El ojo del insomnio

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Sobre una de las esquinas de mi cama hay un ojo que se enciende apenas apago la luz. Es enorme. Tiene la forma de un pez panzón suspendido en el aire. El párpado pesado se levanta lentamente. Se va iluminando despacito en la oscuridad del cuarto hasta hacerse un satélite de luz. Una luna obsesiva que me persigue sin importar lo que yo haga. Una mirada que proyecta sobre mí el cono de la desgracia. Yo me acurruco como un feto expulsado del  útero de la noche. Tiemblo. Me quedo quieto. Kundalini repta por mi fluido espinal. Es un miedo líquido que sube por dentro de mis vértebras hasta dejarme sin aliento. Flotan en el aire partículas desordenadas. Esferas pequeñas que contienen imágenes sueltas. Burbujas transparentes. Fotos de escenas del pasado. Cadáveres insepultos que se niegan al olvido. Una cara. Dos o tres personas  congeladas en un gesto. Un olor. El tacto de una piel bajo los dedos. El sonido de una voz que no dice nada. El silbido lejano de un tren. Un bebé que llora en la madrugada. El dedo azul de un muerto apretado por un oxímetro de pulso. La mirada de una nena a través de mirilla de la sala de aislamiento de pediatría. El perfume de los tilos entrando por la ventana de la sala del hospital unos minutos antes de que amanezca. Una vulva dormida asomando boca arriba entre las sábanas.  La humedad de una lengua sin dueño lamiéndome los huevos. La voz de una mujer que ya no recuerdo diciéndome: “llorá, te lo pido por favor, vos tenés que llorar”. La ruta desierta y helada que va de Comodoro a Madryn cruzada por una manada de guanacos saltando sobre el hielo y la nieve. Son cuatro o cinco. Uno se detiene cuando clavo los frenos y me mira de frente. Por un instante ese animal y yo nos comunicamos tanto, tanto. Otra burbuja que titila en un trayecto ascendente lleva dos ojos azules de mujer. Ya no sé a quién pertenecen. Pero se me reproduce en el cuerpo una sensación que recuerdo. El desconcierto de no entender de qué se trata. Un vértigo en el estómago cercano a la náusea. La certeza que me aparecía cada vez que los veía de que alguien, antes, alguna vez, ya me había mirado de ese modo. Ahora comprendo que en los ojos de esa mujer estaban los de aquel guanaco. Que cada vez que ella me miraba ese animal volvía a pararse delante del auto y a interrogarme. Solos. Él y yo bajo la noche en la infinita estepa patagónica. Ahora lo descubro. Ahora, cuando ya ni siquiera recuerdo quién era ella. Las esferas circulan bajo el chorro de luz que el ojo derrama sobre mi cuerpo. La cama se llena de destellos de la memoria. Fragmentos inconexos que me producen sensaciones pero que no alcanzan a convertirse en ideas. Identifico todo aunque no puedo nombrar nada. Conozco e ignoro cada cosa al mismo tiempo. Todo me sucede en un subsuelo primitivo de emociones antiguas. Pero ninguna alcanza a mi conciencia desorientada. No sé qué hacer. Me desplazo pero el ojo me sigue. Ruedo sobre el colchón pero esa luna se viene conmigo. Una esfera transparente me deja ver su interior como un muñeco de cristal que me mostrara sus intestinos. Lleva el dedo gordo de mi viejo. Huele a tabaco de pipa holandés. La piel es áspera y rugosa. Yo tengo dos o tres años o aún menos. Lo agarro. El dedo me parece enorme. Me lo llevo a la boca y lo chupo. Detrás flotan las manos de una chica. Es casi adolescente. Reconstruyo su cuerpo desnudo. Su cabello sobre la espalda casi hasta la línea del culo. Sale de la cama y camina hasta una silla. Saca de un estuche enorme un violonchelo de madera de abeto clara. Acomoda la espiga en el piso. Afina las cuerdas. Toca desnuda para mí. Lee una partitura apoyada sobre la mesa de luz. Dice, en letra góticas negras sobre el papel arrugado, Pierre Boulez. Pero no alcanzo leer el título de la obra. Le miro las tetas pequeñas balanceándose con los movimientos enérgicos del brazo que empuña el arco. Afuera es invierno y un viento feroz despeina los árboles del bosque. Las ramas se inclinan para dejarlo pasar furioso, incontenible. La música me pone triste. Me enciende el deseo. Ya sé que no podré dormir en toda la noche. Espero la mañana como a una salvación. El ojo sigue suspendido sobre una de las esquinas de la cama. Estoy muerto de miedo. Salto hacia el piso como si me arrojara desde un tren a toda velocidad. Cierro la puerta. Abro la ducha. El agua me quema la piel. Aspiro el vapor. Me ahogo. Antes de salir de casa espío a través de la puerta entreabierta la cama. No veo ningún ojo. Todo está en su lugar. Ella duerme con la cabeza apoyada sobre las dos manos entrelazadas. Sonríe dormida. Parece disfrutar del sueño. Miro por última vez la habitación. Cierro la puerta. Necesito salir. Alejarme a toda marcha del territorio enemigo. 

  • Piru61

    Vaya si acumulamos miradas con el paso de los días…
    Genial, Daniel, como siempre.
    Un abrazo en estos tiempos apurados