El semen de la derrota

“Como siempre que la ternura se queda virgen en esta extraña tierra del desencuentro” Armonía Somers

1. Se ha visto a sí mismo infinidad de veces en la misma escena durante los últimos días. Ella estirando la lengua hasta convertirla en una superficie delgada y húmeda que lamía su pene. La palma de la mano derecha sosteniendo sus testículos como si estuviera pesándolos. Arrodillada sobre el piso esa mujer lo miraba buscando las señales de todo cuanto le provocaba. Él ingresaba al precipicio de su boca dejándose caer, a ciegas, como quien ingresa a un territorio desconocido o del que ya no se tiene memoria. Las papilas de su lengua se hinchaban y podía sentir el relieve sinuoso de aquellas partículas diminutas resbalando sobre su piel tensa y exasperada de sensibilidad. Una textura blanda y acuosa sembrada por gránulos minúsculos que lo devoraba como la boca caliente y negra de un pez.

Esas escenas lo asaltaban en distintos momentos del día con una intensidad creciente cada vez que llegaban. No recordaba a la mujer, no tenía memoria de los hechos, no podía distinguir si habían sucedido o eran imaginarios. No podía evitarlas pero no comprendía sus motivos. Las imágenes le provocaban sensaciones que consideraba perdidas pero que se habían preservado con una fidelidad extraordinaria como si el tiempo no hubiese pasado o el olvido fuese un veneno inútil. Pero, ¿por qué? Reconstruía la secuencia de lo que había vivido durante los días previos. Una serie de hechos en apariencia sin relación pero que le habían devuelto –junto a esa escena reiterada- la memoria difusa y fragmentaria de un pasado en el que había dejado de pensar y que no quería recuperar.

2. Durante más de una semana había observado a una mujer cuidando el cuerpo moribundo de su madre. No podía evitar mirarla cada mañana al llegar al hospital. Algo que no lograba identificar le producía sensaciones confusas sin que pudiera encontrarle un nombre y sin causas aparentes. Ella recibía su mirada y la devolvía en silencio. Un instante más tarde bajaba los ojos y volvía a susurrar una canción mientras acunaba la cabeza de la anciana como a una muñeca rota y sin voluntad abandonada entre sus brazos. Otras veces frotaba una crema amarillenta con un intenso olor a eucalipto sobre las piernas de aquel cuerpo inerte mientras le contaba sucesos de la vida cotidiana con un énfasis que resultaba ridículo en aquellas circunstancias. Los pequeños hechos domésticos, novedades de los nietos, los titulares del diario y los detalles de la novela de la tarde. Actuaba como si la anciana le respondiera o incluso refutara algunas de las cosas que le decía.

La sensación que le producían esa mujer y su madre era un eco que quedaba resonando en su cuerpo que demoraba varias horas en atenuarse hasta desaparecer. En cada nueva ocasión volvía a preguntarse por qué, indagaba en lo que sentía pero le resultaba imposible encontrar una descripción razonable o una palabra que lo nombrara.  Por algún motivo aquella escena de sexo que se repetía sin motivos aparentes en su imaginación había sido disparada por el encuentro casual con la mujer y su madre pocos días atrás. Todo era confuso e inexplicable, la reacción que sentía cada mañana al ingresar a la sala del hospital y las imágenes que se reproducían en él sin que pudiese controlarlas. No encontraba nada que las relacionra aunque en los hechos habían llegado juntas. Era médico desde hacía muchos años y había visto cientos de escenas como aquella. Algunas mañanas se había propuesto evitar ese encuentro dando un rodeo para ingresar a través de una puerta de servicio. Al bajar del ascensor se detenía y su decisión –que hasta entonces suponía firme- se desvanecía en una multitud de excusas intrascendentes hasta que, por fin, volvía a pasar junto a ellas.

