Crónica de una muerte anunciada

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Noticias de ayer o la imposibilidad de comunicar lo que ya se sabe.

cadera_fract60“La palabra del hombre es hija de la muerte, hablamos porque somos mortales” Octavio Paz

Mientras caminaba por los pasillos del hospital ensayaba en voz baja lo que le iba a decir. Las inflexiones de la voz. Las pausas que permitieran que lo dicho fuera procesado. Los gestos. Las manos quietas, la mirada directa a sus ojos. El volumen debía resultar suficiente como para que me comprendiera sin lugar a dudas pero tan discreto como para que la conversación mantuviera la privacidad indispensable. Las manos me sudaban. Me detuve en la puerta de la sala de mujeres. Tomé aire, tosí. Me miré los zapatos y los refregué sobre el pantalón. Primero el izquierdo sobre el dorso de la pierna derecha, luego al revés. Pensé que ella podría estar dormida. En ese caso no iba a molestarla hasta más tarde. Puede ser que eso fuera lo que estaba queriendo. Sí, postergar lo que tenía que hacer. Encontrar una excusa que me libere de lo que parecía inevitable. Abrí la puerta. La luz del fin de la tarde se apagaba. Manuela me vio llegar a través del vidrio del office de enfermería. Estaba seguro de que yo tenía una expresión neutra, equilibrada. Pero su mirada me reveló que esos pocos segundos habían resultado suficientes para que ella advirtiera lo que venía a hacer. Frunció los labios y elevó las comisuras. Movió la cabeza negando. Manuela podía leer los signos más sutiles en las personas sin necesidad de explicaciones. La sala tenía dos filas de quince camas distribuidas a lo largo, unos veinte metros. En el centro un par de escritorios de madera repletos de papeles desordenados. Sobre un soporte instalado en la pared a gran altura, había un televisor pequeño que mostraba escenas de un documental sobre ballenas. Pensé que nadie podría ver nada en una pantalla tan reducida y a tanta distancia. Una mujer anciana y esquelética tejía con una sola aguja sentada sobre la cama. Movía las manos con tanta precisión que contrastaba con su aspecto. Tuve la impresión de que las manos pertenecían a una persona y el cuerpo a otra. No miraba lo que hacía, movía los dedos automáticamente mientras el hilo abandonaba un ovillo blanco que se movía a los saltos como una marioneta sobre el piso. Recorrí con la mirada cada cama desde el umbral de la puerta. La encontré. Adela miraba el techo y balanceaba su brazo colgando a pocos centímetros del piso. La pierna derecha, estirada y suspendida en el aire por una férula, elevaba las sábanas formando una especie de carpa sobre el colchón. Busqué una silla pero todas estaban rotas. Me senté sobre el borde la cama. Olía a colonia de baño. Frutal, tal vez limón. Un aroma de verano. Miraba al techo. Tenía los cabellos largos y blancos atados con un rodete sobre la nuca. Por delante el peinado era riguroso y tenso. La frente estaba despejada lo que agrandaba sus ojos. Me palmeó las rodillas y sonrió al verme. Le ofrecí una pastilla de eucalipto ya que me había contado que le gustaban la noche anterior cuando ingresó al hospital. Las había comprado minutos antes de tomar la decisión de ir a verla.

– Adela, ¿podemos hablar? tengo que decirle algo

– Creo que va a ser la primera noche que paso fuera de mi casa en los últimos dieciocho años doctor. 

– Adela…

– Nunca, ni una sola vez lo dejé solo. No hubo vacaciones, ni visitas al pueblo de mis padres, nada durante todos estos años.

– Adela, es algo muy serio.

– Después de todo una se va acostumbrando. Al principio me parecía que no iba a poder, que era imposible, pero ya ve, pude.

– Necesito que me escuche Adela.

– Lo que más extrañé fue a mis hermanas. Durante los primeros meses me visitaron una o dos veces, pero después…

– Adela…

– Creo que ya le conté como han sido las cosas ¿no? ¿o es que ya se ha olvidado doctor?

