EL TEDIO

Morón-20121229-00606
Estoy tan aburrido que salgo todos los días a andar una hora en bicicleta. Llevo a Thelonius Monk lamiéndome los oídos y a un asiento duro como el titanio incrustándose en mi periné. Voy hasta la cuadra más linda del mundo que corre detrás de la estación de Haedo. Es un lugar encantador con casas de estilo inglés donde vivían funcionarios del antiguo ferrocarril y un empedrado que guarda la memoria del penal de Ushuaia. Hay un par de barcitos con mesas bajo la sombra de los paraísos donde me siento a tomar un cortado y a escuchar música antes de emprender la vuelta. Me gusta estar solo, detenerme a observar a la gente, buscar detalles minúsculos, inventarme historias.

 

Hoy encontré a una pareja de unos sesenta años sentada a menos de un metro de donde estaba yo. La mujer era inquieta, gordita, de cabello corto y pintada como una puerta. Tenía dos aros enormes de color turquesa y una gargantilla del mismo color. El tipo era delgado, canoso, taciturno, concentrado en sus propios pensamientos. Quieto como una estatua. Tomaban dos Sprite en vasos altos con hielo y comían maníes que sacaban de unas canastitas de mimbre. Los pelaban, ella apretándolos entre dos dedos, él mordiéndolos con violencia. Ella ordenaba las cáscaras amontonándolas sobre una servilleta de papel, él las escupía al costado de la silla. No se decían ni una palabra. La mujer hizo llamada con su celular. Hablaba con Olga, le repitió varias veces que estaba con Julio en un barcito de la estación pero que como él siempre estaba mudo ella necesitaba conversar con alguien. Que esperaban el tren de las 19 hs porque él trabajaba aunque fuera feriado, que no tenía ninguna necesidad pero que lo hacía de todos modos porque era un cabeza dura. El hombre comía maníes con la mirada en el horizonte. Ausente. Dos o tres veces miró el reloj. Me pareció que, como yo, también él estaba aburrido.

 

Una pareja se sentó a poca distancia de nosotros. La mujer era delgada, joven, bellísima. El hombre alto, flaco, relajado. Pidieron una botella grande de Stella Artois. Ella se puso de pie y comenzó a hacerle masajes en el cuello a su compañero. El tipo de la primera pareja se quedó mirando a la mujer con una atención extrema. Fascinado. Y yo también. Tenía los dedos largos y finos, la línea de las apófisis transversas le dibujaba un surco sobre la espalda, las piernas rotundas y musculosas. Llevaba una vestidito rosa, blanco y celeste de algo parecido a la seda que le caía con una gracia infinita. Las nalgas se elevaban contradiciendo a la gravedad y el nacimiento de los pechos se hundía como una invitación debajo de la tela. El cabello se derramaba sobre los hombros desnudos como olas negras sobre piedra mojada. El primer hombre me miró con esa solidaridad masculina que no necesita palabras pero busca testigos. Hice un gesto afirmativo con la cabeza para confirmarle que lo que estábamos viendo era real y maravilloso. Eso pareció tranquilizarlo. Su mujer cortó la llamada. Balanceaba los pies de atrás hacia adelante rozando el suelo con un ruido impertinente y molesto que rompía el hechizo de la escena. El tipo escupía cáscaras de maní cada vez más lejos. La mujer le quitó la canastita de un manotazo, “no seas asqueroso”, le dijo. El tipo se la sacó y siguió comiendo y escupiendo. –“Yo también sé hacer masajes en el cuello”, le dijo con tono recriminatorio. –“No es el masaje, tarada, son las manos”, le respondió. Tuve ganas de abrazarlo. Se paró, agarró un bolsito azul que decía “Just do it” y empezó a caminar. Llegó el tren, subió. La mujer se quedó parada sobre el andén con destino a Once saludando con la mano en alto. El tipo desapareció de espaldas dentro del vagón sin darse vuelta. La mujer bajó la mano hasta la altura de los ojos. Se quedó un instante mirándose los dedos. Después sacó el celular y volvió a llamar a Olga. Yo me volví pedaleando despacito con Thelonius y John Coltrane calentándome las orejas por la avenida Rivadavia.
  • Ana

    ¿Para cuando la edición del libro de relatos?

  • aflichten

     Me moriría de verguenza Ana. Cariños.

  • Ana

     No sé por qué. Sería un bello libro que yo recomendaría fervientemente y regalaría en cada cumpleaños, navidades, etc.
    Sé que no es muy afecto a las festividades, pero igual le deseo un gran 2013. No digo feliz, porque bueno, por ahí es una palabra un poco pretensiosa. 🙂

  • Aflichten

     Muchas gracias Ana, mis mejores augurios para vos y los tuyos.