3. Aquella escena regresaba cada vez con mayor precisión. El paso del tiempo parecía incrementar la memoria y no el olvido. Volvía a ver todo como a través de una lente con un poderoso zoom que ampliaba cada detalle hasta hacerlo insoportable. Se amplificaba lo que veía, pero también los olores, el tacto, las sensaciones que habían atravesado su cuerpo y que la memoria ya no evocaba sino que reproducía con una intensidad que no permitía distinguir la ficción de la realidad. El calor de su mano sobre los testículos trazaba el mapa de sus dedos y el relieve de la palma a través de sutiles diferencias de temperatura y de presión. Veía el hilo de saliva transparente que se deslizaba desde la comisura de sus labios. El temblor apenas perceptible que el movimiento de su cabeza imponía al nacimiento de los pechos. La presión de sus labios rodeando los movimientos de la lengua. El sonido del aire ingresando en sus pulmones para retornar como una brisa cálida que lo alcanzaba en el centro del pubis. La exquisita gramática con que l tacto, el sonido, los gestos articulaban frases tan elocuentes que él no había tenido dificultad en comprenderlas mientras sucedían, pero que se disolvían apenas la escena finalizaba. Jamás había logrado traducirlas en palabras para retener su significado. Estaban hechas de una sustancia evanescente. Eran tan fugaces que terminaban haciéndolo dudar de la veracidad de aquellos hechos. Algo que resultaba inexpresable por fuera de ese idioma salvaje de su boca y sus manos hablándole a su pene.

Ahora, sentado sobre su cama con la espalda apoyada en la pared y las piernas en línea recta formando un ángulo quebrado a la altura de la pelvis, esperaba la mañana atravesado  por el recuerdo furioso de aquellos momentos. Los ojos de esa mujer, la penumbra de un cuarto repleto de medicamentos y muebles en desuso en el último piso del hospital, él de pie, con los pantalones arrollados sobre las rodillas, la luz de los faroles del parque ingresando a través de una claraboya cubierta con papeles de diario. Intentaba darle a sus recuerdos alguna coherencia, una progresión cronológica y volvía al principio para regresar al mismo momento. Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, una serie de hechos en apariencia triviales protagonizados por una mujer asistiendo a su madre internada en el hospital lo habían conmovido. Y, por causas más extrañas aún, se proyectaban en su mente las escenas de esa otra mujer con su pene en la boca como en un cine enloquecido que sólo exhibiera la misma película con detalles cada vez mayores. Ambos hechos le resultaban inexplicables, pero la oscura relación entre ellos más aún.

4. Los días previos se habían sucedido iguales a sí mismos. La mujer atendía a su madre aferrada a un cuerpo que ya no podía recibir sus cuidados y que se deterioraba irremediablemente. Él las miraba y volvía a sentir un extraño desasosiego sin que pudiese entender por qué. Ella lo saludó una mañana y él no supo que hacer. Se detuvo a los pies de la cama y la observó con atención. Era bella y delicada, con una hermosura sin estridencias que no necesitaba subrayarse con artificios para hacerse notar. Tuvo ganas de llorar y las palabras quedaron retenidas en su garganta como atascadas por una válvula infranqueable que amenazaba con ahogarlo. Supo que no podría evitar una expresión ridícula que hubiese querido ocultar. Sintió vergüenza. Ella se puso de pié, le tomó la mano y lo arrastró hacia la cama de su madre.

– Acercate, tocala. No tengas miedo.

Quedó paralizado y su respiración se aceleró. Sudó gotas pequeñas y heladas que se deslizaron desde la frente haciéndole sentir un sabor salado al llegar a la boca. Se desconoció. Experimentó un raro miedo de sí mismo como si fuera otro. La mujer lo esperó sin soltarlo como si supiera lo que él estaba sintiendo. Cuando la tensión cedió un poco estiró su brazo y apoyó la mano sobre la mejilla de la anciana. El contacto con esa piel ajada y fría lo estremeció por completo. Retiró la mano con un movimiento violento que no pudo controlar. Sintió que estaba a punto de derrumbarse. Nunca supo de qué manera pero se encontró abrazado a esa mujer desesperado. Sus ojos lloraron un llanto seco, silencioso y espasmódico pero sin lágrimas. Un simulacro que sólo él podía percibir pero que no tenía manifestaciones visibles para los demás. Un llanto falso y autista. Mudo e inútil pero que él percibía como real. Tuvo la sensación precisa –aunque absurda- de que otra persona lloraba a través de su cuerpo. La anciana tosió y la mujer se desprendió de él para asistirla. Detrás de las ventanas una maraña de cables se introducía en la copa de un árbol. Dos pájaros grises permanecían inmóviles en perfecto equilibrio sobre un poste de luz. Alguien quemaba pasto. Una columna de humo negro y espeso ascendía como una sombra volátil desprendiendo un olor a verano y a infancia que lo sacaron de ese lugar. Se vio girando en una ronda alrededor de una fogata inmensa una noche de verano. Tendría cuatro o cinco años. Una mujer lo sentó sobre sus rodillas y le cantó al oído hasta que se durmió en la noche iluminada por el resplandor de las llamas. Regresó a la sala del hospital desde el sótano de aquellas evocaciones y encontró a la mujer hablando con una enfermera mientras arreglaba las sábanas y esparcía gotas de perfume sobre la frente de su madre. Se fue.