– Sí, me contó y lo recuerdo perfectamente. Pero ahora…

Adela hablaba como si nuestra conversación viniera desde tiempo atrás sin interrupciones. Me registraba, me veía, pero no me escuchaba. Nada de lo que yo hiciera parecía interrumpir el fluir de sus recuerdos. Comencé a sentirme más incómodo de lo que preveía. Pensé que apenas me salía de las radiografías de su cadera, de los medios de fijación ósea, de los calmantes, me topaba con la densa historia de esa mujer y que no sabía qué hacer con eso. Me pregunté si era necesario correrme del refugio de lo estrictamente profesional. Si aquello resultaba una verdadera necesidad, entonces, ¿por qué nadie me había preparado para hacerlo?

– Adela, necesito decirle algo. En otro momento conversamos de lo que usted quiera. Pero ahora…

– Esa tarde doctorcito, la recuerdo tanto. Podría contarle cada detalle. La ropa que tenía puesta, la expresión de la cara, las miradas entre Pedro y yo cuando el pibe salió a la calle tan confundido. “Andá, salí, hay algo para vos en la vereda, un regalo de tus viejos”. Caminó despacio, desconfiando, desorientado. “Dale, dale, no seas cabezón” le decía el padre. Y fue doctor, fue sin imaginar lo que iba a encontrar en la puerta. Había soñado tanto con esa moto. El Pedro trabajó los fines de semana durante todo un año para juntar peso sobre peso. Había terminado el secundario doctor, era tan buen alumno, si hasta trabajaba en un quiosco cuando salía del colegio. Nunca nos pidió nada. No hacía más que agradecernos lo poquito que le habíamos podido dar. Pero el Pedro insistía: “el pibe se lo merece Adela, se lo merece”. Y se la compró doctor, estaba más feliz que el chico. Nunca lo había visto así, se lo juro.

– Adela, me parece que no me ha entendido. Tenemos que hablar de algo muy serio, si usted me permite… 

– Lo miramos a través de la ventana doctor. Los dos abrazados, no lo podíamos creer. Pero él doctorcito, él acarició la moto así, con la palma de la mano abierta. Suavecito, como si recorriera la piel de un bebé o un cristal muy delicado. A cada momento se daba vuelta y nos miraba por la ventana del comedor. No sabía qué hacer, qué decir. Entró. Nos abrazó a los dos con esos brazos largos y poderosos. Apoyó su cabeza sobre mi hombro. Lloró doctorcito, lloró como cuando era un chico. Así, con mocos y con ruido. Con sacudidas y lágrimas. Y nos apretaba, nos apretaba tanto que creí que me rompería los huesos. Pero no dije nada, disfruté cada segundo de ese apretón brutal que nos daba el pibe. Si hasta hematomas me salieron al día siguiente, unos manchones negros aquí sobre los brazos. El Pedro se soltó, le dio un beso en la cabeza y se fue al baño. Yo sé que él también se fue a llorar. A solas, aguantando las ganas de gritarle cuanto lo quería y lo feliz que estaba de haber podido cumplirle un sueño, aunque más no fuera uno sólo de sus sueños. Porque el pibe soñaba despierto doctorcito. Se ponía serio, fijaba la mirada en el techo y se quedaba en silencio. El Pedro y yo nos mirábamos y comprendíamos que soñaba con todas esas cosas… Con un futuro que ambos sabíamos que no podríamos darle.

Hizo un silencio breve pero cargado, tenso. Los ojos se le llenaron de lágrimas pero no las soltaba, las retenía con voluntad y decisión. Yo no podía hablar. Pero hablé. Le tomé la mano y se la apreté muy fuerte. Tuve conciencia de lo inútil que estaba siendo.

– Adela, me tiene que escuchar. Ahora tengo que decirle algo y más tarde me cuenta esa historia otra vez. Mire Adela ha ocurrido …

– Sabe, fue en el primer viaje, el primero. Se bañó, se puso la mejor ropa. Cuando subió a la moto nos volvió a mirar por la ventana y yo le hice señas de que se subiera el cierre de la campera, hacía frío, estaba anocheciendo. Salió. Con el Pedro nos quedamos escuchando el ruido de la moto hasta que desapareció. No nos dijimos nada. Casi nunca nos decíamos nada. No nos hacía falta ¿vió?.

