Angelita IV

Mientras el lobo no está

VIII

Esa noche preparé milanesas con puré para los chicos y una sopa de fideos cabello de ángel para Angelita que debía cumplir con ocho horas de ayuno previas a la intervención. Llamativamente aceptó el plato y hasta me agradeció que se lo haya llevado a la cama. Le di el sedante indicado por el doctor. Coloqué un almohadón detrás de su espalda y la acompañé hasta que terminó de comer. Se secó la boca con una servilleta de papel y luego me miró desde abajo –yo ya estaba de pié- y lloró sin estruendos sorbiéndose los mocos sin verguenza. Lo interpreté como una confesión. Estiré mi mano y la tomó con la suya. Recordé las manos de Eugenia apretándome los ojos. Recordé el horrible gorgeo de la paloma y lo encontré similar al ruido que Angelita hacía con ese llanto contenido.

Parecés una paloma sobre la rama de un árbol.

¿En serio? Sos tan dulce…

Los chicos quisieron saludar a su madre y desearle suerte con la operación. Un par de minutos después ya estaban saltando sobre la cama mientras Angelita se sacudía como un muñeco de trapo. La besaron y la abrazaron. Nicolás le preguntó:

¿Al cuerno, no lo vas a extrañar?

¿Y por qué tendría que extrañarlo? No veo la hora de sacármelo de encima.

A mí gusta y hasta puede resultar muy útil.

¿Útil?

Si, como perchero o para colgarle pelotitas con luces y convertirte en árbol de Navidad.

Angelita le arrojó una almohada y volvió a llorar prolijamente.

Llevé a los chicos a la cocina y les serví helado que había comprado de vuelta de la oficina. Conversamos sobre el día siguiente. Les aclaré que no se trataba de nada grave, que todo sería rápido y efectivo y que en pocas horas estaríamos de vuelta en casa. Se ofrecieron a colaborar en lo que fuera necesario. Luego nos descalzamos y fuimos todos en puntas de pie y en completo silencio hasta la habitación. Espiamos. Angelita dormía profundamente. Ya no lloraba, ahora roncaba en un tono sostenido menor con largos soplidos y breves inspiraciones.

Volvimos a la sala y volcamos sobre la alfombra todo el contenido de una caja repleta de autitos de juguete. Demarcamos un circuito con sillas, zapatos y hasta peras y manzanas que señalaban las curvas. Con una fuente de la cocina construimos una rampa y nos peleamos a trompadas y mordiscos hasta elegir con que autito jugaría cada uno. Sorteamos con una moneda el orden de largada y corrimos carreras, una tras otra hasta que, primero Nico, y luego Sebi se fueron quedando dormidos sobre la alfombra. Los acompañé hasta la cama y allí sellamos un pacto de caballeros. Yo les permitiría no bañarse esa noche y ellos jamás le contarían a su madre que jugamos carreras de autos sobre el piso del living. A Angelita la enfurecía cuando intentábamos hacerlo. Gritaba a voz en cuello que se notaba que ninguno de nosotros tenía que quitar las marcas del piso, que no valorábamos nada, que sigan nomás sigan así, que irán por la vida como gitanos. Nosotros nos mirábamos y contábamos con los dedos para ver cuanto duraría esta nueva crisis. Sebastián llevaba un registro meticuloso de esos episodios y, cuando por fin se calmaba, decía por ejemplo: – “Lástima, ocho segundos más y era record”. Nos escupimos las palmas de las manos y luego las refregamos unas contra otras para garantizar nuestro pacto de silencio. Sucios y agotados se durmieron antes de que apagara la luz.