5. El trabajo lo distrajo durante el día, pero en cada pausa volvía a preguntarse qué le estaba ocurriendo. Ya no lograba recordar cuanto tiempo hacía desde que nada en su vida escapaba a las explicaciones sustentadas en la razón. Una carrera exitosa, un matrimonio que ya no recordaba, casi todos los sueños olvidados y una aceptación resignada de todo cuanto la vida le proponía habían alejado de él toda sensación de angustia, de miedo o incertidumbre. No desear aquello que no podría obtener y borrar el pasado hasta hacerlo desaparecer se había convertido en una estrategia perfecta para sobrevivir con el menor grado posible de sufrimiento. A veces pensaba en ello, podía comprender que no resultaba atractivo como plan de vida pero jamás pudo encontrar un argumento razonable para buscar alternativas. No se trata de que no entendiera la seducción que ejercen los sueños imposibles, es que a esa altura de su vida la verdad se le había impuesto como una evidencia implacable pero que no podía soportar.

Antes de irse del hospital pasó por la habitación de la mujer. Dos médicas jóvenes discutían la conveniencia de trasladar a la enferma al sector de cuidados intensivos. Al verlo, ella se acercó y le presentó a su esposo y a un hijo de unos diez años. Los cuatro escucharon el informe y el dilema final que les plantearon. Trasladar a la anciana a un sector aislado de la familia no aportaría ningún beneficio clínico ante lo que ya no tenía remedio. Ellos debían decidir si preferían hacerlo o no. Todos miraron a la mujer esperando que fuese ella quien tomara la decisión.

-Se queda con nosotros. Estaremos a su lado todo el tiempo que sea necesario. Respondió sin dudarlo y dando por terminada la cuestión. Las médicas se retiraron sin hacer comentarios. Él también.

6. El resto de la jornada sintió que aquella extraña sensación lo rozaba en varias oportunidades. Un largo entrenamiento en asfixiar sus emociones y una conducta automatizada para cumplir con su trabajo abortaron cada intento. Tuvo la intuición de que esa no sería una noche como otras. Demoró el regreso a su casa dando vueltas en el auto. Se detuvo en un bar a tomar una cerveza y se propuso reflexionar con más calma sobre los sucesos de la mañana. Volvió sobre ellos como quien desanda un camino a ciegas para averiguar de dónde viene y hacia dónde se dirige. Desde hacía mucho tiempo tenía la impresión de no estar yendo hacia ninguna parte, sus días transcurrían en un presente perpetuo sin futuro y sin pasado. Tampoco eso le producía un sufrimiento particular aunque podía comprender el absurdo de ese modo de transitar por la vida. Buscó en sus recuerdos los últimos momentos en que se había sentido feliz o desdichado pero consciente de que alguna emoción intensa lo estaba afectando. Se sorprendió por el tiempo transcurrido, por el modo imperceptible en que aquellas sensaciones habían escapado de él para no volver jamás. Lejanas, apenas dibujadas como una sombra en su memoria, las emociones fuertes lo habían abandonado por completo sin que pudiese recordar cuándo, cómo, ni por qué.

