Aurelio: (secretos que quitan el aire)

hombremaquina.arm

“Se ha cortado la lengua para no revelar unos secretos que no conoce” Fuegos, Marguerite Yourcenar

Siempre había tenido la tentación de pesar una de sus manos. Eran enormes, de una consistencia mineral. Pensaba que al menos tendrían el peso de uno de mis brazos completo. Dos noches y un día había pasado recibiendo el aire a través de un tubo. Un dispositivo mecánico le demoraba la muerte. Me detuve a mirarlo desde los pies de la cama. Lo había internado muchas veces, pero esta vez era peor.

Aurelio era un hombre de campo. Criaba ovejas en una estancia de la provincia de Chubut. Yo sentía por él un afecto entrañable. De pocas palabras, austero y noble encarnaba para mí el espíritu patagónico. Alguien hecho a fuerza de frío, distancia y soledad.

Me acerqué a la cabecera de la cama para verlo mejor. Sus ojos resistían al sueño farmacológico con movimientos apenas perceptibles que señalaban su voluntad de despertar. Respiraba de espontáneamente aunque no sabía por cuánto tiempo. Interrumpí el flujo de las drogas que lo dormían y lo relajaban. Tosió con violencia. Pocos minutos más tarde Aurelio estaba sentado en su cama. Le retiré los tubos y le ofrecí un mate. Dio un sorbo corto. Contrajo la boca y lanzó un escupitajo al piso. “¡Dulce!”, fue todo lo que dijo. Inspeccionó el lugar con la mirada. Después me hizo la misma pregunta que siempre me hacía en ese lugar.

– ¿Por qué no abren las ventanas?

– No lo sé, siempre estuvieron cerradas.

Necesitaba ver la luz o la oscuridad. Quería pruebas de que el mundo aún estaba allí. Una rara forma de sed.

– ¿Vas a volver a ponerme ese tubo?

– Es posible.

– Esto se va terminando.

– En tus visitas anteriores me dijiste lo mismo.

Era la cuarta vez que se internaba ese año. Cuando se iba le recomendaba que permaneciera cerca del hospital –su hijo había venido a estudiar a Buenos Aires-, que viniera a los controles semanales, que cumpliera con el tratamiento, que no fumara. Nunca lo hizo. Volvía a su lugar. Al caserío rural donde había vivido durante los últimos sesenta años. No tenía luz, ni teléfono. No importaba a qué precio, Aurelio se iba siempre. Solo, en el micro con su maleta de cuero ajada repleta de pastillas, aerosoles y recetas. Atraído por la estepa, la nieve y las ovejas de ese páramo hostil donde se sentía en su propia casa. Pero volvía cada vez más seguido al hospital. Y cada vez en peores condiciones. Cuando la respiración se le hacía tormentosa, repartía sus animales entre los vecinos y se tomaba el micro hacia la capital. Viajaba un día entero buscando el aire que las ventanillas abiertas de par en par ya no le podían ofrecer.

Se derrumbaba en la sala de guardia. Una vez había hecho ese viaje acarreando un paquete muy pesado pese a su dificultad para respirar. Era de una bolsa de arpillera desde la que chorreaba un agua espesa, turbia y sanguinolenta. Quienes lo recibieron en Emergencias no lograron hacerlo soltar ese bulto hasta que llegué yo. Me lo entregó sin decirme nada. Dentro de una caja térmica refrigerada con hielo estaba el cordero que me había prometido en su vista anterior. Lo había acarreado más de mil kilómetros, ahogado, solo, empecinado como una mula. Con el único objeto de agradecerme lo que él imaginaba que yo le daba.

