El tango de los nuevos Ludditas

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Es muy curioso y contradictorio que los grupos más esclarecidos y progresistas de nuestra sociedad sean también los más conservadores respecto de las nuevas modalidades de la cultura. Producen ideas nostálgicas y muertas de miedo acerca del presente. Le temen al fin del libro de papel, a la desaparición de la escritura, a la degradación del lenguaje, a la sustitución de los vínculos por los contactos, al control paranoico de los dueños del poder. Reproducen el terror de los ludditas de la revolución industrial ignorando que la batalla contra las nuevas tecnologías siempre ha terminado en derrota. Como ellos, quisieran romper los aparatos a garrotazos. Pero ni la imprenta nos ha privado de la memoria, ni la fotografía de la pintura, ni el cine sonoro de la expresividad de la mímica.

La tecnociencia los espanta como los dragones  a los niños. Arman sus piras para quemar a sus nuevas Brujas de Salem pero se queman los dedos con los fósforos. Son tecnofóbicos por desconocimiento. A lo que temen no es tanto a los efectos de las tecnologías como al desplazamiento de sus privilegios. Se consideran dueños de la palabra y gendarmes de la subjetividad. Hoy se encuentra más imaginación y más metáforas en una revista de física teórica o de biología sistémica que en cualquiera de sus diatribas de café.

Un intelectual debería aportar nuevas y creativas formas de emplear los recursos tecnológicos ya instalados en la sociedad. Ha sucedido muchas veces que los medios que criticaban se convirtieron en difusores masivos de las ideas de sus críticos. Es apropiándose de ellos -mediante su resignificación- que el pensamiento puede transformar en ventajas los riesgos que anticipa. Es lícito advertir acerca de los peligros pero resulta inútil cuando no se muestran alternativas.

El tiempo corre en una sola dirección. El pasado es irrecuperable y en gran medida ilusorio. El lamento doctrinario los aleja de la gente. Existe una política de la negación del presente. Un tango sollozante interpretado sin gracia y sin propuestas. Tal parece que cuando un producto cultural va érdiendo el éxito masivo ellos se lo apropian. Eso que despreciaban por vulgar y chabacano ingresa a su liturgia como una reliquia. Nunca antes. Jamás cuando era popular y multitudinario. Ahora rinden culto a las películas de Armando Bo e Isabel Sarli, a las fotonovelas, al circo criollo o a los folletines de Radio del Pueblo. Sueñan con un pasado idílico que nunca tuvo lugar.

Es verdad que poca gente lee literatura. Pero siempre ha sido así. Han hecho mucho más por difundir el placer de la lectura Osvaldo Soriano hace algunos años o Claudia Piñeiro ahora que todos ustedes juntos. Incluso tolerando la impertinencia de su desprecio y su megalomanía académica. “La gente no lee”, repiten cada vez que alguien les ofrece la oreja, porque no se animan a decir “la gente no me lee”. La gran literatura no tiene público sollozan por las esquinas. Tal vez uno de los motivos de que eso suceda es que los libros los escriben ustedes.