Se encontró sentado ante la mesa de un bar haciendo el inventario de sus últimos años vacíos, lisos como una superficie líquida que simulaba una profundidad que ya no tenía. Deslizándose como una nave fantasma, sin tripulantes, sobre un falso océano nocturno sin costas ni horizonte a la vista. El mundo se había desvanecido sin que él lo hubiese notado. Desfilaron por su mente la multitud de mujeres que aún pasaban por su cama con regularidad, todas ellas indistinguibles, intrascendentes. Se desnudaban en su habitación una tras otra cada semana. Él buscaba en ellas algo que no sabía qué era, algo que no podía dejar de buscar pero que no deseaba encontrar. Quiso recordar alguna, un nombre, una cara, pero no pudo. Apenas logró recuperar el estremecimiento y la perplejidad que otras mujeres le habían producido alguna vez en su vida. Le llegó desde su propio pasado un temblor que ya había olvidado, una mezcla de terror y de deseo. Vio a través de la ventana las patas de la noche descendiendo sobre la ciudad.  El fluir incesante de personas que apuraban el paso, agotados y ansiosos por regresar a sus casas. La pantalla de un televisor suspendido sobre la pared del bar y unas enormes manchas negras con grumos de una sustancia verdosa dispersas sobre el techo. Un hombre salía del baño abrochándose la bragueta. Alguien abrió la puerta y una corriente de aire frío le recorrió la espalda. Una niña dejó una estampita de San Cayetano sobre la mesa. Desde la plaza ubicada frente al bar llegaba nítida la voz de un hombre que hablaba a través de un altavoz. Gritaba amenazas acerca del fin del mundo y prometía la salvación eterna para aquellos que lograran arrepentirse de las existencias diabólicas a las que se habían entregado. Prometía el infierno y el paraíso con idéntico énfasis y sin matices de ninguna clase. La cola de un gato gris, sucio y maltrecho, le rozó los zapatos. La niña retiró la estampita de su mesa y se quedó mirándolo en silencio.  Una sirena sonó lejana y se diluyó hasta desaparecer. El mozo se apoyó sobre el respaldo de su silla y le dijo con tono amistoso mientras miraba el televisor: -Este país no tiene remedio- Se produjo un silencio en el que él podría haber ofrecido una respuesta confirmando o refutando aquella frase. No supo qué decir. El mozo se encogió de hombros y se retiró. Algo subió desde su estómago deslizándose hasta la garganta como un reptil cuya cola se agitaba sobre su abdomen y su cuerpo ondulante trepaba por el tórax. Percibió el olor de la noche y la lluvia cercana ingresando desde alguna parte. Quiso ponerse de pié pero no lo logró. Un sonido líquido salió por su boca y su cabeza se desmoronó sobre sus manos apoyadas en la mesa. Hizo la mímica del llanto pero no lloró. Le pareció que otra persona actuaba a través suyo. Se observó a sí mismo desde cierta distancia. Registró a ese hombre derrumbado sobre la mesa de un bar mientras dudaba de que esa persona a quien estaba mirando también fuese él. Sin preguntarse por qué decidió regresar al hospital.

7. El escaso movimiento de las calles le hizo saber del tiempo que había permanecido en ese lugar. La madrugada había poblado la ciudad de espectros. Pliegues de  oscuridad en los que nada podía distinguirse pero en los que intuía un mundo que él ya no podía recodar. Dos putas tristes y obesas se defendían del frío frotándose las nalgas con ambas manos mientras daban pequeños saltitos sobre sus zapatos de tacos altísimos. Cuando el edificio del hospital se recortó sobre la noche se preguntó sobre el motivo por el cual iba en esa dirección. No encontró respuesta, pero no le importó. Ingresó con paso enérgico y subió dos pisos por la escalera. La sala de internados estaba a oscuras y el sonido de una radio que anunciaba los números ganadores de la lotería lo alcanzó al ingresar al pasillo central. Se detuvo en la puerta y observó la cama de la anciana vacía y con el colchón arrollado sobre un elástico metálico con varios resortes rotos.  Se dio cuenta de que otra vez lo amenazaba el llanto e imaginó el estruendo que ocasionaría sobre el fondo silencioso y oscuro de ese lugar. Mientras esperaba las lágrimas que parecían incontenibles pero que no llegaban vislumbró la sombra de un cuerpo sentado en el piso con las rodillas flexionadas sobre el pecho y ambos brazos abrazando las piernas. Reconoció a la mujer con quien había estado por la mañana. Se sentó a su lado sin decir nada. Ambos permanecieron con una conexión íntima pero sin tocarse ni hablar una palabra. Al cabo de algunos minutos la mujer se puso de pie y lo tomó del brazo. Él se paró delante de ella e intentó reconocer sus rasgos en la oscuridad. Tuvo una certeza fugaz pero indudable de que aquella mujer ya había estado frente a él alguna vez, en otro tiempo y en otro lugar. Miró hacia la cama vacía, el colchón sucio y plegado sobre sí mismo, un crucifijo de plástico colgado en la pared, torcido y con la imagen del cuerpo de un Cristo roto. Caminaron por los pasillos oscuros guiados por la escasa luz de la luna y de algunos carteles luminosos que ingresaba a través de las ventanas. El sonido de sus pasos retumbaba hasta prolongarse en un sonido que se resistía a desaparecer.

