Angelita II

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Las lunas de Angelita

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IV

Angelita adoptó una actitud de encierro. Pasaba casi todo el día en el cuarto, acostada y a oscuras. Yo llevaba y traía a los chicos de la escuela empleando mi hora de almuerzo y corriendo por la tarde para llegar a tiempo. Luego hacía las compras indispensables y me dedicaba a preparar la ropa para el día siguiente y algo sencillo para cenar. Las tareas domésticas se hacían, aunque con notables diferencias respecto de cuando era ella quien organizaba la casa. Los chicos, sin embargo, parecían contentos y colaboraban gustosamente en todo cuanto les pedía. Nos arreglábamos.

En más de una ocasión intenté deslindar mis responsabilidades respecto de lo que le ocurría a Angelita pero se negaba a escuchar razones. Es muy poco probable que ella modifique una opinión una vez que la ha adoptado. Claro, tal vez todos hagamos algo semejante. Es doble trabajo formarse un criterio respecto de un asunto y luego verse obligado a hacerlo nuevamente porque la realidad o los argumentos nos demuestran que estábamos equivocados. Economía racional podríamos llamarlo. Angelita la practicaba regularmente. Después de todo la realidad es tan poca cosa. En cierta medida todos vivimos encapsulados en nuestros propios mundos sin atender demasiado a lo que suceda fuera de él.

Una noche –luego de varios fracasos- le llevé a la habitación pizza y helado de sambayón, dos de sus comidas preferidas. La habitación estaba a oscuras. Tropecé con la cama y casi vuelco la comida sobre Angelita. Se sobresaltó. Me disculpé y le ofrecí la cena.

–         Esas porquerías le diste de comer a tus hijos.

–         Hasta donde recuerdo eran tus platos preferidos.

–         Hasta donde yo recuerdo vos no me hacías crecer un cuerno monstruoso en la cabeza. Ya ves, las cosas van cambiando.

Dejé la bandeja en la mesa de luz y salí. Nicolás miraba la escena a través de la puerta entreabierta.

–         ¿Menstruación?

–         Cuerno. Cuerno cutáneo dijo el doctor.

V

Desde hace un tiempo me sucede algo muy extraño. Un comportamiento inusual e inexplicable pero al que no puedo resistirme. Me despierto de madrugada y me quedo un rato en la cama, inmóvil, casi sin respirar, hasta estar seguro que Angelita está profundamente dormida. Entonces salgo de la habitación, tomo el reproductor MP3 de mis hijos, me ajusto los auriculares, me acuesto sobre la alfombra de la sala y escucho a todo volumen un único tema de Tom Waits: “Long way home”. Repito una y otra vez esa canción mientras me captura un estado difícil de describir. Una especie de éxtasis muy inquietante. Una sensación a la vez angustiosa y placentera hasta que finalmente comienzan a brotarme algunas lágrimas, tímidas primero, para convertirse luego en un llanto convulsivo y moqueante. Entonces rápidamente aborto el proceso ante el terror de despertar a Angelita o a los chicos y ser descubierto en una situación que no sabría justificar. Hasta ahora no he logrado controlar la apremiante necesidad de hacer esto dos o tres veces por semana. Podría decir que lo deseo intensamente. Que aquel llanto es para mí algo maravilloso que resuelve la creciente tensión que ese deseo tan imperativo me provoca.

No suelo hacerme preguntas acerca de cosas de las que sospecho que no encontraré respuestas. Hace años que he abandonado esa actitud adolescente. Pero no he podido evitar pensar en esto más de una vez. Incluso me he planteado comentarlo con Angelita, pero deseché esa idea de inmediato. Tampoco ella es aficionada a los interrogantes estériles y ambos profesamos una desprecio visceral por el psicoanálisis con lo que también esa vía quedaba descartada. Hemos asistido muchas veces al espectáculo bochornoso de esas personas que emergen de la psicoterapia luego de algún naufragio existencial más o menos trascendente. Ambos hemos sufrido esa estúpida idea que indica que “hay que decirlo todo”. Me repugnan esos individuos autocentrados que orbitan como planteas enloquecidos alrededor sus ombligos guiados por la brújula de su propio deseo hipostasiado al infinito. Más bien creo que debo dejar que las cosas sucedan. No todo tiene una explicación razonable. Y es mucho mejor algo sin explicación que algo explicado mediante el empleo forzado de dos o tres ideas rudimentarias aplicadas indiscriminadamente a todo cuanto le ocurra a una persona. Después de todo, Tom Waits siempre estará allí. Las noches siempre me aportarán su guarida de silencio y oscuridad para que tales cosas ocurran. Puedo vivir con los bolsillos del alma cargando un secreto tan mínimo y tan inocente. Peores cosas he visto por la vida.