Angelita I

El cuerno de la abundancia

 I

 

A mi mujer le ha salido un cuerno en la cabeza.

II

Lo descubrió hace seis meses mientras se frotaba el cabello con champú de manzanilla. Salió del baño envuelta en una toalla azul con dibujos de Twity que nos había regalado la tía Emilse cuando nació Nicolás, el menor de nuestros hijos. Chorreaba grandes gotas espumosas que iban dejando una estela como de mar en retirada sobre el piso de la sala.

– Fíjate, noté algo, una dureza, por acá.

Revolvió su pelo mojado hasta localizar la protuberancia. Tomó mi mano y la guió hacia el sitio exacto mientras inclinaba el cuello en dirección al piso con lo que una mezcla de agua y baño de crema comenzó a caer directamente sobre mi pie derecho.

Toqué la zona con delicadeza, apliqué meticulosos movimientos circulares y diversos grados de presión para explorar no sólo el tamaño sino la consistencia de ese bulto. Era más o menos esférico, de alrededor de dos centímetros de diámetro y un volumen no mayor al de una avellana. Parecía sólido, aunque algo depresible; consistente pero no pétreo; irregular, pero no rugoso. Cuando finalicé mi exploración Angelita me miró con ojos expectantes, ansiosa.

-¿Y, qué sentís?

– Bueno, para empezar, mi pié derecho completamente mojado y pegajoso

– No seas idiota, estoy preocupada, ¿qué puede ser?

– No lo sé, un bultito, no parece nada importante. ¿Estás segura de que no estuvo siempre allí?

– Completamente, recién hoy lo noté. No me duele pero sé que antes no lo tenía.

– Bueno, tal vez haya que observarlo durante algún tiempo. Registrar si crece o si se modifican el tamaño o el aspecto antes de hacer una consulta con el médico.

Se recogió el cabello con un movimiento brusco hacia atrás con lo que las gotas alcanzaron el espejo y la ventana balcón dejando ahora un dibujo como de lluvia de verano sobre los vidrios. Dio media vuelta y se marchó de regreso al baño. No escuchó mi respuesta.

Angelita siempre me utiliza para confirmar lo que cree, como un espejo viviente de sus propias opiniones. Lo que yo piense no tiene para ella ninguna importancia. Si en algún caso mi función especular no avala sus opiniones o las contradice, inmediatamente descarta mi punto de vista. Es admirable el modo como ha logrado tenerme en cuenta exclusivamente cuando coincidimos e ignorarme cuando no es así. Podría decirse que habla consigo misma a través de mi persona. Yo la admiro también por eso.

Cenamos un panache de coliflor gratinado. Miré el plato durante algunos segundos. Tomé una pequeña porción con el tenedor y la retuve para percibir el olor nauseabundo que despedía. Apoyé la porción sobre mi lengua y sentí todo el fuego del infierno sobre su superficie. No me animé a escupirlo. Tragué. Una oleada de lava volcánica atravesó mi esófago. Tosí, bebí, sudé.

Creo que no me gustan la coliflor.

Sí, te gusta.

Dictaminó Angelita con firmeza. Sin dudarlo ni por un instante. Comí, en silencio, mientras pensaba en mamá y en todas esas cosas. Sebastián –mi hijo mayor- me miró con lástima o asco, o algo así. Empujó su plato hasta el centro de la mesa y dijo:

– Esto es una mierda. ¿Hay salchichas?

Me volvió a mirar, ahora con aire de satisfacción. Yo sentí vergüenza y orgullo, y todas esas cosas.

 

III

En menos de un mes el bulto en la cabeza de Angelita había duplicado su tamaño. Pasaba largos ratos mirándose en el espejo mientras sostenía sus cabellos con una mano y con la otra recorría la prominente superficie que asomaba ya unos tres centímetros. Yo empezaba a preocuparme pero ella se negaba a ir al médico. Tenía miedo, y en sus fantasías hacía diagnósticos cada vez más catastróficos. Poco a poco se fue poniendo taciturna e irritable. Daba la impresión de estar viviendo una interminable menstruación. Conocía ese estado ya que cada mes la afectaba durante cuatro o cinco días. Entonces su ánimo se tornaba lunático, todo le molestaba más de lo usual. La vida carecía de brillo, nada la entusiasmaba. Permanecía encerrada en su cuerpo sangrante aislada de un mundo hostil del que nos hacía responsables. Particularmente a mí. Pero un día, de pronto, amanecía alegre y comunicativa con lo que todos en la casa comprendíamos que había finalizado el período de penitencia al que habíamos estado sometidos. Pero en esta ocasión cada vez era peor.

Finalmente volví una noche del trabajo con una cita confirmada con el Dr. Bronstein. Le mostré el papelito con la fecha y la hora de la consulta sin decir una palabra. Angelita lo miró atentamente. Me tomó la mano y bajó la cabeza justo cuando una lágrima asomaba desde su ojo izquierdo. Me sentí bien. Creo.

Esos días debo haber estado visiblemente alterado de manera que Eugenia, la secretaria del contador, me preguntó varias veces si me ocurría algo. Lo negué al principio hasta que la misma tarde en que debíamos ir al consultorio me sinceré con ella.

Es Angelita, tiene un bulto en la cabeza. Hoy vamos al médico.

¿Pero vos nunca te preocupás por vos mismo?

Bueno, yo no tengo un bulto en mi cabeza, por ahora.

Lo que vos no tenés es cabeza.

Casi nunca entiendo a Eugenia. Estoy seguro de que me aprecia, que me valora, incluso por cualidades que no tengo. Pero cada vez que tocamos algún tema personal –y esto ocurre muy raramente- me desorienta con sus palabras. Hay una mezcla de enojo y de enigma en todo cuanto me dice. Es tan difícil comprender a las mujeres.