Angelita VI

Huevos no encuentran la salida

XI

Sin saber exactamente cómo llegue al estacionamiento subterráneo del Teatro San Martín. Dejé el auto y caminé por Corrientes deteniéndome en bares y librerías. Entraba, revisaba cada rincón buscando algo que, hasta el momento, no podía precisar. Tomé café, leí las contratapas de muchos libros, miré las caras de decenas de personas, probé unos cuantos discos. No encontré nada que aclarara mi incertidumbre. Comprendo que es conveniente conocer qué se busca antes de hacerlo pero, después de todo, no está nada mal buscar sólo para encontrar algo que seguir buscando. No lo encontré.

Todo el tiempo me acompañó una rara sensación de estar haciendo algo incorrecto. De hallarme en un lugar impropio y en un momento no permitido. A las 12,30 subí al auto y fui a plaza Las Heras. Bajo el ceibo, con los ojos semicerrados, Eugenia dormitaba al sol. Me paré frente a ella y observé su respiración pausada. El hueco de la garganta subiendo y bajando. Un mechón de cabello cruzaba su boca. La luz del mediodía destacaba el vello de su brazo y la sombra del mentón sobre el nacimiento de los pechos. Desee que no despertara, pero lo hizo. No se sobresaltó. Abrió los ojos y me miró, luego metió la mano en su mochila, sacó una manzana y me la ofreció.

El sándwich ya me lo comí. Es lo que hay…

Gracias

El unicornio, ¿sobrevivió?

Sí, claro, todo salió muy bien.

Eugenia y Angelita se vieron dos o tres veces. En las fiestas de fin de año de la empresa. Lo de ellas fue un flechazo. Odio a primera vista. Nunca conocí los motivos pero me acostumbré rápidamente a ello.

No pienso preguntarte qué hacés acá.

Mejor. No sabría que responderte.

Sentate

Caminé toda la mañana por Corrientes, bares, librerías.

¿Lo encontraste?

¿Qué?

Lo que buscabas

No

Bueno, al menos es un comienzo

No sé qué buscaba

Eso no tiene ninguna importancia. De todos modos nadie lo encuentra.

Es cierto. ¿Entonces para qué buscarlo?

Porque la cosa es buscar. Cualquier boludo encuentra.

¿Vos nunca tenés preguntas sin responder?

Miles, de todo tipo, en todo momento.

Yo hasta ahora pensaba que no tenía.

Vos no pensabas entonces.

Se puso de pié. Se sacudió las migas de pan. Yo miré para otro lado. Tuve que esforzarme mucho para no mirarle las tetas.

Caminamos cinco cuadras sin hablar. Llegamos a la oficina y nos abrió el portero. Entramos. Eugenia detuvo la puerta con el pié y me tomó del brazo.

¡Andate!

No sé que hacer. No encuentro ningún lugar hacia donde tenga ganas de ir.

Eso incluye esta maldita oficina. Aunque no te hayas dado cuenta.

Entré. Llamé el ascensor. Eugenia se paró detrás de mí. Cuando llegó abrí la puerta corrediza. Me empujó hacia el interior. Cerró. Apretó el botón del piso ocho. El ascensor inició su marcha. Abrió la puerta en plena marcha y se detuvo bruscamente entre el segundo y el tercero. La miré. Me acorraló contra la pared y apretó mis testículos con fuerza. Ví mi cara de espanto en el espejo.

¿Qué hacés?

Te aprieto los huevos

Pero, ¿por qué?

Porque no encuentro una forma menos brutal de despertarte.

La presión se tornaba insostenible. Me costaba respirar. Eugenia me miraba como si se tratara de una situación común y corriente. Abajo golpeaban la puerta y gritaban algo que no logré entender. Extraje mi brazo de entre los suyos y le apreté un pecho con todas mis fuerzas. Sentí en los dedos como se deformaba hasta achatarse por completo. Con la otra mano la tomé del cuello y atraje su cabeza. La besé con violencia hasta abrirle la boca y morderle la lengua. Me soltó. Cerró la puerta. Al llegar al octavo salió. Apretó Planta Baja y cerró la puerta. El ascensor bajó llevándome de nuevo a la salida. ¿La salida?