Crónica de un secuestro VII

Volver, con la frente marchita

Esta mañana todos madrugamos. El desayuno se concretó en un silencio sepulcral apenas roto por los periódicos cabezazos contra la ventana que pegaba el mayor de los bandidos cada vez que se quedaba dormido con la taza en la mano y un fragmento de alguna de las ocho o nueve medias lunas que ingería en cada ocasión asomando por la boca. Antes de partir se me hizo entrega de dos CD con música para que me entretenga durante el viaje destacando el íntimo conocimiento que la banda tiene de mis preferencias: “Último Bondi a Finisterre” de Los Redondos y “Ten New Songs” de Leonard Cohen. Mientras se acomodaban en el auto, cada uno me fue haciendo sus promesas de acompañamiento, conversaciones y estímulo para que el trayecto me resulte menos agobiante.

-Traje algunos apuntes de la facultad que quiero comentar con vos. Dale, los charlamos  tranquilos y me das tu opinión.

– Yo tengo la Claringrilla y te voy poniendo la música que quieras escuchar.

– Y yo te traje un termo con café y pan dulce sin frutas abrillantadas, como te gusta a vos.

La solidaridad estuvo a punto de quebrarme. Per apenas transcurridos 15 minutos de viaje la realidad confirmó mis peores sospechas. En el asiento posterior los dos precoces delincuentes dormían el más profundo de los sueños. Uno de ellos, con la cabeza derrumbada sobre el la ventanilla y la boca semiabierta, dejaba escapar por la comisura de sus labios una línea de espesa baba que dibujaba un sinuoso trayecto sobre el vidrio. El otro había abandonado su cabeza hacia atrás con la atonía de un degollado. Las piernas enormes abiertas en 120º mientras con ambas manos rascaba automáticamente sus genitales. La líder salió por un momento de su estado de sopor para darse vuelta atraída por el sonido de frotación del menor de sus hijos. Lo observó, compuso su mejor cara de madre desolada y dijo:

–          Aaay mi amor, ¿te pica? ¡Pobrecito!

Desde ya que nadie la escuchó, excepto yo. Pensé en abofetearla. Sólo el miedo que siempre le he tenido retuvo el salvaje revés de mi derecha. Minutos más tarde también ella dormía profundamente. Respiraba con lentitud emitiendo un sonido grave como el arrullo de un palomo.

La ruta estaba cargada de autos en dirección contraria. Multitudes que iban hacia el lugar del que yo regresaba. Me compadecí de ellos. Pero inmediatamente comprendí que ellos se estarían compadeciendo de mí. Es todo tan extraño visto desde mi propia cabeza. Me resulta tan difícil compartir puntos de vista con los demás. Si la “normalidad” fuese una cuestión que la estadística pudiera definir –lo que no creo- sería evidente que algo no funciona bien en mí. Pero me resisto a la imposición hegemónica de las maneras de gozar de la vida. No significan nada para mí. No me molesta en absoluto que la gente las adopte, pero no estoy dispuesto a permitir que se me impongan. Claro, a menos que sea por la fuerza y mediante la violencia de un secuestro como en esta oportunidad. Mientras todos dormían pude recuperar la soledad y el silencio por algunos instantes. Ya no me pregunto demasiadas cosas. Ya no intento adaptarme más que a mi propia diferencia. Así, inertes y alados por un sueño profundo, pude comprenderlos. Se resignan a mis incapacidades. Tampoco ellos ya les buscan explicaciones verdaderas y asumen cualquiera, no importa cual, mientras los provean de argumentos y justificaciones. En ocasiones –como ésta- los supera la voluntad de la corriente e intentan hacerme feliz a la fuerza. No entienden que la felicidad no depende tanto de lo que hagas sino de la opinión que tengas sobre ello.

