Al Sur de mis deseos

sur.laura

Aquí estoy. En esta desangelada ciudad azotada por un viento que se come mis escasos deseos de seguir viviendo. Este es el sitio perfecto para un suicidio con fundamentos.  He venido muchas veces. El frío es gris y plomizo. Duele. Se te incrusta en el alma como una puñalada. Entre las rías y el océano corre un inmenso territorio sembrado de grietas sobre una tierra que exuda vapores del pleistoceno. Brotan residuos de dinosaurios como plantas que el pasado ha sembrado bajo tus pies. Caminar es una experiencia lunar. Un viento furioso se opone a tu voluntad. Cuando crees que te has desplazado algunos metros comprobás que estás en el mismo lugar. Acá las personas saben que avanzar es imposible y que llegar a cualquier parte no es más que una ilusión. Incluso el tiempo transcurre con una medida diferente. Las horas duran días, las semanas meses, décadas los años. La vida se consume en una eternidad hueca y sombría sin que nada ocurra jamás.  Sobre estas calles el vacío tiene su domicilio. Te abraza desde atrás. Te muerde la garganta como una madre carnívora.  Por todas partes te roza el demonio del fin del mundo. Te refriega por las narices las podredumbres de una vida sin objeto mientras te anuncia una muerte sin grandeza.

Cada vez que he llegado a este lugar -cuando el que me espera en el aeropuerto es un hombre-se desvía un par de kilómetros del camino a la ciudad y me ofrece un tour por “Las Casitas”. A pocos minutos del centro de la ciudad -pero convenientemente separado de ella- hay un barrio de casas bajas de madera que se organizan en círculo alrededor de una centro que nunca se deja ver. Tienen techos a dos aguas y están pintadas con insólitos colores del trópico. Es un barrio fantasmal. Una isla de putas tristes en plena estepa patagónica.  Las chicas se paran en las puertas casi desnudas. Te ofrecen sus pechos de madre adolescente y sus nalgas de puro músculo criollo. Soportan un frío del demonio y un viento huracanado les despeina el vello del pubis. Los machos del lugar me han hecho este paseo en incontables oportunidades. Lo exhiben con el orgullo de monos satisfechos que los hombres tenemos cuando las hembras se nos ofrecen como ganado. Carne. Culos y tetas en una Disneylandia de la promiscuidad y el deseo. Se sienten felices de mostrarle al forastero su paraíso clandestino.

-“A mi lo que más me gusta de “Las Casitas” es que acá puedo fumar, que nadie me cuenta las copas y que puedo llevarme a la cama a quien yo quiera sin necesidad de inventarle esas historias de mierda que nadie puede creer”–  Me dice mi chofer mientras saca la cabeza por la ventanilla y les grita como un forajido a las chicas todo lo que en su propia “casita” se ve obligado a callar. Lo comprendo. Tengo una vieja simpatía por estas mujeres. Nos las juzgo, las quiero. Pero no hay caso. Así, expuestas a este frío salvaje y al deseo menos sensual, me producen una tristeza infinita. Me ponen más cerca del llanto ridículo que del orgasmo de alquiler. Son bellísimas. Diosas púberes cautivas. Silvestres como animales espléndidos. Están al borde del colapso por congelación y de la muerte por hastío. Se les nota la melancolía de sus pueblitos del norte y la memoria del olor a mate con galleta de una infancia miserable se les sale por los ojos. Se acercan al auto, ponen sus soberanos culos sobre la ventanilla. Me piden que compruebe la calidad de la mercadería. Es el sueño de todo macho. Sexo sin preámbulos. Sin historias que lo justifiquen ni prólogos que lo legitimen. Un camionero gordo y alto como una torre exige pruebas de la consistencia de los pechos que le ofrecen. Una morocha bajita y compacta lo desafía. Le apoya sus tetas super size sobre las manos encallecidas y las agita como globos aerostáticos. Los pezones son oscuros, marrones, casi negros y enormes. Es evidente que está amamantando y que la turgencia que ahora vende tiene otro destino. Está ebria de leche y de ginebra. Pero sabe lo que hace y no se formula preguntas. La quiero, pero no la deseo. Me estimula la compasión pero no la lujuria. Me exprime el corazón pero no los testículos. Me siento un idiota. Un macho traidor. Me hermana con ese camionero la pasión por el secreto y la fiesta de los sentidos. Pero no en este lugar, no ahora, no de este modo siniestro. Es evidente que mi masculinidad está en retroceso. Me traiciona una ternura de mierda que conspira contra la especie. No es moral, ni prejuicio. Es otra cosa que no logro nombrar. Me importan un carajo la fidelidad y los compromisos pero hay algo que es otra cosa y que me aleja de “Las Casitas”.

-“Lo que quieras papá”- me dice mi chofer. “Allí enfrente está el “Mala fama”. Esas no salen a la puerta, pero adentro…¡L O  Q U E  Q U I E R A S! Todo lo que soñaste alguna vez lo encontrás allí adentro”. Se da vuelta para mirarme de frente y  me da una tarjeta arrugada y sucia. “Acá tenés tío, si estás aburrido llamás al “Mala fama” de parte de Julito el taxista y en media hora te golpean la puerta cincuenta y cinco  kilos de la mejor carne patagónica”.

Me encierro en el hotel. Ya sin testigos me permito una auténtica fiesta masculina. Abro la ducha, el baño se inunda. Chapoteo descalzo sobre un lago espeso de agua y de talco. Un magma pegajoso donde flotan a la deriva mis medias y mis calzoncillos como balsas perdidas. ¡Ahorame siento un verdadero hombre!  Este pantano asqueroso en que se ha convertido el baño es mi reivindicación, mi fiesta de macho libre de controles. Siempre lo hago. Es maravilloso saber que nadie inspeccionará el baño luego de que tu paso devastador lo convierte en un espacio inhabitable. Lo disfruto. Es mi venganza de género. Una forma brutal de la emancipación. Un retorno a mi bárbaro pasado de primate.

No puedo dormir. Estoy varado como un náufrago a mitad de la madrugada. Acorralado por un mar helado. Un archipiélago de putas melancólicas. Bajo la sombra amenazante del fin de todas las cosas. Solo. Ahogándome. En el crepúsculo del planeta. Veo retazos de mi vida como fotos clavadas en la pared. Escenas cortas, mudas, en blanco y negro que desfilan por mi cabeza como en un cine siniestro. El pataleo agónico de un ahorcado colgando de la soga. Un vómito satisfecho bajo un negro polvo de estrellas.