Escenas de un hombre agotado

magritte_ beso tapado

magritte_ beso tapadoEl fluir de la conciencia.

Son la 1.45 de la madrugada y acabo de subir al auto en el estacionamiento del hospital. Apoyo la cabeza sobre el respaldo del asiento. Siento un colapso total de la energía. Una luz se ha apagado en mi interior. Quiero quedarme en este lugar, en esta misma posición. Estoy exhausto. Disfruto de la huida de mi cuerpo. La tensión de mis músculos se niega a regresar desde el abismo hacia el que se ha precipitado. Fluyo en una deriva de sensaciones del momento y de recuerdos del día que termina. Estoy a merced de mí mismo pero sin que exista un “yo” que me gobierne. Las imágenes llegan sin filtros, crudas, sin un sentido que me permita comprenderlas. Entran y salen como en una pantalla enloquecida sobre la que se proyectan al azar retazos de distintas películas. Un caleidoscopio. Un caos de la razón. El devenir insensato de fragmentos dispersos sin nada que los vincule. Veo y recuerdo sucesos aislados. Un enorme cartel anaranjado con letras negras se destaca en la oscuridad del parque. Leo : “Gripe A: si usted tiene fiebre o dificultad para respirar siga el camino señalado por las flechas”. Las escenas me llegan desdibujadas como si las viera a través de un líquido. Como alguien que observara el mundo desde el interior amniótico y feliz del vientre de su madre. Me lo permito. Me abandono al fluir de la conciencia. La oscuridad de la noche, la soledad del encierro y la huida de mi voluntad lo hacen posible.

 
1. Una niña que no tiene más de catorce o quince años está –desde hace tres días- acostada sobre una cama en una sala de aislamiento. Su madre y una hermana están internadas en otro sector para pacientes menos comprometidos. Está embarazada aunque ella aún lo ignora. Una máscara le tapa la boca y la nariz y la conecta a un dispositivo de administración de oxígeno. Varios frascos cuelgan de un pié metálico e ingresan a sus venas a través de dos cánulas flexibles. Mira con los ojos desmesuradamente abiertos hacia todas direcciones. No logra mantenerlos quietos. Yo estoy en una sala contigua rodeada de vidrios desde la que es posible ver a cada enfermo en su pequeña habitación distribuidas en un semicírculo perfecto. El grupo de personas con el que me encuentro discute un caso. Me aburro. Concentro mi atención en la niña. Algo en su actitud anticipa un estallido. Sus pies asoman debajo de las sábanas. Contrae los dedos, luego los extiende y los abre con fuerza. El pie izquierdo primero y luego ambos se agitan desde atrás hacia delante. Las sábanas vuelan por el aire y ella se sienta. Grita. Con movimientos veloces y enérgicos se arranca la máscara y las agujas. Un chorro de sangre oscura se desliza hacia el piso en cámara lenta. Mueve la cabeza a derecha e izquierda y eleva los brazos con las manos en garra. Grita, pero no entiendo qué dice. Todos miran hacia su habitación. Emite extraños sonidos. No son palabras pero suenan desgarradores. Alaridos que el lenguaje no podría nombrar.

Mi amigo L -que ha transitado casi todas las formas de la estupidez que la medicina ofrece y que son infinitas- extrae una de sus clásicas conclusiones automáticas.

– Es hipoxia, agitación por déficit tisular de oxígeno, una encefalopatía. ¡Hay que intubarla de inmediato!

Las cabezas giran para mirar el monitor de saturación de oxígeno que muestra valores normales. Pero a L. nunca lo amedrentaron los hechos. Actúa como alguien que tuviese un zapato y fuese a la zapatería para comprar un pie. Él prueba los pies hasta dar con el que entra en su zapato como el príncipe de Cenicienta. Pero cuando no puede encontrarlo mutila el pie hasta que se adapta al único zapato que conoce.

La niña grita sentada con los pies colgando en el aire al borde de la cama. Está aterrada. Ha permanecido sola desde hace varios días dentro de una burbuja de vidrio observada por personas desconocidas que no se le acercan a menos que resulte indispensable, siempre cubiertas y protegidas. Arroja contra las paredes todo lo que encuentra al alcance de sus manos.

