Bon appetit

bonappetit

Cerró la puerta del cuarto con llave. Quedaron en la sala: una familia de sobremesa, el Golden Retriever dormido sobre la moquette, el retrato imperativo de su padre bendiciendo su matrimonio en el atrio de la catedral de San Isidro. Todos estaban felices y saludables. Las voces llegaban cargadas de risas. La cena había sido exquisita. Sutil, cargada de exóticos sabores orientales. Olía Wasabi y a té verde. Hacía años que no había un conflicto, ni un grito, ni una discusión. Los chicos eran estudiosos y deportistas. La mujer bella, dedicada, dulce. Su prestigio profesional crecía. Sus ingresos también. -“Esto va muy bien”, se dijo en voz alta. -“Puedo sentirme satisfecho”. Quitó el zócalo y metió la mano en el hueco. Sacó un montón de cartas atadas con un hilo. Las quemó en el lavatorio. El humo lo hizo toser. Abrió el ventiluz. Una columna negra salió a toda velocidad repleta de cenizas grises en suspensión. Respiró profundo. Abrió el placard y miró el 38 asomando el caño debajo de la pila de las sábanas. Pensó en el cielorraso que estaba recién hecho y en el empapelado que todavía no tenía un mes. Era un diseño exclusivo de “Dolcce & Gabbana” de 350 dólares el rollo. Se decidió por la soga de colgar la ropa para los días de lluvia que estaba guardada en el cajón del baño y la barra de la ducha masajeadora que habían traído del “Bath and Cloth” de Bal Harbour, Miami, el verano pasado.
* Imagen: “The Grateful Dead” (apologies to Norman Rockwell) Mark Brian

Oil on canvas / 30×24″ / 2009