Era imposible. Nada de lo que hiciera permitía que yo hablase más de dos o tres palabras seguidas. Manuela percibía todo lo que ocurría en aquella sala como si fuese su exclusivo territorio. Le acercó una taza de té. Escurrió el saquito apretándolo con el hilo contra la cuchara hasta que vació todo su residuo líquido dentro de la taza. Conocía ese gesto y siempre me había resultado inquietante. Estaba seguro de que sólo podían hacerlo las mujeres. Ese mínimo acto que delataba la capacidad de anticiparse a las manchas que el té, chorreando desde el saquito, podría ocasionar sobre el piso o sobre las sábanas. Una actitud inteligente, previsora y delicada que un hombre no sería capaz de realizar jamás. Adela tomó la taza y le dedicó una breve mirada a Manuela. Lo suficiente como para que comprendiera que lo agradecía pero sin dejar de hablar.

-No serían ni las nueve de la noche doctorcito. El Pedro aún miraba las noticias en la televisión. Tocaron la puerta. Raro ¿vió? Un sonido extraño, malo, muy malo. Tuve un presagio primero. Luego estuve segura de que se trataba de malas noticias. Nos miramos pero no nos dijimos nada. Abrimos. Creo que para entonces ambos sabíamos que la vida se nos había terminado en ese momento.

Yo conocía la historia en todos sus detalles. Adela me la había contado varias veces desde esa noche en que había ingresado al hospital con su fractura de cadera. Pero aún así, en cada nueva ocasión, volvía a sentir el estremecimiento de la primera vez. 

– Adela, ahora me tiene que escuchar. No podemos seguir hablando de esa historia. Tengo algo mucho más urgente que decirle…

– El policía era gordo. Sí, muy gordo y muy feo doctor. Una especie de mono con uniforme y una cara redonda que era ridícula. Me lo dijo así nomás. Como si se tratara de una noticia cualquiera. Rapidito y sin pausas. Yo no quería escucharlo, pero ya lo había dicho. Luego nos dejó un papelito sucio y arrugado con el teléfono y la dirección de la comisaría y se fue. Así, sin saludar. Ni una palabra doctorcito. Un mono era ese hombre. Un verdadero animal. El Pedro tampoco habló. Me tomó del brazo y me apretó como si fuese a derrumbarse. No me sostenía a mí. Él se sostenía de mí. Lo acompañé al sillón y lo acosté. Tuve miedo de que se cayera al piso. Lo abracé. Lloré. Le pedí que llore también pero no lo hizo. Nunca lo hizo doctor.

No supe qué hacer. ¡Puta madre! Nunca sé qué hacer. Le acaricié la cabeza y le acomodé la almohada. Pero ella ni se daba cuenta. Estaba excitada, eufórica. No podía detenerse en ese relato que avanzaba a toda velocidad y cuyo fin yo ya conocía de memoria. La taza de té se enfriaba sobre la mesita de luz. Cuando me disponía a hablar nuevamente, Manuela puso su mano sobre mi hombro y me apretó con fuerza, como una advertencia. Entonces dejé que Adela hable. Entendí por fin lo que estaba ocurriendo y opté por un saludable silencio.

– Cuando volvimos del cementerio llovía. Cerré la puerta y preparé unos mates. El Pedro estaba sentado junto a la ventana y miraba hacia la vereda. Supe que lon veía al pibe doctor. Que miraba como nos saludaba y se subía a la moto. Que todavía escuchaba el ruido del motor perdiéndose en la tarde. Tuve miedo. No sólo el dolor terrible por lo que había ocurrido sino el presentimiento de lo que iba a suceder. Me miró. “Sentate”, me dijo. Me senté y nos miramos de frente. “Mirá Adela, al pibe lo maté yo ¿sabés?.  Tomalo con calma pero quiero que sepas que ahora me voy a matar. No voy a decírtelo otra vez, pero es un hecho. No lo dudes.” Y no lo dudé doctorcito. Yo sabía cuando el Pedro tomaba una decisión y cuando no.

