El Chiri

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Yo también viví la desgracia de aquellos días. Tengo muchos recuerdos. Todos horribles. Caras de muertos que todavía me visitan en sueños. El ruido de los fusilamientos en la madrugada que un grupo de muchachos escuchábamos aterrorizados en una pensión de estudiantes en La Plata. El estruendo de patadas sobre el portón de chapa de la casa del Chiri, nuestro vecino, que nos despertó a las cinco de la mañana. Los motores de los camiones en marcha. Los gritos, las puteadas, los vidrios rompiéndose a culatazos. Los milicos sacándolo de los pelos y cagándolo a trompadas. Nosotros espiábamos a través de la ventana. Los tipos se robaron todos lo que tenía algún valor. Quemaron los libros en la vereda dejando una montaña de cenizas humeantes que se mantuvo encendida durante horas. Un sargento gordo nos gritó: “¿Qué miran manga de pelotudos?”, y disparó una ráfaga de ametralladora que nos mandó debajo de la cama a temblar hasta que escuchamos que se iban. La voz de su madre atendiéndome una llamada al día siguiente. “Señora disculpe, usted no me conoce, vivo al lado de la casa de su hijo. El Chiri señora, el Chiri está muerto. Lo encontraron en el bosque detrás de la cancha de Gimnasia. Quería avisarle. No sé qué decirle señora, lo lamento mucho, perdone, no sé qué decirle.” La mujer se quedó muda. Después me preguntó mi nombre. Serena. “¿Cómo te llamás pibe?”  Yo no me animé a decírselo. Empezó a llorar. Despacito, sin alaridos. “Gracias pibe, hacés bien, yo no tengo que conocer tu nombre. No hace falta.”  Y colgó. Así nomás, colgó. Yo me quedé temblando en la oficina de ENTEL desde donde en aquella época se hacían las llamadas de larga distancia. Volví caminado por la calle 8 bajo una lluvia de invierno. Temblaba. No entendía. Era el primer muerto cercano. La primera vez en que mi propia muerte se me hacía real. Yo nunca había creído mucho en esa absurda posibilidad.

Hasta ese día mi vida era un tiempo de infancia extendida que se repartía entre los libros y las minitas. Tenía 18 años, para mí la muerte eran unos cuerpos morados que veía en las heladeras de la cátedra de anatomía. El Chiri tocaba la guitarra y cebaba mate con yuyos que le mandaban sus viejos desde Viilaguay, Entre Ríos. Estudiaba ingeniería. Era flaco, morocho y desgarbado. Cuando llegaba la encomienda de la casa, los primeros lunes de cada mes, nos invitaba a todos a comer salame casero y torta de chicharrón. Su muerte fue para mí el primer contacto con la crueldad del mundo. Un golpe brutal que rompió la ingenuidad de mi adolescencia y el cascarón de niño mimado donde había vivido hasta entonces. Conocí la muerte y la cara de los hijos de mil putas que lo asesinaron en la misma y terrible noche que todavía no logro explicarme.  Un par de años más tarde desapareció su hermano mayor que estudiaba en Rosario.

He visto durante décadas a su madre con un pañuelo blanco en la cabeza en los diarios o en los noticieros de la tele. Una tarde la tuve al lado en medio de una multitud en la Plaza de Mayo. Tenía una foto en blanco y negro del Chiri y de su hermano pegada en un palo de escoba con chinches. Caminaba con pasos cortos mirándose los pies. Estaba vieja pero firme y entera. Me agarré de su brazo y caminé con ella más de una cuadra por Hipólito Yrigoyen. Cuando la columna se detuvo la abracé fuerte durante un rato largo. Quise hablarle pero no me salieron las palabras. Ella se dio cuenta de que algo me pasaba. Me consoló acariciándome la mejilla. No pude decirle nada. Me sentí un boludo, un cobarde al lado de aquella mujer enorme. Pero creo que ella supo que, después de tanto tiempo, por fin la abrazaba aquella voz estremecida en el teléfono.

  • verónica inés

    extraordinario como está redactado, lo leo, lo viví sin saber plasmarlo así, muchos otros que tampoco pueden volcarlo así, nos sentimos actores del relato!!Muy bueno!