Un disparo en la noche

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Dobló la esquina con paso apurado. Unos metros más adelante se dio vuelta para asegurase de que nadie la seguía. Se levantó el cuello de la campera. Se acomodó los anteojos negros. Metió la mano en el bolsillo. Sintió el metal helado de la empuñadura y el contorno circular del caño. Tocó timbre. Esperó sin dejar de mirar hacia la calle. La voz le pareció irreconocible cubierta por un ruido de fritura. – ¿Sos vos? Se acercó al portero eléctrico en puntas de pie. –Sí, soy yo. La chicharra primero y el portazo después sonaron con más intensidad de lo que hubiese querido. Se arregló el cabello mirándose en el espejo del ascensor. Se pasó la lengua por los labios. Él la esperaba con la puerta abierta y una botella de cerveza Corona entre los dedos. Tenía puesto un pijama azul con rayas blancas con el saco desabrochado. Ella se paró en medio de la sala con ambas manos en los bolsillos. Sus ojos recorrieron palmo a plamo cada rincón. Primero de derecha a izquierda y después en sentido contrario. Había una camiseta del Barcelona firmada por el equipo campeón de la Champions League 2010 colgada sobre la pared.

-¿Dónde está?
– Te dije que no volvería a suceder. Olvidate.
– ¿Dónde está? No te lo voy a preguntar otra vez.

Él bajó los brazos con un gesto de resignación. Abrió las puertas del placard. Corrió las perchas con ropa colgada. Apareció una notebook VAIO serie “Y” todavía encendida apoyada sobre la madera del gabinete de  los zapatos. Se veía un muro de Facebook con textos breves y una foto de Xavi e Iniesta abrazando a Messi que estaba de espaldas con el número diez en primer plano. Ella sacó una Magnum .357 con cachas de nácar. Apuntó a la cabeza del ídolo. El tipo se tiró en palomita detrás del sofá. Disparó un proyectil que recorrió -a una velocidad de 400 metros por segundo- los escasos tres pasos que la separaban de la pantalla. La explosión produjo un estruendo que se fue transformando en una vibración de todo el ambiente. Los pedacitos del monitor volaron hasta estrellarse contra el techo. La letra “E” del teclado describió una parábola en el aire y cayó a sus pies. Los vidrios del ventanal del balcón se desmoronaron en fragmentos minúsculos sobre la alfombra. Un perro ladró en el departamento de al lado.

-Ahora sí-. Dijo satisfecha.

Guardó la pistola en el bolsillo. Se quitó la ropa hasta quedar desnuda. Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse. Le desabrochó el pantalón que se deslizó hasta sus rodillas. Sintió el temblor que aún persistía en su lengua cuando él empezaba a lamerle los pezones.