Apenas tomé la guardia le pedí a Mañuela que me acompañara a recorrer la sala de para hacer un relevamiento y clasificación de los pacientes internados. Evaluamos a cada uno, analizamos sus planillas de controles vitales y sus historias clínicas. La mayoría eran jóvenes con traumatismos craneoencefálicos que desde hacía varios años eran los clientes principales de casi todas las unidades de cuidados críticos del país. Tres enfermos tenían cuadros coronarios estables, dos postoperatorios y una adolescente en coma por una hemorragia cerebral masiva. De los doce pacientes, cinco requerían asistencia respiratoria mecánica. En una pequeña sala auxiliar de una sola cama ubicamos a Aurelio para que pudiera ver el cielo nocturno y las copas de los árboles por una ventana minúscula y rota que apenas podía abrirse unos pocos centímetros.

No importaba cuál hubiese sido tu historia o desde donde llegabas, allí todos eran pura fisiología. Yo me había convertido en un experto en esa clase de medicina compleja, técnica y sofisticada. Había invertido muchos años de estudio y entrenamiento intensivo. Pero en ese momento algo comenzaba a quebrarse en mi interior. Una grieta minúscula que tal vez haya comenzado con Aurelio pero que creció y creció sin que ya nada pudiera detenerla.

Algo en mi actitud le hizo comprender que esa noche yo estaba apurado. Tal vez haya mirado el reloj, no lo recuerdo. Algún gesto debe haber delatado mi impaciencia.

– Más tarde, cuando vuelvas, quiero hablar con vos.

– No sé si podré. La de hoy es una noche complicada.

– Será corto, unos minutos

– Pero no empieces con tus historias de ovejas, ya me las contaste todas.

Se apoyó en mi hombro. Palpó con la otra mano los bolsillos de su pantalón colgado sobre una silla. Adelantó su cuerpo hasta acercarse a mí todo lo que le fue posible intentando evitar que otras personas lo oigan.

– Traéme un cigarro, no seas jodido.

– Ni lo sueñes.

A través de los vidrios la noche se derramaba sobre los pabellones. Me pareció que por primera vez, empezaba a comprender algunas cosas. Me pregunté por qué Aurelio volvía empecinadamente a su pueblo cuando todo aconsejaba lo contrario. Por qué me pedía un cigarro cuando apenas era capaz de respirar por sus propios medios. Pensé que no siempre la preservación de la vida era el motivo más fuerte de la existencia de una persona. Intuí lo que luego los años me confirmarían cientos de veces. Ahora lo sé con certeza, pero entonces recién comenzaba a sospecharlo.

El hijo de Aurelio dormía sobre un banco en la sala de espera. Pasé a su lado sin que me viera. El chico estaba acostado con un brazo colgando, los dedos rozaban el piso. Había deja encendida una radio apoyada sobre su pecho. Sonaba una cumbia sobre un ruido de fritura. Me puse al tanto de los pacientes que esperaban su internación en la guardia y volví a la sala caminando despacio por los pasillos en penumbras del hospital.

Aurelio se incorporó y encendió la luz de su cama un segundo antes de que yo abriera la puerta. Pensé que era posible que reconociera a las personas por el sonido de sus pasos o por el olor. Toda la vida había empleado sus sentidos de un modo que yo no lograba imaginar. Estaba integrado con el ambiente a través de una sensibilidad exasperada que funcionaba como un radar. Me miró con calma.

– De los cigarrillos ni hablar, ¿no?

– No

– El Roberto, ¿está afuera?

– Si, acabo de verlo dormido sobre un banco con la radio encendida.

Se incorporó apoyando la espalda como para una larga conversación. Bajó los ojos.

– ¿Sabés por qué se llama así?

– ¿Tu hijo? ¿Roberto? No, no tengo idea.

– Era el nombre del patrón. La madre lo eligió y yo no puse resistencia.

– ¿Un homenaje?

– Algo así

– ¿Y lo merecía?

– No, siempre fue un miserable.

– Entiendo

– Cuando tenía seis meses se lo llevé para que lo conociera.

– Un honor.

– ¿Para quién?

– Para él claro. ¿Vive?

– No, hace más de 20 años lo encontraron muerto en el galpón.

– ¿Y tpdavía lo recuerdan?

– No hay más remedio. Llevan su nombre el pueblo, la escuela, la plaza, la estación del tren, la biblioteca.

– Voy a descansar un rato, después vuelvo.

