Crónica de un secuestro V

beach

Maldita playa, maldita, maldita…

beachAhí estaba, al fin, la playa. Sobre una infinita superficie pantanosa cientos de individuos de ambos sexos –incluso familias completas- y de todas las edades se exponían al sol en lo que consideré una curiosa forma de suicidio colectivo y en cuotas.  Kilómetros de piel ofrecidos a la acción homicida de la radiación ultravioleta. Aunque lo verdaderamente curioso era el conjunto de acciones que aquellas personas realizaban con expresión feliz y despreocupada lo que contradecía la observación más elemental y el sentido común.

1. Un cuarentón con severa obesidad abdominal y signos de atrofia muscular generalizada –lo que delataba una existencia sedentaria- simulaba jugar con su hijo a la paleta. Cada vez que uno de ellos arrojaba la pelota en dirección al otro, ráfagas violentas de viento huracanado la dirigían en dirección al mar. Alternativamente uno de ellos corría hasta recuperarla para recomenzar la acción. Una y otra vez lanzaban la pequeña pelota amarilla para que el azaroso viento definiera su curso e ir luego en su búsqueda hasta capturarla en una serie infinita. Lo extraordinario era que ambos parecían suponer que jugaban, que eran felices, que disfrutaban de una bucólica jornada de playa.

2. Una joven y bella mujer cuya edad la ubicaba en ese intervalo reproductivo en el que la vida las convierte en víctimas de la especie y las vuelve taciturnas y melancólicas, intentaba retener a sus dos pequeños niños en el interior de un corral improvisado con minúsculas sillas a modo de empalizada. Las criaturas saltaban las defensas y reptaban a gran velocidad en dirección al océano mientras manadas de perros salvajes los olfateaban, los lamían, les ladraban. La mujer corría en dirección a ellos y, al tiempo que espantaba a los perros con una toalla azul con dibujos de Bart Simpson, tomaba a los niños en brazos rescatándolos así de un seguro destino trágico. Agotada, emprendía el regreso a su improvisado campamento para que minutos más tarde una nueva aventura pusiera a su descendencia al borde del peligro más cruel. El que supongo era su marido, sentado a escasos metros del escenario de estos incidentes, leía la sección deportiva de Clarín y recibía o emitía mensajes en su bonita Blackberry indiferente a lo que amenazaba a su familia. Volví a sentir la antigua pena que las mujeres en esa edad me producen. Un dolor insoportable que me derrumba cada vez que advierto en sus ojos lo que al parecer nadie ve, incluso ellas mismas. Una tristeza profunda, la desazón de una diosa nacida para ser adorada cuando la ingrata vida la hunde en un subsuelo de papillas vomitivas y blandas deyecciones de neonato. No es justo. Es atroz que paguen el precio de su poder germinativo con años de esclavitud y penitencia encadenadas al trabajo de garantizar la supervivencia de sus inmaduras crías. El aura de amor e instinto maternal con que la sociedad rodea semejante oprobio no es más que otra estrategia para ocultar el más vil de los abusos. No lo merecen. Pero sólo yo lo sé.  Hubiese querido tomarla en mis brazos, besarle los párpados cansados y sus ojeras enormes. Tuve deseos de adorarla como a una esfinge y pedirle perdón en nombre de siglos de silencio cómplice. Pero, otra vez, no lo hice.

3. Una mujer de unos treinta y cinco años descansa sentada sobre una reposera. Está inmóvil y atenta a todo cuanto sucede a su alrededor. Viste un traje de baño entero de color negro y está cubierta desde la cintura por una especie de enorme pañuelo que llega hasta sus tobillos atado a su costado. Hay una mueca de angustia que tensa su boca y cierta mímica facial que le impide disimular la vergüenza estúpida que siente por su cuerpo. Es hermosa y gorda. Pero el enorme esfuerzo que hace por ocultarlo evita que la mujer sensual que hay en ella se deje ver. Nadie sabe lo que muestra cuando oculta. Quisiera decírselo. Invitarla a ponernos juntos de pié, quitarle la absurda sábana multicolor que la cubre y gritarle a la manada de “hombres marca” -atrapados en su patética versión del éxito-  que la rodean, que ese cuerpo avergonzado es una fuente de placer que ellos no imaginan y que la infame vergüenza que le han hecho sentir hoy se hace insulto y meneo salvaje de esas caderas portentosas.

4. Alrededor de una tarima pintada de rojo de no más de un metro y medio  de altura se reúne un grupo de jóvenes Bay Watch rodeados de salvavidas inflables y una vieja tabla de barrenar. Son hermosos e imbéciles en partes iguales. Se exhiben y disfrutan del espectáculo que ellos mismos actúan. Han entregado su vida al culto de sí mismos y se adoran como dioses entregados a la captura de las miradas ajenas.  Me dan lástima. Pero los ahogaría introduciendo sus cabezas huecas en un balde de mierda sin dudarlo un instante. Están inyectados de vanidad y de anabólicos. Las sustancias les dibujan los músculos mientras les comen los testículos. No saben que se han condenado al ridículo más extremo ni que pagaran el precio de la muerte del deseo y la inhabilidad sexual. Copulan con los espejos y se miran sobre la superficie líquida del agua para encontrar esos otros ojos que ya han perdido para siempre. Pobrecitos.

5. Sobre una superficie rectangular marcada en la playa, cuatro hombres lanzan alternativamente unos discos de madera que vuelan por el aire y se deslizan sobre la arena húmeda hasta detenerse. Después escrutan las posiciones con ojos de juez mientras se frotan el mentón como dándole cuerda a sus cerebros en busca de algún detalle que se me escapa para determinar cuál de aquellos discos resultó el ganador.  Luego la secuencia vuelve a comenzar. El juego parece apasionante. Basta escuchar los acalorados gritos de los jugadores disputando un fallo o las caras de sus robustas mujeres sentadas en semicírculo alrededor del campo de juego que reproducen exactamente el afiebrado rostro de una vaca mirando pasar el tren.

Manadas de niños de todas las edades, erráticas pelotas sin dueño, joggers aislados del ambiente con sus MP3 al palo, señoras que corren detrás de sombrillas arrastradas por el viento con la velocidad de misiles tierra-tierra, perros, fragmentos de cadáveres de pez, aéreos huevos de moluscos, gaviotas en vuelo rasante defecando con una precisión quirúrgica, barriletes sin control y varios ejemplares de la difundida subespecie “pelotudo pero ocupadísimo” intentando hacer pantalla con la mano para que el rugido del viento no interfiera en su conversación a través del  celular, circulan en todas direcciones sin rumbo aparente entre las dunas y el océano. En esa franja inestable y estrecha donde alguien les indicó que debían ser felices. Y suponen que lo logran,  contra toda lógica, contra todo juicio sensato, contra la violencia de la geografía.  En este desafortunado escenario, un puñado de seres ajenos y embrutecidos por el éxito creen que cumplen con ese mandato imposible.

Besos y abrazo cautivos;
D.F.