“El sargento Kirk y yo”

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kirkLa pedagogía de la humillación

“Soñaste angelitos muy profesionales que iban al grano jugando a los gangsters...”  Patricio Rey

Sabés Pablo, todavía me acuerdo como si éstos veinte años no le hubiesen quitado nada a lo que pasó aquella noche. Hay cosas a las que el tiempo degrada. Pero hay otras Pablo…, hay otras que se conservan como animales feroces. Hay recuerdos que la memoria alimenta, que los años fortalecen y que, cuando menos lo esperás, vuelven intactos a morderte la garganta. ¿Vos también te acordás Pablo?

Yo recién ingresaba a la residencia e intentaba adaptarme como podía a tu “pedagogía de la humillación”. Todo era nuevo. Yo todavía desconocía que era posible pasar por la universidad sin que ella pasara por vos. Creía que los mundos profesionales estaban a salvo de la mediocridad y de la fanfarronería con las que más tarde me iba a encontrar tantas veces.

Hacía uno de esos calores insufribles de las noches de verano porteño. El sueño acumulado, el agotamiento de más de veinticuatro horas de trabajo ininterrumpido y la ansiedad de mis primeras guardias le daban al clima un espesor más agobiante de lo que el termómetro sugería. Quería bañarme, quería comer, quería dormir. Pero vos me lo impedías. Vos, que habías hecho todas esas cosas mientras tus nuevos esclavos trabajábamos hasta el desfallecimiento. Vos, que habías visto demasiadas películas donde esos imbéciles sargentos americanos –a los que admirabas mucho- hacían marchar a la tropa con sus mochilas cargadas al rayo del sol en el patio del regimiento con el único fin de verlos desmayarse y creerse dueños de un patético poder que nunca alcanzarían y de una autoridad que jamás merecieron. Entonces nos decías: “Si las señoritas querían un hotel cinco estrellas no tendrían que haber ingresado a una residencia médica”. En secreto te decíamos “Kirk”. Y vos lo sabías. Pero lo peor era que te encantaba que lo hiciéramos. ¿Te acordás Pablo?

El hombre llegó empapado. Cubierto apenas con un short de baño y descalzo. El cabello revuelto y una expresión de horror o de sorpresa congelada en su cara. No tenía más de treinta años. Su mujer sostenía a un bebé en brazos y nos miraba con la esperanza de que alguno de nosotros hiciese un milagro o que le dijese que todo eso no era cierto, que la despertara con un cachetazo de esa pesadilla que no podía ser real. Dos policías acomodaron al tipo sobre una camilla. Todavía recuerdo el ruido del impacto de su cabeza cayendo sobre las barandas de aluminio. En la planta del pié izquierdo había una pequeña quemadura negra de no más de dos centímetros de diámetro. Un círculo negro, chamuscado y minúsculo. Tenía los dientes apretados a tal punto que necesitamos abrirle la boca entre dos personas para insertarle un tubo endotraqueal. Alguien sacó a la mujer y al su hijo sin mayores explicaciones. Alcancé a escucharla antes de salir diciendo que estaba en la pileta, que había salido para encender el motor del filtro de agua, que era alérgico a la penicilina, que era un poco asmático, que no lo dejemos morir y todas esas cosas que alguien dice cuando ya no sirven para nada.

Pensé en cada uno de los movimientos que hacía como si me encontrara en el interior de una lámina de esos manuales de reanimación cardio-pulmonar que tantas veces había leído donde un estudiante impecable y peinado a la gomina le practicaba reanimación cardiorrespiratoria a un muñeco articulado. La posición de mis manos, la energía de la compresión sobre el tórax, la apertura del maxilar y la búsqueda de la laringe. El control periódico de las pupilas y del pulso carotídeo. La muestra de sangre arterial para el monitoreo de gases, la pantalla del monitor, la carga del desfibrilador, las paletas, el impacto, el nuevo control. Y otra vez, el masaje, la ventilación, la descarga. Vos me dejaste solo, sin ayudarme, sin darme indicaciones. Me observabas sereno desde los pies de la cama. Yo transpiraba hasta empapar la ropa, me faltaba el aire. Ni siquiera permitiste que la enfermera carguara las drogas en las jeringas. Querías que también eso lo hiciese yo. Y lo hice. Después busqué el espacio intercostal, cerré los ojos y viajé con esa aguja hacia el interior del corazón hasta que un chorro de sangre oscura y espesa ingresó en la jeringa y lo inyecté con decisión. Y otra vez la descarga, la ventilación, el masaje. Iba controlando el reloj de la pared para contar el tiempo de reanimación. Quince minutos, veinte, veinticinco, treinta…

-¡Basta!, me dijiste, está muerto. Pero no te hice caso.

-¡Basta idiota! ¿no te das cuenta que está muerto?  Pero no te hice caso Pablo.

Manuela me tomó del brazo y me alejó como si me llevara a dar un paseo. Me secó la frente con una gasa y me ofreció un vaso de agua. Entonces caí desplomado sobre una silla. Sentía que mi propio corazón se me salía por la boca. Me ahogaba. Te miré a los ojos.

-Bastante bien para ser la primera vez, me dijiste, “aunque hubiera sido mejor si no te esforzabas tanto por reanimar a un cadáver. No pude contestarte.