En más de una ocasión debí disminuir la velocidad y hasta ubicar medio auto sobre la banquina para dar paso a quienes circulaban por la mano contraria ganando minutos para sus vacaciones aunque ello los acercara más a la muerte que a las playas. En una de esas circunstancias la líder se despertó sobresaltada. Cuando tuvo frente a sí al conductor del vehículo invasor le hizo señas con su mano oponiendo los dedos pulgar e índice a unos dos o tres centímetros uno del otro. Cada vez que ocurría algo semejante –y fueron varias veces- repetía el mismo gesto agitando su mano enfáticamente sobre el parabrisas.

– ¿Qué hacés? ¿Qué significa esa seña?

– ¿No te das cuenta? Esos idiotas creen que son más machos haciendo lo que hacen.

– ¿Sí?

– Claro. Entonces yo les hago así para que entiendan que me refiero a la longitud de su pito. ¿Ves boludo tenés que arriesgar la vida de tu familia y de la mía porque tenés un pitito así de chiquito? Es lo peor que se les puede decir.

Es una fiera agresiva cuando entiende que algo pone en peligro a su clan. No quisiera enfrentarla en circunstancias como ésas. Su lógica es implacable y su potencia no tiene límites. Se enciende como una mecha y desata sus instintos de hembra y su ferocidad de madre. Nos defiende no sólo de los demás sino –y muy especialmente- de nosotros mismos. Estamos cubiertos y protegidos, pero a su merced.  Es un extraño animal. No es que pueda percibir las necesidades del otro. Es ella quien las percibe en su propio cuerpo. Como si fuesen sus brazos o sus piernas. Sus límites no son los de su piel sino los de la piel de todos cuantos ella considera que la constituyen. No lee lo que le sucede a los demás, le ocurre a ella misma.

–          Abrigate que tenés frío.

–          Te preparé un sándwich porque tenés hambre.

–          Acá tenés una aspirina porque te duele la cabeza.

–          Esta semana vas a hacer dieta porque tenés acidez.

–          Bueno, vamos que estás aburrido.

–          Te pedí turno con el dentista porque tenés mucha sensibilidad al frío.

–          Dejá de imaginar asquerosidades con esa morocha y comé que esto es un restaurant y no un prostíbulo.

–          Gracias, yo también te quiero, no hace falta que lo digas.

Es sorprendente. Maravilloso y aterrador. Todos estamos en su interior. Nos ha devorado. Estamos atrapados por esa exquisita habilidad para sabernos. He pensado que podrían ser sus tetas. Dos antenas ultrasensibles que monitorean como radares lo que sucede dentro de su territorio sin que nada pueda escapar a su área de vigilancia. Con ella es imposible el secreto pero también la discreción o la clandestinidad. Se lo he preguntado pero ni siquiera lo considera una cuestión digna de ser pensada. Para ella es algo completamente natural y, por lo tanto, no requiere de ninguna explicación. Mientras la edad se me echa encima como una penitencia y me desnuda la impostura de casi todas las cosas, ella mantiene una risa que no pide motivos para soltarse y una alegría infinita y sin fundamentos. He pensado en matarla pero comprendí muy rápido que sería un suicidio. No podría sobrevivirla. Guarda en su cofre secreto la clave mi existencia. Con ella no soy casi nada, pero sin ella sería aún menos.

Vuelvo. Ya puedo sentir el estrépito de la ciudad y la saludable neurosis que la habita. Comienzo a sentirme en casa. Respiro profundo para saborear el humo de los camiones y los deliciosos venenos del Dock. Ahora adivino las sombras furtivas de los tramposos y la triste agonía de los honestos. Así, saturada de mierda y de mentiras, esta ciudad es mía. Aquí puedo sufrir sin sentirme extranjero y padecerla sin echárselo en cara. En esta jaula siniestra las personas se ríen de mis sueños y me permiten odiarlos sin ofenderse. Ya nadie siente nada. Están todos dormidos, anestesiados por la absurda idea del éxito que una jauría de hijos de puta les meten, como un infame supositorio, cada día por el culo.

Besos y abrazo cautivos;
D.F.