8. Algunas imágenes inconexas desfilaron por su mente como dentro de un caleidoscopio incomprensible mientras caminaba junto aquella mujer. Recordó un tiempo breve, feliz y sin sobresaltos. Una mujer de cabello corto y piel muy blanca que lo estremecía con sólo mirarla. El destello fugaz que le asomaba detrás de la línea de los ojos. Las mañanas en las que amanecía con ella sentada en el piso observándolo dormir para meterse en la cama y acurrucarse como un ovillo plegada sobre su abdomen apenas él abría los ojos. Luego años de una tristeza infinita que le rompía el corazón. Él mismo diez años más joven. Un dolor que se transformaba en culpa y más tarde en desesperación. Una noche solitaria en la guardia del hospital. La desolada sensación del que sabe que está solo y comprende que no tiene salida. La tentación de huir de una rutina que lo atormentaba y la certeza de que hacerlo sería un acto miserable. Las imágenes fluían en su cabeza como empujadas por un viento incontenible. Un desvarío de pequeñas fotografías sucediéndose a una velocidad que no permitía vincularlas. Una historia brutal que se contaba a sí misma sin palabras y que él no podía detener.  Vio una botella de Tequila vacía volcada sobre el piso de baldosas. Un espejo empañado y sucio sobre el que se reflejaba la imagen de otra mujer que no era la suya. Delgada, con las clavículas salientes y los pechos desnudos. El sonido de una canción de Albert Cohen, “If it be your will”, pero en la versión de Antony.  Un teléfono celular que llamaba y al que le apagó el sonido mientras se repetía a sí mismo: -hoy no, hoy no. La misma mujer, bellísima, mientras le desprendía el cinturón y le bajaba los pantalones hasta las rodillas. Él paralizado y sin saber qué hacer. Preso de un deseo incontrolable y de una prohibición que lo estrangulaba. Los ojos de un color indefinido mirándolo con una intensidad ante la que resultaba imposible permanecer indiferente. La luz roja del teléfono que se encendía y se apagaba durante largos minutos pero ya sin sonido. Su lengua lamiéndole los testículos. La palma de la mano rodeándole el pene con un calor que lo estremecía. La otra mujer, la suya, demacrada y ausente, tendida sobre un sillón durante días, semanas, meses. El frasco de Prozac abierto sobre una mesa de patas muy cortas al lado de un retrato de ellos sobre la arena en la playa Caracoles en Ciudad del Cármen. Él arrastrándola al baño, lavándole el cuerpo irreconocible, vistiéndola, dándole la comida en la boca con una cuchara y ella negándose a recibirla. Su pedido insistente como un cuchillo clavándose en su cuello: -Dejame, por favor dejame. El consultorio del psiquiatra. Las noches boca arriba. El insomnio y el sonido de un llanto interminable. La otra mujer en el cuarto del hospital con su sexo en la boca y esa lengua inquieta que lo devolvía a lo que consideraba perdido para siempre. Un deseo brutal al que creía que ya no tenía derecho invadiéndolo como un mal para el que no existiera remedio. El teléfono otra vez encendiendo y apagando su pequeña luz roja. El culo redondo y macizo de ella ocupando la mitad inferior del espejo sobre la pared. El temblor que ascendía desde sus piernas hasta el vientre como un soplo arrasador que ya no podía contener. Su semen recibido por esa boca como la descarga de un río subterráneo que suponía seco. Otra vez su lengua lamiendo su abdomen, húmeda de saliva y esperma, hasta detenerse en el cuello. Él semidesnudo, llorando como un niño mientras la mujer lo abrazaba atenuando un frío inmenso que lo hacía tiritar. El teléfono que volvía a sonar y que esta vez tomó entre sus manos. Un mensaje de texto breve y contundente: “Perdoname, no aguanto más”. El viaje hasta el departamento conduciendo su auto a gran velocidad por calles vacías. La lluvia delgada que caía sobre el parabrisas en cámara lenta. La puerta cerrada y él revisando sus bolsillos hasta encontrar la llave. El televisor encendido en la habitación a oscuras. Una película en blanco y negro donde Orson Wells miraba una pequeña esfera de vidrio que hacía girar entre sus manos. Las piernas de ella asomando detrás del sillón. Un desfiladero de sangre coagulada adherida al piso de madera que conducía hasta las muñecas de la mujer. El frasco vació de medicamente abierto y aún sostenido por una mano raquítica de huesos largos y prominentes. Sus enormes ojos abiertos y vacíos. La boca semicerrada y rígida. Los labios blancos y la cabeza abandonada sobre un almohadón de hilo bordado con guardas aztecas que habían comprado en una feria en el zócalo en el DF. La ciudad iluminada y borrosa desplegándose más allá de la ventana sobre esa noche atroz que él había borrado de su memoria y que ahora regresaba intacta como si siempre hubiese estado allí aunque él no lo notara. El dolor infinito atravesándole el pecho y una culpa insoportable que era peor que la muerte a la que sólo callaron el silencio y la anestesia poco tiempo más tarde.