– ¿Entonces me vas a negar un cigarro?

– Sí

Nunca hay silencio en una sala como ésa. Pero a medida que pasa el tiempo el estruendo se hace inaudible. Hay una escucha selectiva, sólo se registran los sonidos que implican alarma. Algo parecido me contó Aurelio sobre las noches que pasaba a la intemperie cazando en el campo. Me bañé y me recosté a leer mientras esperaba que llegaran los nuevos pacientes. Manuela entró en la habitación y se quedó parada debajo del marco de la puerta. No habló. No era necesario. La acompañé caminando detrás de ella.

Aurelio estaba desnudo con los brazos aferrados a las barandas metálicas de la cama. Buscaba aire con desesperación. Había tirado las sábanas y la ropa al piso. Me apretó el brazo con una de aquellas manos enormes.

– Tranquilo, ponete esta máscara y respira despacio.

Se fue serenando de a poco. Lo suficiente como para percibir mi gesto reclamando el instrumental a Manuela con quien hacía años que nos comprendíamos sin necesidad de palabras.

– ¿El tubo?

– Es posible, veremos. Vamos a esperar un poco…

Me miró directo a los ojos. Apurado. Como si el tiempo para hablar fuese cada vez más corto y él no pudiese darse el lujo de perderlo.

– ¿Sabés como murió el patrón?

– No. ¿Justicia divina tal vez?

– Lo encontraron con la cabeza destrozada cerca de su caballo. Era un alazán tostado que se llamaba “Paisano”.

– ¿Una patada? Con los caballos nunca se sabe.

– Es lo que dijeron en el pueblo.

Se sentó con las piernas colgando. Se lo veía algo mejor, aunque yo estaba seguro de que eso no duraría mucho. Con una mano se apoyaba la máscara de oxígeno sobre la boca y la nariz sólo el tiempo necesario para recobrar el aliento y luego se la sacaba para seguir hablando. Entendí que todo se estaba terminando.

– Dame un cigarrillo, por favor. No me obligues a irme así.

Miré a Manuela. Buscó en su bolso, le ofreció uno y se lo encendió. Él dio una o dos pitadas lo apagó dentro de un plato de sopa con fideos Cabello de Ángel. Me hizo una seña indicando que quería quedarse a solas conmigo. Manuela la captó de inmediato. Tomó el plato con la colilla y salió.

– El Roberto siempre estuvo muy orgulloso de su nombre.

– Me imagino

– La madre, ella le puso esas ideas en la cabeza.

– Bueno, a veces los padres pensamos que el nombre fija el destino de nuestros hijos.

– Le llevaban flores al cementerio, él y la María, todos los aniversarios. Siempre. Hasta que ella murió y me quede solo con el pibe.

– Que sensibles, ¿no?

Comenzaba a respirar con dificultad otra vez pero se negó a colocarse la máscara que le ofrecí. Abrí la ventana. Nunca supe por qué lo hice.

– Al pobre caballo lo sacrificaron al día siguiente.

– Alguien tiene que pagar. Eso tranquiliza.

Hablaba con las intermitencias que le imponía la disnea. Concentrado en decir lo que quería lo antes posible y del modo más preciso.

– La cabeza del patrón quedó hundida. Aplastada como si fuera de goma.

– Suele ocurrir cuando te patea un caballo.

– Le mostré al bebé. Le dije que se llamaba así por él.

– Se habrá conmovido el hombre.

– Ni lo miró. Seguía de espaldas como si yo no estuviera allí.

– ¡Una bestia el tipo!

– Yo lo tenía en brazos. Temblaba.

– Imagino ese momento.

– “Será un negro de mierda. Otro bruto, como vos”. Me dijo mientras se reía.

– ¡No lo puedo creer!

– Puse al chico sobre un fardo de alfalfa, lejos de las patas del caballo. No vaya a ser que lo lastimara.

