Almuerzo desnudo

ArtScans CMYK

Uno de nosotros se va a morir. Nos citamos al mediodía en un restaurante de San Isidro. Bajo una lluvia de primavera, frente a las pistas del hipódromo. Olía a bosta de potro y a viento del río. Los cuatro llegamos puntuales. Fuimos estacionando los autos con los dientes apretados, sin saber qué nos íbamos a decir. El abrazo fue más largo de lo habitual, más sostenido y más lento. Como si no quisiéramos soltarnos. Nos retuvimos con la vergüenza a flor de piel. Con la prudencia discreta con que los hombres nos tocamos para decirnos que nos queremos.

Somos médicos. Nos conocemos desde hace décadas. Compartimos los años  turbulentos y apasionados de los comienzos en la profesión. Queríamos decirnos adiós. Sentarnos por última vez alrededor de una mesa como tantas veces lo habíamos hecho antes. Hablamos del diagnóstico, de los detalles clínicos y las emociones personales. Recorrimos el cruel itinerario de un tumor, la llegada de las metástasis, el agobio de la quimio y el fuego arrasador de la radioterapia. La sorpresa. La derrota de la ilusión de inmortalidad. La bronca, la impotencia y la resignación. Antes de que llegaran los churrascos nos habíamos atrincherado en la memoria. Revivimos las madrugadas en la Unidad Coronaria, las historias de pacientes, el heroísmo silencioso de tanta gente con tan pocos recursos, los chistes pesados y crueles, la secreta complicidad de las enfermeras, la adicción a la adrenalina de los primeros tiempos. La llegada de los hijos. Los primeros muertos. El fútbol en el parque del hospital. Las piñas y los goles. Los amigos desaparecidos. Los años de terror. Una niña muerta en los brazos de su madre. Las noches de vigilia compartida al pie de la cama de un enfermo.

Y las mujeres. Claro, las minas. De la mano de un Merlot salteño se nos volvieron a sentar sobre las rodillas una pila de rubias y morochas. Como siempre, nos devolvieron la alegría de haber vivido y la bendición de haberlas conocido. Hubo recuerdos de amores fugaces y de fiestas descontroladas. De ojos incandescentes y de camas superpobladas. De las que nos hicieron mejores y de las que nos hicieron felices. De las olvidadas y de las inolvidables. De las noches de bocas calientes y de tríos improvisados. Brindamos por la alegría de sus cuerpos y por sus vaginas hospitalarias. Regresamos a la cancha de tenis donde tres de nosotros le hacían el aguante al cuarto durante varias horas. El tipo volvía feliz y apurado. Se ponía las zapatillas y el pantaloncito, se ensuciaba con polvo de ladrillo y volvía a su casa con cara de deportista agotado. Nos confesamos los lugares donde escondemos nuestros secretos. Aquellos que los que quedan tendrán que rescatar del inventario cuando nos llegue la hora. Algunas fotos, unos videos imprudentes, un par de cartas que nunca nos animamos a quemar. Con el café nos prometimos cuidar de los hijos de todos cuando ya no podamos hacerlo nosotros mismos. Nos dijimos que no sabíamos cómo se vivirían otras vidas. Para nosotros todo guarda la forma de un hospital, de una cuna o de una mujer. Lo demás nos importa un carajo.

Seguía lloviendo cuando decidimos no despedirnos en la puerta del boliche. Nadie quería mostrarle al otro que iba a llorar. Nos tocamos el culo y nos rozamos los dedos. Habíamos almorzamos desnudos entre lágrimas y recuerdos. Uno de nosotros se va a morir. Pero nos miramos a los ojos como si nada importante fuera a pasar. Y nos cagamos de risa de la muerte.

  • Rdpiegaro

    Me parece que yo estaba ahí. ¿O era otra mesa, con otros colegas pelados recordando otras noches, de otras guardias, de otros hospitales, con otros pacientes, otras muertes y otras mujeres? 

  • Agustin Maurin

    Gracias Doc., por lo de siempre.

  • Agustin Maurin

    Gracias Doc., por lo de siempre.