Boluditos

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“Rockeros educatidos, con grandes gastos educaditos”  J.C.S.

Circula entre nosotros un credo pagano y bienpensante que no es menos inflexible ni más tolerante que el religioso. Una generación de intelectuales –o sus versiones degradadas y caricaturescas- que suponen que lo tienen todo claro. Universitarios, educaditos, dueños de bibliotecas cargadas y de certezas arrogantes. Críticos y revulsivos. Irónicos y fanfarrones. Una legión de progres de café, memoriosos de los 70, de sus largos años de psicoanálisis, de sus horas de taller literario, de los ejercicios de teatro espontáneo o de danza Butho, de su paso por la Fede o de su falsa mitología montonera. Son la perpetua voz de la opinión nacional crítica y mordaz de acuerdo a la definición que ellos tienen de sí mismos. Graduados universitarios que juegan al Candy Crush. Ejercen la ironía como estilo de pensamiento pero les sale Wilde, Shaw o Twain pasado por la cabeza de un retardado.

Son siempre niños, púberes caprichosos y malcriados. Juegan, ríen, bailan. Lloran con facilidad. Dependen de la aprobación de la tribu. Son hijos de burgueses con décadas de dos sesiones semanales en un consultorio de Palermo Sensible y han heredado de ellos el gusto por perder el tiempo y la pasión por los espejos. Se masturban en Facebook o en Twitter. Los excita su propia trivialidad. Hipersensibles a la diferencia, se encolerizan cuando alguien opina distinto mientras cacarean su tolerancia. Repiten lo que otros han pensado como una tonta máquina de citar a la que le faltaran algunas piezas. Padecen un delirio autohipnótico. Piensan a través de los jirones de sus lecturas adolescentes que todavía llevan colgando de sus nucas como la cola de un barrilete que nunca levantó vuelo.

Detrás de su declarada amplitud de criterios acecha un gendarme. Un comisario ideológico que reparte explicaciones que nunca explican nada. Escupen etiquetas y diagnósticos con la velocidad de una AK47. Actúan la liturgia del intelectual esclarecido y del comentarista implacable. Pero no hacen ninguna de las dos cosas.

Visitan los bares indicados, los teatros señalados, no se pierden las presentaciones de libros, ni los debates trasnochados, ni los ciclos de cine coreano o iraní. Participan de grupos de lectura donde sólo leen los libros que los confirman y proscriben los que los impugnan. Organizan somníferas sesiones de lecturas de poemas. Declaman con la voz impostada y la mirada perdida simulando un éxtasis que nunca sintieron. Buscan desesperados la exquisita música de Pizarnik pero les salen versos de Narosky. Después se juntan en sus coquetos departamentos a tomar Pisco peruano y a comer quesadillas con guacamole. Les muestran a los amigos las fotos de la pirámide de Quetzalcoatl, sus retratos sonrientes en la puerta del museo antropológico del DF, o en las escaleras de Machu Pichu o en las de Montparnasse. Fundan revistas culturales que nunca pasan del primer número. Practican el círculo virtuoso del elogio recíproco.

Se divorcian con facilidad. Forman nuevas parejas soñando con un amor idiota que se parezca a ellos. Buscan mujeres lánguidas u hombres maduros y sensibles. Pero se calientan con las caderas de las putas o con las sungas de los strippers del Golden aunque no se animan a confesárselo. Bailan y sudan al ritmo de tango, salsa o bachata en fiestas temáticas. Les han dicho que el cuerpo debe ser un instrumento del que no hay que avergonzarse. Entonces se mueven con la gracia de un manatí y se tocan con sus manitas delicadas.

Cuando se van a dormir los infectan los microbios de la melancolía, el llanto espasmódico del vacío existencial y el desasosiego del insomnio. Están pendientes de sus más mínimas emociones y las hablan, las hablan, las hablan. Adiestrados como caniches en monólogos narcotizantes bajo la mirada ausente y boba de un analista lacaniano, ven divanes por todos lados y sueltan la lengua para poner en palabras sus angustias de cotillón. Insatisfechos y autocentrados giran alrededor de su propio y estúpido planeta. Escriben libros onfalocéntricos y autocelebratorios. Historias intrascendentes que narran sus propias y minúsculas epopeyas interiores.

Desconfían de la ciencia. Formulan críticas furibundas a la genética, a la psiquiatría, a la farmacología sustentados en lo que leen en los diarios. Los mismos medios a los que dicen no creerles y cuyo discurso suponen desarmar. Citan para respladar su desconfianza a las fuentes que ellos mismos denuncian por superficiales e interesadas. No ven en ello contradicción alguna porque son ciegos a todo lo que señale la que ellos encarnan. Apoyan al ala izquierda de cualquier partido político. Aunque ese ala pertenezca al cuerpo de un ave sanguinaria y casi siempre de derecha. Se sienten contrahegemónicos y minoritarios. Pero son una manada de clones de cordero con miles de ejemplares idénticos y vulgares. Se han apropiado del terrenito de la cultura, la creación y el pensamiento revolucionario. Aunque no sean capaces de producir cultura alguna, nunca crearon nada que no fuera una copia infeliz de otra cosa y jamás hayan revolucionado más que una reunión de consorcio.

A mí me tienen los huevos llenos. Son tan inofensivos como un moscardón rondándote la nariz, pero igual de molestos. Es horrible, es un pensamiento insoportable y autodestructivo. Yo quisiera borrarlo de mi cabeza. Hacerlo desaparecer. Porque pensar de este modo me hace despreciarlos. Porque estas ideas impiden que los tolere más de cinco minutos o a menos de cincuenta centímetros. Porque esos tipos minúsculos e intrascendentes me rodean por todos lados. Porque me ponen de mal humor y me dan ganas de cagarlos a patadas. Porque yo también soy uno de ellos.

Imagen Alex Gross: http://www.facebook.com/?ref=home#!/photo.php?fbid=170178833028812&set=a.170178779695484.34203.138927369487292
  • Ana

    Preciso e Implacable, como siempre.

  • Luciano Pereira

    Extraordinario e inesperado final del artículo. Identifiqué a muchos con la descripción. Felicitaciones.

  • Griseldaramello

    GUAU!!!!