L. se aferra a su “hipótesis zapato” e  indica a la enfermera que cargue una jeringa con 15 mg de Midazolam.

Ahora ella alterna gritos con llanto. Da golpes de puño contra la pared. Manuela entra a la sala sin que nadie se lo pida. Se acerca a la cama esquivando un vaso que la recibe volando por el aire. Se detiene a su lado. Se miran. Manuela siempre comprende lo que ocurre. Se quita el barbijo y los guantes. Le ofrece su cara y sus manos desnudas. Le toma la cabeza con ambas manos debajo de la mandíbula. La acaricia. La niña se serena de inmediato. Le devuelve el gesto extendiendo sus palmas hacia arriba. Entrelazan los dedos y se los aprietan mutuamente durante algunos segundos. La niña se acuesta. Toma la máscara y se la coloca ella misma. Estira el brazo para que Manuela vuelva a insertar un catéter en sus venas. Se duerme.
Sigo inmóvil dentro del auto. La noche es helada y negra. Algunas luces se derraman encendiendo pequeños sectores del parque. El resto es una oscuridad compacta que no tiene principio ni fin. Mi mente se ha independizado de mi cuerpo. Las escenas atraviesan mi cabeza como un tren furioso haciendo sonar su silbato y luego desaparecen dejando una estela de humo denso hasta que se disuelve en el horizonte.

 
2. Ignacio es bioquímico. Está concentrado sobre una máquina centrífuga en el laboratorio. Procesa muestras para determinaciones de PCR del virus Influenza. Yo espero el resultado de uno de mis pacientes. Sin quitar la vista de la mesada me pregunta.

– ¿Has visto algún paciente con el síndrome del miembro fantasma?

– Sí, varios.

– Ellos sienten que la pierna que les han amputado aún existe. Les duele, creen que pueden moverla.

– Sí, lo conozco bien.

Camina algunos pasos y se inclina para hacer anotaciones en un enorme cuaderno de tapas negras. Luego se sienta frente a la pantalla de una computadora y escribe.

– ¿Sabés? Creo que yo estoy padeciendo el “síndrome de la mujer fantasma”.

Nos conocemos desde hace muchos años. Trabajo casi a diario con su reciente ex mujer. Se han separado hace apenas un par de semanas. Sabe que no voy a hablar de ella de quien soy amigo y compañero. Le digo algo que no me comprometa con opiniones que no quiero dar.

– Bueno, es posible que todas las mujeres sean fantasmas. Siempre imaginamos tenerlas aunque no las hayamos tenido jamás.

– No me lo vas a creer. Pero Julia aún está en mi casa. Decidió irse hace pocos días. Pero te aseguro que aún está allí.

– ¿Y vos quisieras que termine de irse o que se quede en tu casa como un fantasma?

– Al principio creí que tenía que expulsarla definitivamente. Hacía planes. Pero luego no podía cumplirlos. ¿Sabés? Hay una sandalia suya que asoma la nariz por debajo de la cama. Es rosa o lila y tiene una tira larga con una hebilla dorada. Uno de los cuatro agujeros está gastado y más abierto que los otros. Ese detalle mínimo me rompe el corazón. Sin esa señal tan potente de su presencia podría haberla tirado la misma tarde en que Julia se fue de casa. Pero no puedo ni tocarla. No quiero hacerlo. Ni siquiera he buscado debajo de la cama para saber si está la otra sandalia. Siento que algo de ella permanece allí.

– Entiendo, creo que a mí me sucedería lo mismo. Las mujeres son así, se prolongan en todo lo que tocan. Contaminan las cosas que ya nunca vuelven a ser anónimas. Como el virus que estás buscando ahora mismo. Ingresan en nosotros y se replican hasta el infinito. Eso puede llevarte al cielo o al infierno. Pero es imposible saberlo hasta que te han infectado. Ya se sabe como son los virus…

En ningún momento deja de hacer su tarea. Escribe, busca datos en la pantalla, carga la centrífuga con nuevas muestras. Se desplaza con lentitud. Camina con pasos cortos que se demoran como si una pierna tuviese que esperar que la otra la autorice para comenzar a moverse.

– ¿Vos la ves todos los días?

– Casi todos.

– ¿Y, cómo está?

– Preferiría que eso se lo preguntes a ella.

– ¿Sabés? Julia nunca aprendió a cocinar. En casa lo hacía yo cuando queríamos tener una cena decente. Lo hago bastante bien, me gusta. Ella lo detesta, lo considera una ofensa a su dignidad de género.

– La conozco, puedo imaginarme lo que siente en la cocina.

– Ahora cocino sólo para mí. Pero ocurre algo muy curioso, ¿sabés? Sigo el procedimiento de costumbre. Pongo atención y me esmero en hacerlo. Pero cuando pruebo la comida tiene el mismo espantoso sabor que cuando la hacía Julia. Le sobran o le faltan condimentos. Está cruda o quemada. Entonces recorro paso a paso lo que hice pero no encuentro el error. Estoy seguro de que ella cocina a través mío. Me dirige para demostrarme que aún está allí. Pensé en tirar la comida a la basura la primera vez, pero no lo hice. Desde entonces me siento a la mesa, me sirvo una copa de vino y como esa horrible comida. Dejo cada bocado un tiempo largo en mi boca para registrar cada partícula de ese desagradable sabor. Pero por algún extraño motivo, mientras lo hago, me siento inmensamente feliz.