– Padre prudente…

Casi no podía respirar. Se colocó la máscara mientras todo su cuerpo se esforzaba por incorporar el aire que sus pulmones ya no podían recibir. Le señalé el tubo y el respirador pero me respondió con gesto enérgico. La mano en alto, firme, pidiendo un tiempo más.

– Con una pala le pegué. Justo acá, donde termina el ojo, en la sien.

– ¿Cómo?

– Yo lo maté.

Cuando no sé qué decir, me muevo. Di unos pasos en círculo. Asomé la cabeza por la ventana. Como si buscara algo escondido en el cielo de la noche. No quise mirarlo. No fue necesario.

– “A la María la estrené yo, cuando tenía trece años. Gritaba como loca. Linda paisanita”. Me dijo el patrón sin darse vuelta.

– ¿Eso te dijo?

– Ni una queja hubo. Cayó como una bolsa de papas.

– Aurelio…, no sé qué decir.

– Tenía que contárselo a alguien. Alguna vez.

– Y me tocó a mí. Se agitaba cada vez más.

Manuela observaba a través del vidrio desde el office de enfermería. Le señalé el catéter que ingresaba en su brazo. Ella entró y le inyectó un sedante. Cuando comprobé que estaba dormido le inserté el tubo y lo conecté al respirador. Su corazón se detuvo casi de inmediato. Sabía que era inútil, pero intenté reanimarlo con desesperación. Sudaba y me resistía a abandonar el procedimiento del que ya nada se podía esperar. Lo sacudí. Necesitaba decirle que lo había escuchado. Que yo no era nadie como para perdonarlo. Que lo entendía. Que ahora podía morirse liberado de aquel secreto atroz que lo había atormentado durante tantos años. Que lo quería mucho. Que admiraba en él todas aquellas cosas de las que yo nuca sería capaz. Que había sido mucho mejor persona que yo. Que él sabía lo que era esencial y nunca había necesitado la infinidad de estupideces sin las que yo no podría vivir. Que me había pasado un secreto con el que yo no sabría qué hacer.

Manuela me separó de su cuerpo. Lo cubrió con una sábana. Me acarició la mejilla. Secó mi transpiración con una gasa humedecida en alcohol. Me acerqué. Le destapé la cara. Tomé su brazo. Sostuve su mano enorme sobre la mía. La balanceé durante algunos segundos, como pesándola. Salí.

– Roberto, despertate.

Me miró acomodando sus ojos a luz. Hizo un movimiento como para incorporarse pero lo interrumpió a mitad de camino. Se dejó caer otra vez sobre banco. Fijó la mirada en el techo. No necesité decirle nada.

– ¿Sufrió?

– Creo que no. Ni se dio cuenta.

– Fue un hombre callado, de pocas palabras. Pero siempre me dio todo lo que pudo. Para mí fue suficiente.

– Fue un gran tipo. Yo también lo quise mucho.

– A veces me parecía que necesitaba decirme algo pero nunca lo hizo. Algunas noches se sentaba al lado de mi cama y me miraba hasta que yo abría los ojos. Parecía que iba a hablarme de algo importante. Pero no decía nada. Me abrazaba. Todavía recuerdo la fuerza de sus manos, la barba áspera pinchándome la cara, el olor a ginebra y a tabaco. Parecía que había palabras en su garganta queriendo salir. Pero nunca me dijo nada…

Se puso de pie. Hizo una pausa de silencio. Después se fue deslizando sobre su espalda apoyada en la pared hasta quedar sentado en el piso. Flexionó las rodillas y las abrazó con los brazos. Hundió la cabeza entre ellos.

– Doctor, ¿sabe por qué me pusieron Roberto?

– No, no tengo idea.

  • Angeles San Martin

    QUE HERMOSA HISTORIA..¡¡¡.ESTE DÍA HE LEÍDO VARIAS HISTORIAS DR. DANIEL.. MARAVILLOSO.. EXCELENTE¡¡¡

  • aflichten

    Muchas gracias Ángeles.

  • Liliana Añasco Nicheglod

    Primer relato que leo, me encantó.

  • pan

    me dio flojera leer , si que next ! :3