Angelita VIII

Dios y las caderas

XIII

Llamé a casa y avisé que llegaría a la misma hora que todos los días. Angelita estaba exultante. Se la escuchaba de muy buen humor y llena de proyectos. No pude contarle nada de lo que me había sucedido durante esas horas. Tampoco me lo preguntó.

Es tan bueno abrir la puerta de casa. Dejarme penetrar por esa atmósfera. Internarme en esos pliegues del tiempo y el espacio. Hay allí un murmullo placentario. Una antigua música materna que te abriga del estremecimiento del mundo. Atento, suspendido quien sabe donde, Sebastián miraba un video clip de Shakira en TV. Me sorprendió. Hasta hoy lo enfurecía descubrirme extasiado cada vez que yo coincidía con esas imágenes. Me decía:

No lo puedo creer, no tenés explicación. Vas de Mahler a Shakira. ¿Quién te entiende?”.

Pero hoy ha quedado capturado en sus caderas. Hoy la anatomía me ha relevado de las explicaciones fútiles. Sentí que cuando lo abandonara ese embrujo lo tendría más cerca, estaría menos solo. Lo estaba esperando. No le hablé. No quise perturbar la ceremonia. En un instante habrá recibido esa revelación maravillosa. Sabrá – desde entonces, y para siempre – que el Dios que nunca le hice ver está en esas caderas. Lo buscará durante el resto de sus días en cada pelvis que se le cruce por la vida. Lo encontrará -siempre- todas las veces. Porque ese Dios es múltiple y se esconde en todas las mujeres.

No me miró. No se movió. Me hizo tan feliz. Ahora podrá, por fin, salirse de su madre. Comenzará a buscarla en cada mujer, que son la misma. Ahora tendría un compañero. Nos sentaremos juntos a ver ese espectáculo vulgar, extraordinario. Viajaremos montados a lomo de sus muslos. Nos tomaremos de las manos para que no nos derribe su vaivén animal. Bastarán esos instantes para percibir el misterio de todo lo que no somos. Nos dispondremos a gozar como primates con esa sagrada diferencia. Bienvenido.

XIV

El ambiente en casa parecía haber retornado a la normalidad. Incluso podría decirse que Angelita actuaba como si nunca hubiese ocurrido nada extraordinario. Su actitud hacía pensar que se restablecía una continuidad apenas perturbada por algún agujero negro del que ya casi no tenía memoria. “Como decíamos ayer…”

Apenas un hilo que sostenía una pequeña gasa pintada con desinfectante marrón sobre su cabeza quedaba como la única huella de los últimos meses. Cuando aquella cicatriz desapareciera, nada recordaría ese drama ridículo que hoy había finalizado. Así es Angelita. Pura estrategia. Sólo recuerda lo que antes selecciona y lo demás no existió nunca. No está nada mal hacer invisible lo que nunca quisieras ver. Callar sobre el silencio es decir dos veces nada. Angelita sabe de eso y no me animo a juzgarla.

Pero, ¿proyectarán su sombra sobre el presente los espectros del pasado? ¿Podremos seleccionar nuestros recuerdos como los platos en un menú? Este lo comemos, este lo descartamos. Este me lo llevo, este lo dejamos. ¿Son nuestras elecciones esclavas de lo que no eligen?

Algo andaba muy mal. Nada bueno podía indicar esa tendencia a la interrogación absurda a la que desde poco tiempo atrás me estaba aficionando. Estaba buscando preguntas. Me detenía en ellas, sin interés real por sus respuestas. Por cierto, algo andaba muy mal…