Miré por la ventana. Ya era de noche. Imaginé que allí afuera todo seguía igual. Que el curso de los acontecimientos no se vería alterado por lo que yo estaba viviendo en esos minutos. Recordé el horror que sentí la primera vez que asistí como médico a un accidente en la ruta. Había dos muertos carbonizados dentro del auto. Uno era un chico, el otro, tal vez, su madre. Pero lo más curioso, lo que hasta ahora me producía escalofríos en el recuerdo, era que sólo tuve la dimensión de lo siniestro a través del sonido de la radio del auto que aún funcionaba y desde la que una voz, ajena a todo lo que allí ocurría, decía que a la mañana siguiente se esperaban niebla y un marcado descenso de la temperatura. Es insólito, pero ese detalle fue lo más espantoso que mi memoria ha guardado de ese momento. La constatación de que el curso implacable de las cosas no se detenía jamás. De que la muerte era un asunto privado, individual y que el mundo era un territorio extranjero a las tragedias privadas. Que, ante la muerte y el dolor, siempre estamos solos y desamparados.  Tomé un fierro desprendido del auto. Lo introduje por la ventana y le pegué a la radio hasta que saltaron pedazos y, por fin, esa voz imbécil que anunciaba un futuro inmediato a quienes ya no tendrían ninguno se calló por completo. Algo así sentía esa tarde mientras miraba por la ventana del hospital.

– No nos dijimos nada más. Sólo esas pocas palabras y después un silencio que ya lleva dieciocho años doctorcito. Desde ese momento supe que no tenía que dejarlo solo ni por un minuto. Y no lo dejé. Le daba de comer, lo bañaba, lo dormía, lo llevaba a cobrar la jubilación y a hacer las compras. Lo sentaba a mi lado mientras cocinaba o cuando limpiaba la casa. Lo afeitaba y lo vestía los domingos y nos sentábamos en la vereda a ver pasar los autos y las familias del barrio. A veces yo conversaba con el hombre de la casa de al lado que siempre se preocupó por nosotros como si fuese un hijo. En Navidad yo armaba una mesa en el patio y nos sentábamos los dos solos. Cuando llegaban las doce de la noche le tomaba su brazo, le ponía al Pedro una copa en la mano y lo obligaba a brindar conmigo. Entonces yo le pedía a Dios que no me lo quite doctor. Que no le cobre esa deuda que no era justa, o que nos lleve a los dos. La silla vacía del pibe estuvo siempre en la mesa. En cada Navidad y en cada cena. En todos los cumpleaños que celebramos solitos en la mesa del patio. Nunca, nunca lo dejé solo porque sabía lo que iba a suceder. No tenía dudas. No importaba cuanto tiempo pasara, eso iba ocurrir si yo me distraía. Por eso, cuando me caí de la escalera y sentí el crujido horrible de mis huesos, lo agarré fuerte de la mano y lo obligué a que me arrastre hasta la cama. No lo quería soltar. Nos quedamos así agarrados toda lo noche. Me moría de dolor pero no dije nada.

Manuela lloraba. El carro de la comida se arrastraba por el pasillo. Una mucama distribuía las bandejas a cada paciente. Un repugnante olor a sopa de zapallo y a pollo me hizo sentir náuseas. Tuve la sensación de que traía noticias viejas. De que, otra vez, era un emisario inútil que le decía a las personas lo que ya sabían pero no querían escuchar.

– Vimos salir el sol. Luego los sonidos de los vecinos que se levantaban. Más tarde el timbre, muchas veces. El teléfono. Otra vez el timbre. Pero no atendimos. Más tarde los golpes en la puerta de chapa. Un estruendo de patadas y luego la cara del señor de la casa de al lado, despeinado y muerto de miedo que entraba en la habitación. Después, usted ya sabe doctorcito, la ambulancia, la enfermera y el chofer arrancándome de al lado del Pedro que no decía una palabra. Grité que no me lleven, que me dejen allí, que era importante, que no podía irme de casa. Y más tarde usted, el quirófano, la anestesia, esta pierna muerta colgando de unos fierros. Toda la tarde doctor, toda la tarde estuve esperando que usted llegue. Que se siente aquí mismo sobre mi cama con esa cara de susto. Que no sepa con qué palabras decírmelo. Que le tiemblen las manos y no encuentre qué hacer con ellas. Que piense: ¿quién me manda a hacer este trabajo? Que, por fin, se decida y me diga: “Adela, tengo que darle una mala noticia…esta tarde, a Pedro, su esposo, lo encontraron muerto, colgado de una soga en el baño de su casa”.

Daniel Flichtentrei