Angelita VII

Mi perro Dinamita

XII

Me encontré por segunda vez en pocas horas en la calle y sin destino preciso. Aunque ahora con un considerable dolor en los testículos. Volví a la plaza buscando alguna orientación que por el momento no lograba vislumbrar. Bajo el ceibo, una pareja de adolescentes hablaba en voz alta, se empujaban y se besaban alternativamente dando torpes sorbos a una botella de cerveza. Bajo el banco, a pocos centímetros de las zapatillas de la chica, asomaba un bulto grisáceo cuya forma no pude identificar. Sentado sobre el césped disfruté del espectáculo. El chico tenía un tatuaje sobre un costado del cuello. Tal vez fuese un pez o una serpiente. No conversaban. No seguían ningún hilo argumental. No tenían un tema preciso. Sus palabras y sus gestos simplemente confirmaban a cada uno la presencia del otro. El lenguaje era un instrumento más para asegurarse el contacto entre ellos. No parecían tener necesidad de emplear las palabras como vehículo de sus ideas. Por el contrario, lo que las palabras –aparentemente huecas-  vehiculizaban era a ellos mismos. Eran su propio significado. La chica tocó el bulto con su pie y dio un salto. Se agacharon y lo tomaron entre las manos. Lo observaron unos instantes y luego lo arrojaron con asco. A mi lado, como un objeto inerte y sin voluntad, cayó la paloma muerta.

Subí al auto. Quince minutos más tarde ingresaba en la residencia donde –desde hacía dos años- estaba internado mi padre. El edificio era una casona antigua pero elegante y en excelente estado de conservación. Desde el frente podían verse las ventanas del primer piso abiertas y a varios ancianos deambulando en soledad. Se cruzaban sin verse. Aislados cada uno en el interior de sí mismo. En el único balcón tres mujeres jugaban a las cartas. Un jardinero que podaba las plantas, al verme, se acercó y me abrió la puerta. Beatriz, la enfermera, se sorprendió con mi presencia.

– ¿Pasa algo?

– No, simplemente pasaba y quise saludar al viejo.

– Suba, está en el comedor.

El ambiente era enorme. Nadie hablaba pero muchos caminaban siguiendo el perímetro del lugar. A través de las ventanas se escuchaban los ruidos de la calle. El televisor estaba encendido y mostraba escenas de un barco navegando en los mares del sur. Un grupo de expedicionarios se desprendía de la nave y bajaba a tierra en un gomón. En la playa había lobos marinos o focas y algunos pinguinos. Nadie miraba la pantalla. En el extremo opuesto a donde me encontraba, Manuel agitaba las piernas sentado en una silla con las manos juntas sobre sus rodillas y los pulgares haciendo un movimiento circular a gran velocidad sin que jamás se toquen. Me acerqué. No levantó la cabeza que apuntaba al piso. Decía algunas frases que no logré comprender y que se repetían incesantemente como siguiendo la reiteración infinita del movimiento de sus manos y sus piernas. Todo él giraba velozmente en el mismo lugar sin avanzar en ninguna dirección. Estaba detenido, pero moviéndose a gran velocidad. Imaginé la rueda de un coche atascada en la arena. Máxima aceleración, pero sin desplazamiento. Le acaricié el mentón pero no pareció percibirlo. Yo, en cambio, me estremecí por completo.

– Manuel…soy yo.

Me miró sin ninguna expresión. Al cabo de algunos segundos -que me parecieron eternos- se sonrió. Bajó la cabeza y continuó con aquellos complejos movimientos y reiterando palabras en un idioma que me resultaba ajeno. Me agaché, abracé sus rodillas que no dejaron de temblar. Puso su mano sobre mi cabeza. No pude mirarlo a los ojos. Habló.

– Mi perro, se llama Tomás. Es tan bueno y tan lindo. Todos los quieren, pero mamá dice que lo echará a la calle.

Ahora fui yo quien tomó su cabeza entre los brazos y lo acuné consolándolo.

– No te preocupes Manuel, yo voy a hablar con ella.

– ¿Seguro?

– Quedate tranquilo, tu Tomás no se va a ir de casa.

– Gracias

Se tranquilizó. Desapareció la expresión de dolor que hasta un instante atrás lo tenía atrapado. Me sentí bien al notar que mis palabras le ofrecían cierta calma.

– ¿Sabés quien soy?

Me miró y recorrió mi cara con sus dedos. Se detuvo en los ojos.

– ¿Llorás?

– Creo que sí.

– A tu perro…¿también lo echaron?

– Sí. Pero no voy a permitir que a vos te ocurra lo mismo.

– ¿Cómo se llamaba?

– Dinamita, así se llamaba mi perro.

Beatriz se acercó y nos dijo que era la hora del almuerzo. Manuel la tomó del brazo y se alejaron. Caminaba con pasos cortos, rígidos. Arrastraba sus pies y era notorio que, si la enfermera no lo sostuviera con firmeza, se caería al piso de inmediato. Se dio vuelta y me saludó con la mano. Sonreía. Salí.

Pensé en lo notable que era que mi padre ya no sabía quien había sido justo cuando yo comenzaba a averiguarlo. Que el abrazo que acababa de darle hacía unos minutos se lo había negado empecinadamente mientras podía recibirlo. Que sólo encontré un camino hacia él cuando ya no éramos capaces de cruzarnos. Que ese hombre que acababa de dejar era la cáscara vacía del que yo ya nunca podría encontrar.