Angelita IX

Palabras en fuga

XV

 – Hoy almuerzo con vos

Eugenia se acercó hasta mi escritorio desde donde le había hablado sin desviar la mirada de la pantalla de la computadora. Se ubicó a mis espaldas. Yo no me moví.

– ¿Trajiste comida?
– No
– Entonces olvidalo
– Es la última vez. Te lo prometo
– OK, pero te comprás un yogurth. Yo no soy una sucursal de la UNICEF

El edificio donde funcionan nuestras oficinas tiene un pequeño patio interno. Es un espacio al aire libre donde un par de árboles famélicos agonizan bajo la sombra implacable de los edificios. Hay dos bancos de plaza y una mesa de madera bastante deteriorada. A lo lejos, se escuchan los rumores de los autos y, esporádicamente, caen, planeando en el aire hasta depositarse delicadamente sobre el piso, servilletas usadas, paquetes de cigarrillos, cáscaras de banana y otras delicias que no me animo a mencionar. Sombra, ruido y una lluvia de objetos imprevisibles lo convierten en un sitio encantador. Allí decidimos almorzar.

Siempre había reconocido en Eugenia a una compañera solidaria. Tras su actitud de mujer agresiva dotada de una inteligencia capaz de desalentar la constante estrategia del cazador y la presa que domina las relaciones entre hombres y mujeres, se descubría a la persona tierna y sensible que era. En mi caso, al estar desprovisto de toda intención de conquista amorosa, se generaba un acercamiento sincero. De modo que lo que alejaba a los hombres que la rodeaban me resultaba completamente indiferente. Estaba inmunizado contra su aparente hostilidad lo que me abría las puertas de la Eugenia interior que los demás nunca llegaban a conocer. Era de una belleza discreta pero inquietante. Alejada de toda estridencia, desprovista de la vulgaridad de los excesos. Era suficiente tenerla cerca para percibir la contundencia de su despojada belleza. Mi actitud – que podría llamar “inocente”- me habilitaba  –al menos para mí mismo- a disfrutar de ella frontalmente, sin los subterfugios de las segundas intenciones.

Durante mucho tiempo me sentí orgulloso de esta situación aunque, últimamente, me había parecido percibir que a ella comenzaba a disgustarle. Comimos en silencio. Es extraño, pero sentí que conversábamos. Que nos decíamos cosas sin hablar. Luego fumamos recostados sobre el banco. Ambos miramos hacia el interior de la copa de un árbol que se desplegaba sobre nuestras cabezas. Los cuellos se extendieron todo lo posible y apoyamos las nucas sobre el respaldo del banco. Dos o tres rayos de sol, dispersos entre las hojas, trazaban caprichosos senderos de luz. Así nos quedamos percibiendo el modo en que el tiempo se demoraba en esa tegua que, ambos sabíamos, sería muy breve.

– Anoche escuché música acostado sobre la alfombra hasta las cinco de la mañana
– ¡Qué bien! ¿Lo disfrutaste?
– Es raro, pero sí. Mucho
– ¿Y qué tiene eso de raro?
– No me lo vas a creer
– Hacé la prueba
– Si alguien me hubiese visto en ese momento no pensaría que lo disfruto tanto
– Tal vez lo disfrutes porque nadie te ve. Pero, ¿Por qué lo decís?
– Lloré
– ¿Y te sentiste bien?
– Sí. Es extraño, ¿no?
– Depende…
– ¿De qué?
– Del motivo, de la situación
– No conozco el motivo y ya te describí la situación

Me miró con el rabillo del ojo sin mover el cuerpo.

 – ¿No te duele un poco el cuello?
– Sí. Tal vez deberíamos abandonar esta posición tan antinatural.
– Creo que sí.

Enderezamos nuestras cabezas. Yo sentí un mareo que me duró algunos segundos. Luego una lluvia de estrellitas luminosas circularon dentro de mis ojos en todas direcciones. Cuando pude recuperarme vi a Eugenia sentada sobre el césped. Me acerqué y me senté a su lado. El pasto estaba húmedo y emanaba un olor que me recordaba -aunque muy vagamente- una tarde de invierno, una música portuguesa, un fado tal vez, probablemente Amalia Rodigues, una radio portátil con funda de cuero marrón, el sonido errático de unas voces que no pude reconocer, el calor sonoro que brotaba de una estufa de querosene.

  – Sabés, temo que me esté pasando algo
– Bueno, siempre es mejor a que no te ocurra nada
– No estoy seguro
– ¿De qué?
– De si es mejor o no
– Ya tendrás tiempo para que no te suceda nada cuando estés muerto
– Es algo extraño, en el cuerpo, en la cabeza…
– ¿Podés describirlo?
– Creo que no
– Hacé la prueba, tal vez puedas

Me esforcé en recorrer con el pensamiento las cosas que me habían sucedido durante aquellos días. No los hechos ni las circunstancias. Mas bien las sensaciones. Hice un mapa de mi cuerpo intentando localizarlas, describirlas. Pero esa cartografía resultó inútil, imposible. Tomé conciencia de un impedimento brutal. Sentí que había perdido una función que era tan natural que ni siquiera reparamos en su presencia. Imaginé lo que sentiría una persona a la que le amputaran una pierna. Pese a que le informan de la pérdida, a que comprende perfectamente lo ocurrido, en el momento en que por primera vez se levanta de la cama intenta apoyar el miembro que ya no tiene como si aún estuviese allí. Entonces cae. Y esa caída es el acto mediante el cual, por primera vez, comprende en toda su dimensión lo que en verdad le ha ocurrido.

– No puedo. Ya lo he intentado. No puedo.
– No te preocupes, dejalo fluir hasta que lo averigües.
– Sabés, creo que me he quedado sin palabras.
– Es posible. Hay más cosas de las que podemos nombrar.
– No entendés. Sin palabras te quedás solo, completamente solo.
– Entiendo. Y lo terrible de esa soledad es que te condena a estar con vos mismo.
– Creo que ya no sé quien soy
– Hay que ser muy valiente para averiguarlo. Tal vez no quieras saberlo.
– Tengo tanto miedo.

No pude seguir hablando. Me sentí mal. Avergonzado. Algo en mi cuerpo se agitaba sin que yo pudiera localizarlo. Una sensación extraña que me asustó bastante. No sé, raro, muy raro. Algo a la vez tristísmo pero que yo no quería que termine. Un ahogo como de cárcel. Pero también como si estuviese mirando por el ojo de una cerradura hacia afuera y descubriera que allí aún estba el sol. Como si esa luz  extraordinaria me diera directamente en las pupilas y me impidera ver otra cosa, y me diera náuseas y vértigo y taquicardia. No sé, no sé…  Eugenia pasó su brazo por detrás de mi cuello. Dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Creo que lloré.