Crónica de un secuestro VI

Aquaman-Posters

“El extraño caso del hombre espuma”

Aquaman-PostersAnoche mis captores comenzaron a realizar movimientos que sugerían un traslado. Bolsos, valijas, ropa sucia, restos de alimentos no consumidos, caracoles y libros se acumularon sobre la mesa con el propósito aparente de armar el equipaje. Yo continué imperturbable escribiendo mis crónicas hasta que en un momento la jefa me amenazó con una cámara fotográfica. Ella conoce mi terrible “fotofobia” pero la ignora y se empeña en actuar como si no existiera. La considera un tema menor que no interfiere con su pulsión de cazadora de imágenes. Ingenua, piensa que lo que atrapa es un instante haciéndolo perdurar para siempre. Sueña con sustraer momentos a la implacable acción de ese serial killer que es el tiempo. Tuve la impresión de que si permitía que concrete su acción podría emplearla como prueba de vida para solicitar rescate por mi secuestro. Aunque lo descarté de inmediato. No es tan poco sagaz como para no saber que nadie pagaría un peso por mi supervivencia. Debí confesarme una vez más que no despierto afectos mayúsculos ni locas pasiones. La gente me tolera, pero no me ama. Saberlo es inevitable, es una verdad evidente y una consecuencia lógica de lo que soy. Nada hay en mí nada que merezca sentimientos más profundos. Debo admitirlo. Aún así, fiel a mi horror a verme atrapado en una foto, me opuse como pude a esa forma de asesinato.

Esa noche la líder me mandó a la cama más temprano que de costumbre. Antes me sirvió una generosa ración de alimento y me intimó a cambiar mi clásica ducha nocturna por un baño de inmersión en una sopa de espuma agitada por gruesos chorros laterales en la extraña bañera con que contaba el aguantadero. Resistí todo lo posible pero más tarde debí rendirme al imperativo tono de esa mujer.  Me desnudé. Permanecí durante largos minutos observando ese cubículo saturado de espuma blanca en permanente estado de agitación. El sonido era atemorizante. Las ocultas fauces de la bañera hacían gargarismos en un tono amenazador. Las burbujas crecían como una montaña en permanente transformación. Absorto con el espectáculo, y sin saber qué se esperaba de mí, no había percibido que la líder permanecía a mis espaldas. Erguida como un soldado, con los brazos cruzados sobre el abdomen y una mirada acusatoria.

–          ¿Y, qué esperas? ¿O voy a tener que empujarte como a un bebé?

No supe que responderle. Introduje con timidez un pié en aquel brebaje hirviente pero lo retiré de inmediato con movimientos torpes y urgentes. La miré a los ojos con determinación.

–No pienso hacerlo. Huele a puta y quema como agua del infierno.

Ni siquiera me respondió. Apoyó la palma de su mano sobre mi espalda y aplicó una leve pero sostenida presión en dirección a la bañera. Junté valor. Me paré sobre ambos pies en su interior y  quedé paralizado. Entonces la presión de su mano se trasladó a mi hombro y ejerció una fuerza descendente que me sentó primero y me acostó después hundiéndome en aquellas miasmas perfumadas.

-Mañana vas a conducir muchas  horas así que ahora tenés que relajarte y dormir bien. No te quiero ver afuera hasta dentro de 20 minutos.

Sin más comentarios salió cerrando la puerta tras de sí.

Lo que siguió resultó un tormento inenarrable. Las caóticas corrientes subacuáticas golpeaban con violencia sobre mi cuerpo. Al mismo tiempo la suma del efecto Arquímedes más el continuo flujo de agua hacía crecer la masa espumosa hasta desbordar el recipiente. Mis genitales comenzaron un loco movimiento helicoidal alrededor de su propio eje como movidos por la fuerza vengativa de algún espíritu maligno. Temí que si ese continuo girar se aceleraba todo mi cuerpo podría levantarse en el aire como un helicóptero humano propulsado por el movimiento centrífugo de su maltrecha masculinidad. Entendí que era un castigo. Que lo merecía. Pedí perdón y me arrepentí de tantos abusos que ya ni podía recordar. Hice promesas vanas y penitencias falsas. Pero no sirvieron de nada. La espuma se extendía por el piso invadiéndolo todo. Se escabulló por debajo de la puerta alcanzando el pasillo exterior. Allí uno de los delincuentes juveniles registró el fenómeno y asomó su cabeza.

-A tu derecha hay un botón, apretalo. Luego cerrás la canilla y así evitarás ahogarte en la bañera.

Quise decirle gracias pero una lluvia de burbujas minúsculas salió de mi boca y tosí reiteradamente con el que las burbujas aumentaron de tamaño, adquirieron gran velocidad y estallaban a pocos centímetros de mi cara como fuegos de artificio. A duras penas logré seguir las instrucciones con lo que todo entró en una fase de calma chicha.

–          ¡Bien Popeye! ¿Te imaginás si morías en esa circunstancia? ¿Cómo le explico a los del noticiero que semejante marmota se ahogó en un baño de espuma?

Una vez recobrado cierto equilibrio me puse de pié. Me vi reflejado en el espejo y sentí que me había convertido en un nuevo superhéroe: “El hombre espuma”, pero no pude determina qué clase de superpoderes podría tener. Estaba cubierto de una gruesa capa blanca que me vestía con un extraño disfraz. Intenté quitármela pero sólo conseguí que pase desde una parte de mi cuerpo a mis manos que se agitaban furiosamente sin lograr desprenderla. Busqué el tapón de la bañera y tiré de él con todas mis fuerzas. Imposible. La suma de la presión de la masa líquida más la facilidad con que mis dedos se resbalaban hicieron de aquella operación un fracaso. Estaba aturdido, confuso y sin un plan de acción concreto. Me resistía a pedir ayuda externa en circunstancias tan desfavorables para mi imagen pública. Finalmente, ya con mis últimas fuerzas, el tapón cedió y el agua comenzó a escurrirse por el maldito agujero. Ahora necesitaba darme una auténtica ducha para sacarme los hectolitros de esa baba que me cubría por entero. Mientras lo hacía, el menor de los cacos se apiadó de mí. Ingresó al baño provisto de un secador y un trapo y comenzó con la ardua tarea de achicar el agua luego de aquel espumoso naufragio.

-Mejor que limpiemos esto antes de que la vieja lo vea. ¿No te parece “Acuaman”?

Besos y abrazo cautivos;
D.F.