Cinco minutos más tarde, cuando ni siquiera me había recuperado del esfuerzo y del fracaso, me pediste que hiciera entrar a la familia y que le comunicara el fallecimiento. Me dijiste que vos me esperarías en la sala para continuar trabajando lo antes posible. Te expliqué que no podía. Que nunca antes lo había hecho. Que no sabía cómo hacerlo. Que por esta vez me acompañaras para que yo pudiese ver el modo en que lo hacías vos que tenías experiencia y así yo podría aprender para otra ocasión. Me contestaste que para que un chico aprenda a nadar había que tirarlo al agua. Te recordé que no se trataba sólo de que yo aprendiera algo sino de que otras personas podían sufrir por mi incompetencia para resolver la situación y que no era justo sacrificarlas en función de mi supuesto autoaprendizaje del arte de dar malas noticias. No te gustó pero hiciste pasar a la mujer con su hijo y le pediste que se sentara en la salita contigua. También me ordenaste a mí que me sentara frente a ella. Vos te quedaste de pié. Nadie dijo nada. El silencio era insoportable. Diste unos pasos cortos hacia atrás. Te ví y pensé: “no, no puede hacerme esto. No, lo va a hacer”. Entonces saliste y cerraste la puerta con llave. Hasta hoy me acompaña el ruido de la llave deando dos vueltas en la cerradura. Te juro que todavía lo escucho.

La mujer me miró atónita. Sacó un pecho y se lo puso en la boca al bebé que de inmediato dejó de llorar. No supe qué decirle Pablo. Temblábamos, los dos. No pude hablarle. Era extrañamente bella. Esa clase de mujer que, no importa lo que haga o donde se encuentre, no logra disimular su belleza. El ruido de la boca del bebé succionando el pezón y tragando bocanadas de leche parecía un estruendo ensordecedor. Pasaron algunos minutos interminables. Cargados con una tensión que hablaba por sí misma. Después la mujer acercó su silla a la mía, acomodó al bebé entre ambos y con su brazo libre me abrazó. Dejó caer su cabeza sobre mi hombro y lloró. Mansamente. Con un llanto contenido que intentaba preservar a su hijo de lo dramático de la escena. En ese instante Pablo, supe que se lo había dicho. Sin ninguna de las malditas palabras que empecinadamente se negaban a salir de mi boca. ¡Se lo había dicho Pablo! De una extraña manera que vos nunca jamás podrías comprender.

Nos quedamos así un largo rato. Yo sentía la humedad de sus lágrimas a través de mi chaqueta, el temblor de su cabeza sobre mi hombro. Después se levantó. Guardó su pecho que seguía chorreando una leche espesa. Acunó al bebé y me dijo: “Gracias por acompañarme”. ¡Gracias Pablo!, me dijo gracias. Después me miró y me preguntó: “¿y ahora qué?”  Ante la contundencia de la muerte Pablo, ¿y ahora qué?, ¿alguna te hiciste esa pregunta?  Pero vos no te hacías esa clase de preguntas. Vos vivías en un mundo de respuestas. Las preguntas eran signos de debilidad o de ignorancia y las despreciabas.

Salí. Nunca, te juro que nunca estuve tan seguro de lo que iba a hacer en los siguiente minutos como en ese momento. Subí las escaleras hasta la sala de médicos. Mis compañeras se pusieron bruscamente de pie. Comprendieron al instante lo que estaba por ocurrir. Pero vos no Pablo, vos ni te diste cuenta. Mirabas la final de la Copa Libertadores entre el Internacional de Porto Alegre y Nacional de Montevideo en el televisor. Tomabas mate y comías galletitas como si nada importante hubiese ocurrido. Ajeno a todo cuanto te rodeaba seguías aislado en tu miserable mundito profesional, saturado de certezas. Me miraste de costado para no perderte la jugada, chupaste la bombilla hasta que el ruido del vacío te hizo dejar el mate sobre la mesa. Me paré entre vos y el televisor para obligarte a mirarme. ¿Te acordás Pablo?

Te agarré del cuello con la mano derecha y te estrellé un cross con la izquierda en el medio de tu estúpida boca justo antes de que empezara a dibujarse esa sonrisa idiota, permanente e inoportuna que siempre tenías dibujada en tus labios como un tatuaje. Te tambaleaste como si estuvieras borracho. No podías entender lo que pasaba. Cuando empezabas a caerte hacia atrás te tiré una segunda trompada que apenas te rozó la oreja y siguió de largo dibujando una elipse en el aire en dirección al techo. ¿Te acordás Pablo?

  • Adriana carolina sas

    INCREIBLE!!! ME HICISTE EMOCIONAR!!!

  • Ayelenrosso

    Admirable… gracias por compartirlo. Y no sé que habrá sido de tu vida, pero además de un gran médico evidentemente sos un excelente escritor. 

  • Leon

    Excelente, una verdadera lástima que siga habiendo tipos así cuyo vinculo con la salud y la medicina solo es el dinero!

  • Theo Kapi

    Habrá sido verdad la parte de las trompadas? O pertenecerá al terreno de lo que un estudiante quiere con toda su alma hacer cuando tiene un instructor pedante y adicto a humillar? Me deja pensando.

  • andy benit

    Un deja vu!!! CHAPEAU Dr!!!! Sensación rara de haber estado en ese lugar. Miserables son los Drs egos y miserables tienen q ser sus vidas.

  • mari

    jajajajaja….. nadie puede dar compresiones, ventilacion, desfibrilar, intubar y aplicar adrenalina en un mismo paro cardiorespiratorio….jajajajaja que intensoo!! 😉

  • mari

    peroo… se te entiende hay gente egocentrica y pedante , no solo en la medicina sino en todos lados…. suerte y exito 🙂

  • Diego Bértola

    Conociendo a quien escribe te aseguro que es perfectamente posible….

  • Laura

    Soy enfermera ,desgraciadamente viví esta escena muchas veces ,humillar para enseñar ¿de donde sacaron eso,estos malditos bestias ? se supone que deberíamos ser más humanos ,más sensibles ,pero no,y hay cada bestia circulando en esta bendita ciudad…