IV para luego arrojar su cuerpo a las aguas marrones del Moldava. Le atribuí una vida sexual promiscua y degradante que describí con todo detalle, minuciosamente. Casi no podía pensar en otra cosa. Le inventé una vecina despótica que lo perseguía y lo atormentaba en cada ocasión que se le presentaba. La mujer se llamaba Sara y se introducía en su vida con el único fin de hacerlo desdichado. Mientras ella lo sumergía en una atmósfera abominable, él callaba empecinadamente. Lo acusaba tantas veces y de tantas cosas diferentes que comenzó a sentirse culpable aunque nunca supo de qué. Describí escenas terribles, sanguinarias, al borde de lo intolerable. Buscaba horrorizarte. Sabía que era más probable que yo encontrara tu límite antes que vos el mío. Fue mi obra maestra Natalia. ¡Ojalá aún conservara esos documentos!

Una mañana llegué al hospital y todos comentaban tu decisión. Finalmente a nadie le resultó sorprendente, la consideraban lógica, inevitable. Habías solicitado el traslado al servicio de Pediatría. El motivo con el que fundamentabas tu pedido era, por supuesto, yo. Y te lo concedieron de inmediato. Al parecer constituía una razón más que suficiente a juicio de las autoridades. Pero me habías dejado un último mensaje antes de retirarte. Un movimiento final, un epílogo soberbio para aquella sinfonía lunática que ambos interpretábamos a dúo.

Al mediodía los altoparlantes repetían una y otra vez mi nombre solicitando que me presente con urgencia en la dirección del hospital. Cuando llegué al despacho del director –quien ya no necesitaba argumentos para detestarme- me recibió de pié y con una historia clínica en la mano. La agitaba como exhibiendo una prueba rotunda de mi culpabilidad.

– ¿Existe alguna explicación para esto?

– Bueno, sí. Pero usted debería estar dispuesto a aceptarla.

– ¿Y eso sería muy difícil?

– No. Algo así como un borracho intentando enhebrar una aguja en medio de un terremoto. No más que eso.

– Si usted no fuera tan desagradable lo consideraría ingenioso.

– Si usted pudiese comprender mi ingenio sería mucho menos imbécil de lo que es.

El señor director se calzó sus lentes. Abrió la historia clínica y leyó la primera hoja como si fuese un juez dictando condena ante el acusado.

Datos del paciente:

*Apellido: Samsa
*Nombre: Gregorio
*Domicilio: Pariszka 36, Praga
*Diagnóstico: Metamorfosis

Enfermedad actual: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto…”

Me miró Natalia. Esperaba algo de mí, pero yo no sabía qué. Se hizo un silencio sólo interrumpido por los golpes regulares de esa carpeta sostenida por su mano izquierda contra su palma derecha. Como tu pié contra el piso cuando me increpabas por los pasillos del hospital. Tac, tac, tac… Los dos marcaban el flujo implacable del tiempo. Ambos suponían que yo emplearía ese intervalo -que me concedían como la gracia de una última voluntad- para hacer lo que nunca, hasta hoy Natalia, hasta este mismo momento y luego de tantos años, logré hacer. Ahora que me traiciono a diario, incluso ahora, cuando me veo hacer cosas de las que me hubiese avergonzado entonces, estoy convencido de que no podría hacer nada distinto si la situación se repitiera. Hay un núcleo irracional y empecinado que los años aún no han logrado disolver. Por eso no te perdono. Porque si lo hiciera, el mínimo residuo de lo que soy, y que aún sobrevive a la claudicación que impone la vida, habría comenzado a morir. Cultivo el desprecio hacia lo que vos representás como una flor de invernadero en una tierra arrasada por la derrota. Por eso no te perdono Natalia.  

El director se detuvo y me miró con esos ojos de vaca triste que tienen los imbéciles cuando se ocultan detrás del anémico poder que los sostiene.  
 
– ¿Tiene algo que decir sobre esto doctorcito?

– Sí, pero usted no podría entenderlo.

Dio unos pasos hacia la ventana abierta al parque. Tomó un papelero enorme y pesado que colocó a su lado. Encendió un fósforo. Lentamente. Con una lentitud perversa e infinita acercó el fósforo al papel como cumpliendo con una ceremonia ritual. Cuando la llama fue lo suficientemente viva y amarilla como para que ya no pudiese apagarse hundió esa carpeta en el cesto y lo tapó con la bandeja plateada en la que cada mañana le traían su café con bizcochos.

Yo lo miraba hacer como si estuviese en el interior de un film mudo, en blanco y negro y proyectado en cámara lenta. Vos sabés que podría haberlo detenido y te preguntarás por qué no lo hice. Quedé congelado. En realidad te veía a vos y no a él. Eras vos la que quemaba esos papeles en los que había depositado tanto de mí mismo y durante un tiempo tan prolongado. Eras vos, y no pude detenerte.    

Sabés Natalia, en ese momento supe que me habías derrotado. Yo nunca había cumplido con lo único que era importante para vos. Pero vos habías logrado que un pobre tipo destruyera en tu nombre lo único que entonces resultaba importante para mí.

Daniel Flichtentrei

* Imagen: Laura Bochatay (Puente Carlos IV/Praga)