Crónica de un secuestro I

marpampas

marpampasQueridos amigos: quiero que sepan que en el día de hoy he sido secuestrado por una mujer y dos adolescentes -que dicen ser “mi” mujer y “mis” hijos aunque sus acciones lo desmientan- y conducido a un inhóspito paraje llamado “Mar de las Pampas”.

El lugar es francamente repugnante: un murmullo de brisa austral saturado por el húmedo tufo oceánico, un bosque de especies exóticas que exhala un aire intoxicado de oxígeno y clorofila, personas que caminan, trotan o andan en bicicleta con las caras más distendidas y felices que haya visto jamás. Una experiencia aterradora. No recuerdo haberme sentido tan ajeno y tan ofendido por el ambiente y por sus inquilinos como en las escasas horas que llevo cautivo en este detestable caserío.

Mis captores me han amenazado estableciendo un sistema de castigos progresivos para responder a cada queja que yo pronuncie. La primera me dejará sin mi cuaderno de apuntes, la segunda sin mi Notebook, la tercera sin mis libros -he traído más de diez- y así sucesivamente desde el Purgatorio hasta el infierno. Me han racionado mi dosis de tabaco y mis horas de conexión a Internet mediante el uso de una clave secreta que sólo ellos conocen. Mientras me privan de mi alimento básico ellos derrochan excesos de una alegría indecente y una exposición al sol más propia de lagartos que de seres racionales. Debajo de la ventana hay una pequeña piscina octogonal con bocas que escupen furiosos chorros de agua caliente como en un tormento del infierno. Lo más curioso es que ellos se zambullen y se quedan absortos allí adentro simulando un placer sensual y relajante que no puede ser verdad. Sospecho que desfallecen drogados por esos humos sulfurosos. Pensándolo bien, esto tiene que ser una prueba más de su naturaleza diabólica.

La mujer -que pude definirse como líder del grupo captor- evoluciona a mi alrededor con pasos de regetón y salsa caribeña en una danza permanente que sólo interrumpe para invitarme a bailar con ella o para hacerme impúdicas cosquillas en mis zonas más sensibles. Desde horas muy tempranas bebe cerveza Corona helada y come aceitunas cuyos carozos escupe sobre mi nuca para luego reparar el daño lamiendo lascivamente la zona traumatizada. Por momentos me asomo al balcón y miro con interés a las jóvenes que yacen recostadas al borde la pileta con sus breves trajes de baño. A juzgar por la rotunda hilera de moretones que exhibe mi antebrazo, a la líder de la banda no le hace ninguna gracia que me entregue a ese inocente pasatiempo y me reprime mediante pellizcones, golpes de puño y hasta esporádicos mordiscones. He debido abandonar la tarea justo cuando empezaba a creer que esas redondeces -a cuyo embrujo nunca he podido sustraerme- serían mi bálsamo y mi consuelo en este triste período de infortunio.

Sus cómplices la rondan en un estado vegetativo intermedio entre el sueño y la vigilia -aunque más próximo al coma metabólico- profiriendo amenazas a intervalos regulares respecto de mi presunta incapacidad para gozar de la vida según sus propios parámetros. Pretenden obligarme al gélido mar austral, a la arena incandescente, al viento furioso, a los paseos en bicicleta y al eterno sepulcro de una tarde de playa. Elegiré una muerte digna si es necesario antes de acceder a semejante humillación.

No sé si sobreviviré a todo esto. Tengo razonables dudas al respecto. Ante esta incertidumbre he querido que sepan por mi propia voz que, pase lo que pase, los recuerdo y los he querido mucho. En estos días bastardos y suicidas en que la bárbara manía de las personas se empeña en festejar no puedo menos que enorgullecerme de uno de los pocos logros que mi vida puede mostrar. Jamás he sido feliz durante los últimos 15 días de cualquier año.

Vaya mi sólido abrazo cautivo para cada uno de ustedes;
D.F.