Angelita III

El doctor, la paloma y las tetas

 

VI

El día anterior a la fecha prevista para la operación de Angelita hice todos los preparativos para que ningún detalle imprevisto perturbara una jornada tan importante. Arreglé los traslados de los chicos con la madre de uno de sus compañeros, dejé preparada comida lista para calentarse en el microondas, la ropa para cada uno sobre su silla y luego me fui a trabajar. No logré concentrarme en ninguna de las tareas. Deambulé de una a otra oficina con la intención de poder conectarme con algo que sacara de mi cabeza la incertidumbre del día por venir. Llegó la hora del almuerzo sin que hubiera logrado nada productivo durante toda la mañana. Era lunes y feriado escolar. Llamé a casa pero los chicos seguramente aún dormían y ella hacía tiempo que no atendía el teléfono.

Por primera vez desde que volvimos del consultorio del Dr. Bronstein tenía mi hora de almuerzo libre. No tenía apetito, decidí caminar. Circularon por mi mente las imágenes de Angelita en la cama, su cara pálida, el tono lúgubre que había adquirido su voz, su cuerpo notablemente adelgazado. Pensé en el famoso cuerno. Reproduje la sensación táctil de esa protuberancia de su cuero cabelludo. Pude -por algunos instantes- salirme de la atmósfera asfixiante donde Angelita me había sumergido. Comprendí con claridad la insignificancia del problema médico y la desproporción con que su enfermiza repercusión afectó el funcionamiento de nuestro hogar. La sensación permanente de culpabilidad que tenía desde entonces. El modo absurdo con que venía actuando como si realmente fuese responsable de algo aunque no supiera exactamente de qué. Me sentí el Sr. K deambulando por los pasillos de los tribunales. Me reconocí ridículo. Me causé gracias. Me reí solo. Me senté en un banco de la Plaza Las Heras y respiré profundamente el sol tibio del mediodía. Tuve ganas de alambrar ese instante tan privado. Tuve deseos de Tom Waits, y supe que esa noche le haría una visita.

Me recosté sobre el banco hasta apoyar la cabeza y me detuve mirando los jirones de cielo que asomaban entre la copa de un ceibo. Imaginé que la obesa paloma que tenía a pocos metros de mi cabeza se aprontaba para cagar justo a la altura de mi mentón. La maldije, pero no me moví. Tampoco ella. Nos miramos de un modo desafiante. Analicé la situación, era evidente que la gravedad estaba a su favor. Decidí que si efectivamente se animaba a hacerlo, la perseguiría hasta el fin del mundo hasta retorcerle el pescuezo y ver brotar todas sus vísceras a través de ese puto pico con el que ahora producía un horrible gorgeo. Sentí que invadía mi territorio. Ese estrecho retazo de tiempo y espacio donde, por primera vez en mucho tiempo, me había sentido inmotivadamente feliz. La odié con ferocidad. Supe que sería capaz de convertirme en un criminal de palomas. En un asesino por naturaleza que disfrutaría del daño que le causaba a otro ser vivo. En una bestia. Me desconocí. Me asusté. Entonces dos manos me taparon los ojos. Las sentí a la vez enérgicas, calientes y húmedas.

 

VII

Seas quien seas te recomiendo sacar tus manos en este preciso instante si no querés recibir sobre ellas una voluminosa deyección de paloma.

Las manos se retiraron con rapidez y apareció la cara de Eugenia primero y su cuerpo nervioso agitando los brazos como intentando sacudirse algo muy asqueroso después. Daba pequeños saltitos histéricos y emitía agudísimos silbidos a través de su boca apenas abierta y con los labios fruncidos.

Bueno, ya está, no pasó nada.

Me engañaste…con lo de la paloma.

Miré hacia la rama del ceibo y ella acompañó mi mirada. La paloma permanecía en su puesto.

La muy turra me tiene amenazado.

La turra que te tiene amenazado a vos nos es justamente una paloma.

¿A quién te referís?

A quien ocupa tu cerebro hasta hacerlo completamente inútil.

Bueno, esa persona tiene un cuerno en su cabeza que mañana le extraerán en un quirófano y no se trata precisamente del “cuerno de la abundancia”.

Lo que a vos te abunda es la escasez tesoro.

Eugenia se sentó a mi lado observando de reojo los movimientos de la paloma. Se sacó una pequeña mochila que cargaba sobre la espalda y extrajo un recipiente plástico del que tomó un sándwich de jamón, queso, huevo y tomate y una botellita de agua mineral. Acomodó sus cosas al costado del banco. Tomó el sándwich con ambas manos y, con un movimiento preciso, lo partió en dos mitades. Abrió la boca de un modo que me pareció exagerado y mordió un trozo mientras con la otra mano, elevada a la altura de mi boca, me apuntaba con la mitad restante. Lo tomé. Comimos en silencio durante un largo rato hasta terminar con ese almuerzo compartido. Antes de tragar el último bocado, con la boca aún llena, le dije: “gracias”.

Ahora podés decir que tu compañerita de laburo te invitó a almorzar.

Es cierto. Pero no tengo a quien contárselo. Es una lástima.

Pensé que era verdad. Que en realidad ya no tenía nadie a quien contarle nada. Aunque, para ser sinceros, tampoco hasta ahora había notado esa carencia.

¿A qué hora será la autopsia?

¿La qué?

Tu mujer, ¿a qué hora la operan?

Ah, a las 7,30

OK, mañana no vengas a trabajar.

¿Sí? No me digas, ¿y desde cuando vos tenés la autoridad suficiente como para otorgar licencias al personal?

Yo me encargo, no te preocupes.

Eugenia se puso de pié y se sacudió las migas del pantalón. Luego se agachó sobre el banco y acomodó sus cosas en la mochila. Dos pechos consistentes pero sobrios asomaron desde su blusa. Se detuvo en esa posición.

¿Ya está? ¿Terminaste?

¿Si terminé con qué?

De mirarme las tetas, digo. ¿Podemos volver a la oficina?