Angelita V

Burbujas suicidas

IX

Me quedé un largo rato bajo el agua de la ducha. Luego me senté en el piso de la bañera y dejé que el chorro caliente cayera sobre mi nuca. Hice burbujas de jabón soplando a través de un anillo roto de la cortina de baño. Cientos de esferas transparentes de todos los tamaños inundaron el ambiente. Algunas tiritaban trémulas, otras dibujaban pequeños arco iris o, sencillamente, se suicidaban contra el espejo transformándose en espesas gotas de agua que resbalaban en cámara lenta en dirección a la mesada. Repasé en mi memoria reciente la alegría exultante de los chicos jugando en el living. La seriedad con que hicieron sus votos de silencio. Nada une más durante la infancia que transgredir las normas, que cometer alguno de esos delitos ingenuos que son todo lo perversos que podemos ser en ese momento de la vida. Sentí lástima porque Angelita se privaba de aquellas alegrías y prohibía a los demás de un ejercicio libre del placer. Estaba presa de su propia imagen tan severa y tan amarga. Tal vez yo mismo fuera el responsable de esa situación y entonces Angelita tendría razón y yo estaría equivocado. Imaginé lo que diría si entrara al baño en ese instante y lo encontrara invadido por burbujas, el espejo chorreando, el piso empapado, la toalla abandonada sobre el lago en que se había convertido el piso. No sé por qué pero entonces me puse de pie y oriné en lavatorio. Vacié mi vejiga hasta que la última gota de aquel líquido caliente y ámbar se escurrió a través del orificio de la pileta. Me sentí mejor. Salí desnudo y mojado para acostarme sobre la alfombra. Me puse los auriculares y presioné Play en el reproductor.

X

Por la mañana Angelita se despertó lívida. Tuvo náuseas, mareos, dolor de panza y cólicos pelvianos. La ayudé a vestirse y a revisar sus papeles de la mutual y los documentos antes de guardarlos en la cartera sujetados por una bandita elástica. Quise llevarle las cosas para que no se esfuerce pero al intentarlo me empujó y tomó ella misma su mínimo equipaje. Elena, la señora que nos ayuda dos veces por semana, vino muy temprano para tomar el relevo en el cuidado de los chicos que todavía dormían. Angelita se detuvo en la puerta antes de salir, se dio vuelta y miró detenidamente la casa. Tal vez se estuviera despidiendo, pero no me atreví a preguntárselo. La señora Elena me hacía señas a escondidas indicándome que me la llevara de una vez.

La clínica estaba casi desierta a esa hora de la mañana. Varias mucamas limpiaban los pisos por lo que tuvimos que esperar algunos minutos para atravesar el pasillo hasta la administración. Allí completamos unos formularios y entregamos la documentación y la receta con la cita del doctor Bronstein. Una enfermera nos acompañó hasta el área de cirugía. En el ascensor Angelita continuaba con el período de silencio que había comenzado desde el momento en que se levantó. Esperamos en la puerta del quirófano hasta que apareció el doctor para darnos la bienvenida. Parecía especialmente alegre esa mañana lo que contrastaba con el clima trágico que hasta ese momento yo había vivido. Al verlo Angelita se iluminó. Compuso una sonrisa ancha y expresiva y festejó ruidosamente cada comentario del médico. Ingresaron a través de una puerta vaivén. El doctor Bronstein me dijo que no tardarían mucho y que podía ir hasta el bar a tomar un café mientras él hacía su trabajo. Yo preferí quedarme en la sala de espera. Me saludó con afecto y una palmada en la espalda. Angelita ingresó delante de él sin darse vuelta ni responder a mis palabras de despedida.

Sentado en esa sala vacía tuve la duda de no estar comportándome como un perfecto cretino. Era muy fácil esperar allí tranquilamente sin tener que ofrecer el propio cuerpo en una situación de tanta indefensión. Finalmente era Angelita, y no yo, quien en ese preciso momento estaba exponiendo su cabeza al bisturí del doctor Bronstein. Tal vez yo fuera menos noble y solidario de lo que quería creer. Pensé que inexorablemente todos morimos sin conocer el valor exacto de lo que somos. No sé cómo, ni a causa de qué, pero pensé en el futuro. Quise aclarar la dirección hacia la que me dirigía. Busqué un destino, alguna meta tras de la cual orientar mis pasos. Tuve la sensación de que estaba transcurriendo en un eterno presente. Moviéndome, sí, pero sin ir hacia ninguna parte. Como la rueda de un auto atrapada en la arena.

No habían pasado quince minutos cuando se abrió la puerta y reapareció Angelita conversando animadamente con el doctor y una asistente. Distribuyó besos y agradecimientos en voz alta. Salió con un pequeño frasco de vidrio en la mano y una mínima venda atada con hilos de sutura sobre el ecuador de su cabeza. El doctor me saludó agitando su mano y volvió a ingresar tan alegre como había llegado. Angelita caminó hasta mi lado y se detuvo.

¿Y? ¿Qué estás esperando? ¡Vamos! ¿O pensás pasar toda la mañana en este lugar?

¿Estás bien?

Sí, claro, ¿no lo estás viendo?

Subimos al auto y desde entonces no paró de hablar. Hizo planes acerca de las tareas que la esperaban en la casa. Repasó una larga lista de compras que debía realizar esa misma tarde. Reiteró varias veces una serie de halagos hacia el doctor y su equipo. Preguntó por los chicos y me acusó de imprudente al confiar a una persona casi desconocida el traslado de los chicos hasta el colegio. Me dijo que esa mañana había encontrado el baño peor que un chiquero y que nadie que no fuera yo podía ser el responsable de aquel desatino.

El frasquito con un líquido verdoso y una pequeña masa informe flotando en su interior permaneció atrapado en las manos de Angelita. Al parece el doctor envió un fragmento para analizarlo y le obsequió a ella –a modo de trofeo- el cuerno que con tanta dignidad había transportado en su cabeza durante los últimos seis meses.

Al llegar a casa le comenté que había arreglado para tomarme el día libre y acompañarla. Me dijo que prefería que vaya a trabajar ya que quedándome sólo entorpecería sus movimientos dentro de la casa y, sin más trámites, me acompañó hasta la puerta y la cerró en mis narices.

Me encontré en la calle sin saber exactamente qué hacer. Eran las nueve de la mañana y la perspectiva de tantas horas vacías por delante me aterró. Sentado en al auto me dispuse a evaluar las opciones aunque todo indicaba que lo más prudente sería ir a la oficina. Hice un esfuerzo por no pensar en que más allá de la casa o el trabajo el mundo me resultaba completamente ajeno e inhóspito. Pero fue inevitable, ya lo había pensado, y no tenía ningún sentido negármelo.