Crimen y castigo

El delito / el diagnóstico:

Tendría que haberme dado cuenta. La mesa había sido puesta con más esmero que el habitual. Estaban todos sentados a la hora de la cena.  Había pan casero, copas de vidrio, cazuelitas individuales rebosantes de calamares con arroz, la televisión estaba apagada. Sonreían pero yo no alcanzaba a advertir los motivos de su alegría. Si no me equivoco había pataditas por debajo de la mesa. El clima era de secreto y conspiración.

La presidente del tribunal sirvió la comida. El secretario abrió una botella de tinto Latitud 33 y llenó las copas. Incluso la mía, aunque sabe que jamás he pasado del agua gasificada. Lo miré, me miró. Comprendí que se trataba de una una ceremonia a la que no podría renunciar. Los primeros bocados transcurrieron en silencio. Pero pocos minutos después comenzó la lectura de los cargos en mi contra. Ambos –la presidente y su secretario-  se alternaron en la enumeración de los delitos como si lo hubieran ensayado.

–          Trabajás demasiadas horas durante todo el año.

–          También los fines de semana y hasta altas horas de la noche.

–          No tenés ninguna actividad que te saque de ese mundo que te has construido.

–          Estás encerrado dentro de tu propia cabeza sin ver lo que pasa fuera de allí.

–          No es sano.

–          Es imprudente y perjudicial.

–          Tus relaciones con otras personas se restringen cada vez más.

–          Apenas tu familia o tus pacientes.

–          Da la impresión de que ya nada te importa más allá de tus libros.

–          Estamos muy preocupados por vos.

–          Tenemos que hacer algo entre todos.

La lectura de los cargos en mi contra siguió durante varios minutos. Eran muchos, o tal vez sólo se trataba de variantes del único y atroz delito del que se me acusaba. Las cazuelas de barro circulaban de mano en mano pero yo no lograba dar un bocado. Una garra de animal prehistórico me apretaba la garganta.

–          Queremos protegerte, en especial de vos mismo.

–          Allí afuera hay otro mundo estallando de sol y aire puro que vos no conocés.

–          Lo hacemos por vos.

–          No vamos a permitir que te pierdas para siempre en el laberinto de tu biblioteca.

¡Maldición! Me dije a mí mismo sin animarme a levantar la voz. Otra vez la misma historia. Se me acusa de mis virtudes. Me tiran su código de buenas costumbres por la cabeza. Hacen de mí un enfermito y luego me escupen sus diagnósticos como delitos.

Su señoría detuvo la cuchara en los umbrales de la boca. Hizo una pausa anticipando que estaba por decir algo muy importante. Su boca quedó detenida en un gesto extraño. Sus labios fruncidos como para besar o, tal vez, para soplar el bocado que sostenía en el aire. Sus ojos me acusaron. Lo hicieron con esa rara habilidad que ya le conozco que es la de reírse con la mirada. Una carcajada muda que prescinde del sonido pero que no deja lugar a dudas. He sentido esa rareza –entre muchas otras- durante décadas. Esta mujer está colmada de cosas infrecuentes. Es una hembra freak. Una especie de monstruo feliz a toda costa y sin que importen los motivos. Le temo. Me asusta su capacidad para ignorar mis argumentos riéndose de ellos. Su potencia para desarmar mi pequeño mundo triste con la prepotencia de sus caderas de mulata y sus pequeños pies de odalisca.  Debajo de ese cuerpito minúsculo y de su blancura sajona, hay una loca negra de Barbados agitando los pechos al son del merengue y la  bajo el implacable sol del Caribe.

–          Estuvimos pensando. Y hemos tomado una decisión.

Los miembros del tribunal se dispensaron una mirada cómplice que me dejaba afuera. Una señal que hablaba de un pacto secreto del que yo no tenía noticias. Bebí un trago de Schwepes limón. El líquido se deslizó espeso por mi esófago hasta detenerse a mitad del pecho. Me asfixiaba. Pero no supe con certeza si se debía a un espasmo o ºa la amenaza inminente de privarme de mi oxígeno personal y condenarme al ahogo de la felicidad obligatoria. ¡Otra vez! me dije. Otra vez voy a caer en la trampa de todos los años. Ahora me dictarán sentencia y más tarde me obligarán a cumplir la condena. Van a prescribirme su sangrienta terapéutica y me obligarán a recibir su medicina. Otra vez, ¡la puta madre que lo parió!