Crónica de un secuestro IV

desierto

Promiscuos e insolados

desiertoEn estos pocos días he comprobado que la tortura física, la privación de la libertad y el confinamiento en una remoto villorio marítimo –con toda su carga de dolor y sufrimiento- no son el punto más alto del horror. Lo peor es sin dudas la promiscuidad y la ausencia de posibilidades de espacios privados. Lo insoportable no es tanto el encarcelamiento sino la conciencia de no poder escapar de él. La polución humana de seres que conviven 24 hs al día en el mismo y estrecho  espacio. La imposibilidad de huir de la mirada del otro. Lo verdaderamente prohibido aquí es el secreto. Sin él, privado de mi mundo clandestino, la existencia se torna una superficie transparente iluminada por varios pares de ojos que la desnudan y la vulneran en una violación constante que me degrada exponiéndome sin atenuantes. Más que el oxígeno necesito de esos pliegues prohibidos donde la auténtica existencia de las personas tiene lugar. A salvo de la opresiva  vigilancia de quienes dicen amarte es donde por fin aquello que en verdad somos se despliega sin ataduras. Para ser tal cual somos resulta imprescindible un cono de sombra y de silencio. Un refugio prohibido en el que puedas abrir las puertas de tu ropero interior y permitir que salga tu auténtico yo. Esa sombra degradada que los demás conocen, la patética copia que simula ser vos en la casa o en el trabajo, se esconde bajo la mesa y cubre su cabeza con ambas manos para superar la crisis de patadas y la sed de estrangulamiento con la que tu verdadero yo se lanza sobre ella cuando le abren la puerta.

El brazo adolescente de la banda decidió anoche que era oportuno hacer un asado. Se repasaron las habilidades de cada uno con el objeto de distribuir tareas. La líder selecciona y compra la carne, hace las ensaladas y queda bajo su estricta responsabilidad la supervisión general del procedimiento y la artesanal tarea de condimentar los alimentos. El mayor de sus cómplices prepara la mesa, compra el pan y será el responsable de obtener un postre sorpresa que todos saben será helado de sabayón y chocolate suizo.  El menor enciende el fuego, asa la carne y sirve porciones individuales cuidando que la temperatura sea la apropiada y el grado de cocción el que cada uno prefiere. De pronto todos me miraron y se hizo un silencio acusador.

–          ¿Sabés encender el fuego?

–          No

–          ¿Te sentís capaz de elegir la carne y comprarla?

–          No

–          ¡Ensaladas! Podrías hacer las ensaladas, ¿te animás?

–          No

–          ¿Pero no es posible que no sepas hacer nada para un asado?

–          Bueno, comerlo, lo como bastante bien.

Una vez que se constataron mis numerosas inhabilidades la banda decidió que la única alternativa posible era que se me encargara la tarea de recolectar leña para el fuego. Durante largos minutos deambulé entre ramas hirientes, piñas secas, insectos del tamaño de aeroplanos y deyecciones de vaya uno a saber qué clase de bestia. Llegué cargado con una variedad de maderas en distinto estado de putrefacción, brotes de pino y fragmentos de corteza de eucaliptus. Los delincuentes juveniles me miraron, se miraron, y casi al unísono hablaron en su bárbara jerga carcelaria:

–          ¡Pero que boludo! ¿No te das cuenta que la leña verde o mojada no sirve?

Acto seguido devolvieron lo que con tanto sacrificio había juntado al bosque aledaño de donde provenía.

–          Mejor quedate aquí. Agarrá un libro y no intervengas.

El menor de los delincuentes exhibe una habilidad infrecuente para todo cuanto emprende lo que lo vincula en sus aptitudes – y por medio de oscuros laberintos genéticos – a la líder de la banda. Es alto, bello, tiene un aro en su oreja izquierda lo que le da un cierto aire bucanero. A veces he pensado que con una cacatúa sobre los hombros y un garfio en lugar de mano sería indistinguible de un auténtico corsario de Salgari. Igual que su madre es capaz de realizar con toda perfección casi cualquier cosa que se proponga. Sabe, aunque nadie se lo haya enseñado, los procedimientos correctos y los aplica con precisión a cualquier actividad constructiva, incluso a las más complejas. Constatar mi natural inhabilidad, mi torpeza y mi ceguera manual le produce un malhumor considerable lo que podría explicar en parte la baja consideración en que me tiene.

Esta tarde mis captores decidieron que no era posible que mi cautiverio finalice sin que yo haya visto el mar. Esta precaria villa ni siquiera dispone de una avenida costanera sobre la que una persona pueda observar el mar desde el interior de un automóvil que es la única manera civilizada de hacerlo que conozco. Inútil sería describir una vez más mis quejas y mis reclamos. Siempre tienen el mismo destino, la indiferencia más absoluta y el rotundo silencio en el que ni siquiera cabe la menor de las respuestas. Me vistieron de tal manera que no fuese posible evitar la sensación de ridículo y el oprobio ante mi propia imagen. Una vez comenzado el crepúsculo, apenas la bravura asesina del sol atenuó su implacable acoso, me condujeron unos 300 metros en dirección al océano por una calle sin asfaltar infestada de pequeños comercios de baratijas e imperativos estacionadores de autos que agitaban un trapito con idéntica gestualidad con que los gangsters agitan sus M19 en el bravío corazón del Bronx.

Finalizado el trayecto, no fue el mar lo que se ofreció ante mis ojos sino un compacto macizo de dunas que era necesario sortear para llegar a él. Intenté en vano la retirada estratégica, pero una y otra vez fui forzado a continuar en línea recta hacia aquella cordillera de arenas sucias e hirvientes. La escalada resultó extenuante. Por un rato fui un patético beduino o un solitario berber perdido en las implacables arenas del Magreb. No sólo fue necesario vencer la gravedad terrestre caminando hacia arriba sino la resistencia empecinada de un suelo inestable que impedía afirmar los pies sobre él. La temperatura de aquella superficie era la de la lava volcánica pero con el agregado de que se desgranaba en delicadas partículas a merced del viento que las impactaba a repetición sobre mis córneas como una lluvia horizontal de munición pesada. Resultaba más que evidente que para una aventura como aquella el equipo mínimo indispensable debía contar con malacates, sogas, elementos de fijación para escalamiento de altura, antiparras a prueba de balas y calzado tipo raquetas para nieve. Eso sin mencionar lo mucho más práctico y razonable que hubiese resultado sortear el obstáculo mediante el empleo de un bonito helicóptero Seahawck de combate.

Luego de alcanzar la cima pude ver el océano que, como una inmensa masa líquida y ondulante, se agitaba indiferente a mi calvario. Varios cientos de metros en dirección al horizonte se divisaban tres siluetas minúsculas que caminaban como si nada hubiese ocurrido en dirección a la playa. ¡Eran ellos! Agité los brazos, grité, pero todo resultó inútil. Apenas se dieron vuelta durante unos segundos para continuar su marcha luego de realizar bruscos ademanes que sin lugar a dudas expresaban su descontento y hasta su ofuscación. Pensé que retornar al punto de partida implicaría recorrer ese arduo camino en sentido contrario por lo que tomé la firme decisión de terminar mis días caminando sin demora en dirección al fondo del mar que tantas existencias ilustres ya había devorado con su inmensa boca de agua. Aunque lo que siguió no fue mejor que lo que ya había sucedido.

Besos y abrazo cautivos;
D.F.