9. Continuaron caminado por los pasillos desiertos del hospital mientras aquellas imágenes desfilaban por su mente como una comparsa enloquecida hasta que llegaron a la puerta de calle. Una ambulancia permanecía estacionada sobre una rampa de acceso con el chofer dormido en su interior. Una familia hurgaba en los tachos de basura. La madre permanecía de pié amantando a un niño. Dos perros esperaban pacientes a que el hombre y su hijo mayor terminaran la tarea. Un auto se detuvo bruscamente. Alguien ingresó corriendo a la sala de guardia. Las puertas se golpearon y el estruendo hirió el silencio de la noche como un rayo. Se detuvieron. Volvió a mirar  a esa mujer que lo acompañaba y reconoció a la otra que transitaba como un fantasma por su mente desde hacía días. Supo quien era ella, y quien era él. Lo supo con una certeza extraña que lo llevó a preguntarse en quién se había transformado. Se reconoció a sí mismo al reconocerla a ella. Comprendió que había estado ausente de lo que siempre había sido como si regresara de un viaje fatal e incomprensible. Volvió desde un territorio muerto a la provincia de sus memorias de donde alguna vez había logrado escapar. No supo si ese regreso era algo bueno o desastroso. Por primera vez en muchos años esa amenaza de llanto que tantas veces había sentido se dejó llorar. Sin estridencias, pero sin pausas, permitió que fluyeran desde su interior las lágrimas acumuladas durante tanto tiempo. Recordó la boca, que ahora tenía delante suyo, dentro de la que alguna vez había expulsado el semen de su derrota. La miró con sus ojos húmedos y encontró en ella los rastros de aquella noche que quería olvidar. Las huellas de la traición que aún lo perseguían y la esperanza de un perdón en el que ya había dejado de creer.  El deseo, la culpa y la muerte inevitable. Sin proponérselo le habló:

-Lo lamento, lo lamento mucho.

Le dijo tomándole la cabeza con ambas manos como si tuviese miedo de que se desintegrase con se contacto. La besó en la frente.

-Está muerta. Dijo la mujer mirando al piso.

– Creo que yo también. Respondió sin saber por qué.

Córdoba, Octubre 2009