Crónica de un secuestro III

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Tortura gourmet

cocinerosmudosPor aquí las cosas no han mejorado. Pero sus mensajes de aliento, la solidaridad que recibo de cada uno de ustedes me dan fuerzas para no sucumbir. No es que no haya pensado en bajar los brazos, en abandonar la lucha por la supervivencia y abandonarme a mi desintegración definitiva. Pero entonces llegan ustedes y encuentro motivos para seguir adelante.
Sospecho que “ellos” se reúnen a mis espaldas y organizan una agenda de tormentos que luego aplican meticulosamente sobre mí. Esta mañana la líder me hizo poner el mismo disfraz de ayer, me aplicó idénticos brebajes y me obligó a sentarme a su lado al borde de la piscina. Mis quejas fueron desoídas como si mi voz no se distinguiese del compacto silencio del lugar. Extrajo de su bolso un libro que está leyendo desde hace algunos días (Bernard Schlink, “Amores en fuga”) y luego me entregó un ejemplar de “Un hombre afortunado” de John Berger que traje en mi bolso y que releo hace varias semanas. Como verán el concepto de intimidad no existe en cautiverio. La jefa de la banda se considera autorizada a vulnerar no sólo mi equipaje sino todo cuanto pueda constituir en resabio de mi mundo privado, personal.

Luego acomodó mi cuerpo con instrucciones enfáticas sobre una superficie de madera cubierta con una colchoneta de color amarillo furioso y con una leve inclinación –no más de 30 grados- hacia arriba que comienza en la espalda incluyendo la cabeza y cuello.  La posición final –que ella consideraba óptima- me produjo contracturas dorsales, una cefalea incipiente que fue creciendo con el correr de los minutos y la inexpresable sensación de atrapamiento que me ocasionaba registrar con el rabillo del ojo los sólidos muslos de las mujeres que circulaban alrededor. Cada vez que alguno de ellos ingresaba en mi campo visual intentaba elevar mi torso con el único propósito de enfocar mis ojos dispuestos a recibir el embrujo de los glúteos que esas piernas anunciaban a los gritos. Entonces una violenta trompada se descargaba sobre mi pecho a la altura del esternón devolviéndome a la posición inicial. Mi cabeza golpeaba contra el acolchado que no lograba atenuar la conmoción cerebral que el impacto producía. Una y otra vez la situación se repetía hasta sumergirme en un estado confusional y automático en el que la secuencia se reiteraba. Muslo, elevación del torso, golpe en el pecho, trauma craneano. Muslo, elevación del torso, golpe en el pecho, trauma craneano. Resulta evidente que esta mujer conoce el procedimiento Pavlov e intenta reproducir conmigo la triste experiencia de los perros salivadores. La mañana se convirtió así en un espacio de tormento sin fin bajo los árboles añosos y bajo la atenta mirada de algunas aves de rapiña que aguardaban con paciencia el momento indicado para lanzarse sobre mi propio cadáver en gestación.

-¿Te acordás de nuestras primeras vacaciones juntos?

– Sí, claro, cómo olvidarlas. Hasta donde puedo recordar entonces no me acosabas a trompadas en el pecho mientras tomábamos sol.

-Es que hasta donde yo puedo recordar en ese momento la única cola que mirabas era la mía.

La argumentación es falaz, se sustenta en premisas falsas, es improcedente y contradice las más elementales reglas del pensamiento analítico. Pero, ¿cómo refutar siglos de equívocos de género? La tarea me pareció imposible y opté por un prudente silencio.

Desde el balcón del aguantadero donde me retienen contra mi voluntad, el mayor de los cómplices asomó su cabeza para gritar.

– ¡Hey “pollo viejo”! Aflojá que tus groupies ya fueron madres…

La jefa le arrojó un beso al aire con su mano derecha mientras respondía:

– Incluso algunas ya van siendo abuelas… ¡Te amo!

Hay vínculos genéticos y hormonales, sustentados en la memoria de largas madrugadas sorbiendo pezones que ya nada corrompe. Son obscenos, irracionales, pero inquebrantables.  En cualquier otra circunstancia el macho joven hubiese sido solidario con el viejo ya que ambos conocen la irrenunciable convocatoria de un cuerpo de mujer. Pero cuando se trata de mami…

Más tarde logré huir hacia la oscuridad de la celda. En cinco minutos la líder se apareció a mi lado. Cuando me disponía a leer los últimos capítulos de “Mal de escuela”, el extraordinario libro de Daniel Pennac, ella consideró que ver televisión a mi lado era un gesto de compañerismo que me debía. Así, en lugar de la fantástica travesía a través de las ideas del escritor francés me encontré sumergido en casi dos horas de cocina gourmet. Mientras intentaba concentrarme en la lectura desfilaron por mis oídos -con los más exóticos acentos extranjeros-, un delicioso salteado de hongos silvestres en su crema, un austero osobuco braseado con tomates especiados y pasas, las propiedades afrodisíacas del cilantro colombiano y un menú completo de empalagosa cocina gay.

Compartir, participar del universo de los seres con los que convives, juntos, juntísimos en todo momento. Ése es el mandato que nadie discute. Desde este ignoto lugar, cautivo de esta popular versión del paraíso, yo, con todas mis fuerzas, reclamo que se me devuelva a mi rústico infierno personal.

Besos y abrazos cautivos;
DF