Suena la alarma del equipo. Ignacio extrae el reporte y me entrega el resultado. Me despido y abro la puerta para salir.

– ¿Pensás que lo que me ocurre no es sano?

– No lo sé. Pero yo no intentaría averiguarlo. El amor es una enfermedad muy extraña. Nadie está enamorado y sano al mismo tiempo. No serías el primero a quien el fantasma de una ausencia lo acompaña con toda felicidad.

– ¡Pero es que esa mujer que está en casa no es real…!

– ¿Y las demás? ¿Vos podrías asegurarme que lo son?

Cierro la puerta y respiro aliviado.
Debería intentar moverme. Encender el auto y regresar a casa. La noche se ha hecho compacta como un telón negro desplegado sobre el mundo. Pero no puedo hacerlo. Soy un ser sin voluntad hipnotizado por sus propias visiones.

 

 
3. A pocos metros de distancia una pareja de adolescentes se mueve en las sombras. Los observo como a una escena de cine mudo. Ambos tienen la cara cubierta por barbijos blancos. Él está sentado en el piso. Se toma la cabeza y se balancea como en una plegaria. Tal vez llore. Viste una camiseta de fútbol de la selección argentina con el número 10 en la espalda. Usa una gorra azul con la visera hacia atrás. Las zapatillas tienen algo fosforescente que destella en la oscuridad. Una chica lo abraza. Acaricia su cara y le frota la espalda. Intenta consolarlo. Se para, lo rodea y vuelve a agacharse. Está inquieta. No logra calmarlo. Él parece indiferente a todo. Ella toma su bolso y extrae un paquete envuelto en papel de diario. Arma un cigarrito en pocos segundos. Lo enciende y se lo coloca en la boca. Una luz intensa de fuego anaranjado se excita cuando él aspira y luego se atenúa hasta hacerse débil y amarilla. Ella lo sacude, lo abraza, lo besa. Busca la forma de rescatar a su compañero del dolor. No sabe qué hacer. La chica desaparece detrás de un auto viejo con la carrocería oxidada y grafitis pintados con aerosol negro sobre los vidrios. Regresa cargando un enorme radiograbador. Enciende la única luz que funciona del auto y sale. Pone música a todo volumen. Baila iluminada por la luz del faro que como un cíclope la mira con su único ojo. Suena una canción triste pero elemental y primitiva. Una música que me resulta ajena y me incomoda. La chica se mueve con una gracia infinita. Es una silueta sensual recortada de luz en la oscuridad de la noche. Entonces comprendo el propósito de aquella música salvaje. Está hecha para ella. A la medida de sus muslos y sus caderas. Toma de las manos al joven y lo obliga a ponerse de pie. Él parece recobrar el aliento. Sin soltarle las manos, se acercan y se separan mientras las piernas se entregan a la cadencia rudimentaria de la percusión. La toma de un brazo y la hace girar sobre sí misma. Se aproximan hasta que los cuerpos se tocan y vuelven a separarse. Bailan con las bocas cubiertas y el corazón desnudo. Un policía se acerca con una linterna. Somos amigos. Le hago señas para que no los moleste. Hace un gesto de disgusto y vuelve sobre sus pasos a su refugio nocturno de cerveza caliente y milanesas frías. La chica se descalza y sube guiada por el joven al capó del auto y luego al techo. Es un ángel adolescente bailando sobre las ruinas de un mundo que no le pertenece. Él le arroja besos al aire y la acompaña bailando sobre el pasto. Fuma levantando el barbijo en cada pitada. Hace un frío polar pero ninguno de ellos lo siente. Ella se agacha y le ofrece su boca tapada y su lengua indiscreta. A esa pequeña mujer ya se la  ha revelado el secreto de su inmenso poder. Sabe que es un bálsamo divino para aplacar el dolor del hombre que quiere. Bailan una danza hormonal y prohibida. Una ceremonia escandalosa que conjura a la muerte. Una celebración pagana para quienes no tienen nada, excepto a ellos mismos. Nadie encuentra consuelo para la ausencia. Pero ellos aún no lo han averiguado.

Los miro y siento en el cuerpo la presencia de lo inútil. De mi propia vida desangrada de fuegos. De la traición cobarde y la ceguera voluntaria. Me miro en ellos y me doy verguenza. Enciendo el motor.

 * Imagen Rene Magritte