Crónica de un secuestro II

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Disparen sobre Santa Claus

santacuchilloMi cautiverio parece prolongarse en una serie de días de una longitud infinita. Las horas no terminan nunca, los días son eternos y el padecimiento se torna intolerable. Aquí el tiempo corre según sus propias leyes. Lento, espeso, elástico y vacío.

Mis captores continúan actuando como si todo fuese maravilloso. Simulan -ya que no puedo creer que sea auténtico- un espíritu gozoso que contradice lo más dramático de la realidad que vivo. Es ridículo. Todo. Pero hoy lo más ridículo he sido yo mismo. La líder decidió que esta mañana debía arroparme de tal modo que la humillación personal y el escarnio público resulten inevitables. Me pusieron un pantalón -que no alcanzaba siquiera a mis rodillas- con enormes cuadros azules y blancos en una tela impermeable que cruje con cada movimiento del cuerpo. Una remera blanca con un enorme dibujo de libros y exóticas plantas silvestres sobre el que dice “Florida University” en caracteres góticos negros. Los pies apenas cubiertos con dos sandalias franciscanas de goma que se ajustan en el mínimo intersticio que media entre el dedo gordo y el mayor produciendo un roce que hiere mi piel y me recuerda los tormentos medievales ante cada paso que doy. Vi mi absurda silueta reflejada en la ventana de la sala y comprendí al instante el carácter brutal de esta humillación. No es la mirada curiosa de los demás lo que me duele, es mi propia visión la que me enfrenta al grotesco personaje rabelaisiano en que me han convertido.

Por las mañanas se me han asignado marchas forzadas al rayo del sol que no pueden durar menos de una hora. Pero, ¡si eso fuera todo..! Antes de salir me untan cada segmento descubierto de mi desagradable anatomía con una pasta cremosa, blanca y con olor a desinfectante de burdel. Las moscas se pelean por posarse sobre mi ridícula piel convertida en una superficie más propia de una torta de cumpleaños que en el ajado y triste envoltorio que me acompaña desde hace tantas décadas. Luego camino entre bosques de coníferas que rezuman una pasta pegajosa que se te adhiere apenas rozas sus ásperas cortezas. Intento que el tiempo que se me ha asignado pase lo más rápido posible pero el maldito se estira y se renueva como un magma elástico que parece no tener fin. Desde los primeros minutos transpiro como un beduino lo que da a la crema con que me untan una consistencia gelatinosa hasta convertirme en un auténtico Greemling. Pero, ¡si eso fuera todo..!

Cuando regreso al calabozo todos festejan mi hazaña. Me felicitan calurosamente y me conducen de la mano hasta un recipiente circular repleto de un líquido celeste o verdoso -al que me resisto a llamar agua- agitado por intensos chorros del que brotan vapores espesos y ruidosos. Me detengo aterrorizado ante semejante amenaza. Entonces, y sin ninguna piedad, alguno de mis captores me empuja y caigo sin remedio al interior de aquel brebaje demoníaco. Sumergido allí adentro el sonido resulta estremecedor. Un estruendo de explosiones burbujeantes y el torbellino de corrientes caóticas te agita y te envuelve en una atmósfera subacuática de pánico y catástrofe. Al borde de la asfixia lucho por sobrevivir hasta que logro asomar mi perpleja cabeza. Los veo. Aplauden, dan saltitos breves y hasta parecen felices. La crueldad es un camino sin retorno. Esta gente disfruta de mi agonía y se saludan unos a otros por el logro de hacer de mí -un animal asfáltico y urbano- este proyecto fallido de pez de aguas turbulentas.

Anoche me obligaron a sentarme a la mesa con ellos. Sirvieron una serie de vomitivos appetizers propios del círculo polar ártico con una temperatura promedio de 35 grados. Alimentos duros, imposibles de morder para una dentadura humana pero que ellos sorbían hasta degradarlos y luego trituraban como cocodrilos. Se me obligó a beber algunos sorbos de un veneno burbujeante que me sumió en un estado de confusión y náusea semejante al que produce la inhalación sostenida del contenido que fluye desde el caño de escape del 132 en Plaza Miserere, pero aún algo peor. Más tarde llegó Santa Claus. No pude menos de que revivir mis fantasías infantiles respecto de ese detestable personaje. Llevó medio siglo odiando su obesa figura y sus absurdos propósitos. Mi tía Julia armaba un árbol enorme decorado con adornos de colores y luces intermitentes en el jardín de su casa. A intervalos de 30 minutos algún adulto nos anunciaba a los niños de entonces el itinerario de Santa y el tiempo estimado para su llegada. Mientras mis primos saludaban la proximidad del monstruo con alaridos y rondas, yo me recluía en lo más oscuro del parque y me daba fuerzas para soportar el momento imaginando que el imbécil intentaba bajar por la chimenea dentro de la que quedaba atascado sin que nadie lo advirtiera. Nadie, claro, excepto yo. Me acercaba en puntas de pié y le preguntaba si no podía moverse. Cuando confirmaba que eso ocurría. Lo atravesaba repetidamente con el trinchete de asar chorizos. Puntualmente a medianoche todos salían al parque. Allí los esperaba el viejo pino de la tía Julia decorado con los intestinos de Santa como guirnaldas, sus ojos que emitían bellísimas luces intermitentes de varios colores y, coronando ese milenario pino sagrado, pendían los dos testículos obesos del fatídico personaje. Ésas han sido mis reiteradas fantasías navideñas infantiles. Dulces, trágicas, solitarias. Un tierno cuento de Navidad, pero de Chuck Palahniuk.

Besos y abrazos cautivos.
D.F.