Escenas de un hombre agotado (I)

porro.htal

Son la 3.45 de la madrugada, me siento en el auto en el estacionamiento del hospital. Apoyo la cabeza sobre el respaldo del asiento. Siento un colapso total de la energía. Algo se ha apagado en mi interior. Estoy exhausto. Disfruto de la huida de mi cuerpo. La tensión de mis músculos se niega a volver desde el abismo hacia el que se ha precipitado. Fluyo en una deriva de sensaciones. Estoy a merced de mí mismo pero sin que exista un “yo” que me gobierne. Las imágenes me llegan sin filtros crudas, sin un sentido que me permita comprenderlas. Entran y salen como en una pantalla enloquecida sobre la que se proyectan al azar retazos de distintas películas. Un caleidoscopio. Un caos de la razón. El devenir insensato de fragmentos dispersos sin nada que los vincule. Veo y recuerdo hechos aislados.

Un enorme árbol de Navidad se enciende y se apaga en la oscuridad del parque. Detrás, el edificio del hospital es un gigante monstruoso con cabeza de cemento y pies de sirenas de ambulancia. Las escenas me llegan desdibujadas como si las viera a través de un líquido espeso. Como alguien que observara el mundo desde el interior amniótico y feliz del vientre de su madre. Me abandono al fluir de la conciencia. La noche, la soledad del encierro y la huida de mi voluntad lo hacen posible.

Una pareja de adolescentes se mueve en las sombras bajo el monte de eucaliptus. Él está sentado en el piso. Se agarra la cabeza con las manos y se balancea como en una plegaria. Me parece que llora. Viste una camiseta de la selección argentina con el número 10 en la espalda. Una gorra azul con la visera hacia atrás. Las zapatillas tienen algo fosforescente que destella cada vez que mueve un pie. Una chica lo abraza. Le acaricia la cara, le frota la espalda. Intenta consolarlo. Se para, lo rodea y vuelve a agacharse. Está inquieta. No logra calmarlo. Él parece indiferente a todo. Se balancea sosteniéndose la cabeza. Ella saca de un bolso un paquete envuelto en papel de diario. Arma un cigarrito. Lo enciende y se lo coloca en la boca. Una luz intensa de fuego anaranjado se excita cuando él aspira y luego se atenúa hasta hacerse débil y amarilla. Ella lo sacude, lo abraza, lo besa. Busca la forma de rescatar a su compañero del dolor. No sabe qué hacer. La chica desaparece detrás de un auto viejo con la carrocería oxidada y grafitis pintados con aerosol negro sobre los vidrios. Vuelve cargando un enorme radiograbador. Enciende el único faro que funciona. Pone  la música a todo volumen. Baila iluminada por la luz que como un cíclope la mira con su único ojo. Suena una canción triste, elemental y primitiva. Una música que me resulta ajena y me incomoda. Se mueve con una gracia infinita. Es una silueta sensual recortada por la luz sobre la oscuridad de la noche. Esa música salvaje. Está hecha para ella. A la medida de sus muslos y de sus caderas. Lo obliga a ponerse de pie. Él parece recobrar el aliento. Sin soltarle las manos, se acercan y se separan mientras las piernas se entregan a la cadencia básica de la percusión. Él la hace girar sobre sí misma. Se acercan hasta que los cuerpos se tocan y vuelven a separarse. Bailan con las bocas calladas y el corazón desnudo. Un policía se acerca con una linterna. Lo conozco, somos amigos. Le hago señas para que no los moleste. Hace un gesto de disgusto y vuelve a su refugio nocturno de cerveza caliente y milanesas frías. La chica se descalza y sube al capó del auto y después al techo. Es un ángel adolescente bailando sobre las ruinas de un mundo que no le pertenece. Él le tira besos al aire y la acompaña bailando sobre el pasto. Fuma con pitadas largas escondiendo el cigarrito entre las palmas que forman un cáliz. Hace un calor del trópico. Pero ellos no lo sienten. La chica se agacha y le ofrece su boca. Es casi una niña pero ya se la  ha revelado el secreto de su inmenso poder. Sabe que es un bálsamo divino para aplacar el dolor del hombre que quiere. Bailan una danza hormonal y prohibida. Una ceremonia escandalosa que conjura a la muerte. Una celebración pagana. Nadie encuentra consuelo ante la muerte. Pero ellos todavía no lo saben.

Los miro y siento en el cuerpo mi propia vida desangrada de fuegos. Me doy verguenza. Enciendo el motor.