The day after

diadespues

Esta mañana es mía. Desierta, húmeda y oscura. Camino entre botellas rotas y pólvora mojada. Sopla el silencio por las calles. Es un viento alcohólico acariciando a la ciudad dormida. Los perros se hacen un festín en cada puerta. Hay uno o dos borrachos tirados en todas las esquinas. Orinados y ausentes montan guardia sobre un territorio arrasado. Escucho el zumbido del sueño. Son unos soplidos ebrios saliendo desde bocas ardientes. Hay lagunas de agua turbia en las veredas. Flotan bolsas de papel, cajas de pan dulce, envases de cerveza, cajitas de tres tiros y forros arrugados. Barcos a la deriva de una flota que ha perdido la batalla.

Una adolescente asoma la cabeza desde una Audi 3 y vomita sobre la avenida Rivadavia. Es blanca y azul como un océano. Tiene los ojos redondos y los párpados cansados. Quiere estar con su mamá. El tipo que la acompaña duerme recostado sobre el volante como si no pasara nada. La chica lo mira y putea. Leo sus labios transparentes pronunciando cada letra como si fuera una plegaria. Enciende un cigarrillo. Me mira. Se desata un chaparrón furioso y caliente. Caen gotas enormes, oblicuas. Se estrellan contra el piso como bombas líquidas. Levanto la cabeza y abro la boca hasta el borde de la asfixia. Escupo un chorro largo y turbulento de agua tibia. Ella se ríe. Se siente mal. Es bellísima. Está asustada y desguarnecida. Quisiera abrazarla. Protegerla como un padre lascivo y degenerado.

Arranco en dirección al hospital. Cruzo las vías sin trenes. Hay una ambulancia con la luz roja giratoria encendida. El chofer duerme. Ronca y le tiembla la panza con cada inspiración. Una madre joven le da el pecho a su bebé sentada sobre uno de los pilares de acceso a la guardia. Le faltan los incisivos superiores. Tiene un pie descalzo y el otro dentro una sandalia verde con las tiras rotas. Adentro alguien grita y alguien llora. Suena el estampido de un portazo.

Avanzo en dirección a la estación de Haedo. Voy haciendo equilibrio sobre el cordón como cuando iba a la escuela. Primero un pie y después el otro sin perder la línea recta. Soy un jinete solitario. Me adueño de un planeta abandonado. Adivino el resplandor de los fuegos de artificio subiendo sobre el cielo negro. Si afino el oído todavía puedo escuchar a través de las ventanas los gemidos del sexo trasnochado. Me siento tan bien. Es éste el mundo que yo quiero. Desierto, comatoso, abandonado. Cuando la vida se retira los muertitos salimos de paseo.