Escepticemia

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escepticemia.portadaEl escepticismo táctico y la mirada lúcida

Sigo cada publicación de Gonzalo Casino desde hace más de una década. Mucho tiempo antes de imaginar que alguna vez tendría la posibilidad de establecer un contacto personal con él. Leía y releía cada columna de “Escepticemia” lleno de admiración. Llevaba sus comentarios al hospital y los discutíamos con estudiantes y residentes, cada encuentro era una fiesta, una celebración de la inteligencia y del pensamiento crítico.  Recuerdo el modo obsesivo con que subrayaba párrafos enteros intentando encontrar el secreto del embrujo que sus textos me producían. Quería aprender, quería encontrar lo que yo no tenía, lo que nadie nunca me había enseñado. Pero primero debía saber qué era, cuál era la clave que hacía a su trabajo tan diferente de todo lo que conocía. Ahora comprendo que Gonzalo Casino pone en sus textos un combinación -en dosis precisas y equilibradas- de conocimiento científico, sensibilidad para interrogarse acerca de su significado o relevancia y una “saludable dosis de escepticismo” para avaluar aquello que se afirma. Todo ello narrado con habilidad literaria y humildad, virtudes tan poco frecuentes en nuestro medio.

La medicina es una práctica con fundamento científico. No es una ciencia, pero aplica las bases del pensamiento racional y busca tener pruebas del beneficio de lo que hace cuando ello es posible. Es una disciplina humana orientada a atenuar el sufrimiento de los enfermos. Corre sobre una delgada línea roja entre la ciencia y las humanidades. Su objetivo son las personas. Va desde la epidemiología de las grandes poblaciones a las historias íntimas e irrepetibles de los individuos singulares; desde los gabinetes de investigación básica hasta la cama de los pacientes. Es en ese trayecto entre lo general y lo particular donde se corre el riesgo de perderse, de extraviar sus objetivos primarios. Gonzalo Casino es una guía lúcida y sensible para orientarse en ese camino.

Un escéptico es alguien que, lejos de aceptar todo lo que se le dice, duda. Analiza los datos evaluando el modo en que fueron obtenidos, busca contraejemplos, revisa su eficacia, examina su compatibilidad con otros principios generales establecidos y las consecuencias de su aplicación. No admite el principio de autoridad ni de la tradición, sino el de la prueba. Es lo contrario de un dogmático. Mientras el escéptico es un escrutador permanente, el dogmático acepta o rechaza con sumisión. En general, la historia de la humanidad muestra que se ha preferido proteger un sistema de creencias compartidas más que ponerlo en duda y cuestionar su validez. Hay razones incluso evolutivas para que ello haya ocurrido así. Pero la ciencia se funda en la oposición activa a esos principios. Las creencias admitidas sin crítica impiden avanzar. Nos fijan al pasado y nos hacen obedientes. Evaluar razones antes de creer o no creer es un fenómeno reciente. El método científico ha sistematizado los procedimientos para lograrlo de un modo riguroso y eficaz. Sin embargo, al menos en la medicina, la manera en que nos apropiamos de las novedades suele parecerse al acatamiento silencioso con el que se aceptaban mitos y creencias infundadas en el pasado. No es excepcional que se admita la “autoridad” de la ciencia con la misma reverencia con que en otras épocas se aceptaron otras “autoridades”. Pero, precisamente esa actitud, contradice los principios científicos. Esa es, tal vez, la mayor enseñanza de Gonzalo Casino. Nos muestra el modo de incorporar el conocimiento respetando sus propias leyes, es decir, dudando.

El lema del escéptico es: «Duda antes de dar tu conformidad; y, si alguna duda razonable persistiese, suspende el juicio y aplaza la acción o no actúes de modo alguno». Ello nos permite exigir a lo que se nos dice que respete ciertas normas lógicas: no violar la ley de la no contradicción, aportar datos pertinentes que respalden lo que se afirma, honestidad intelectual, derecho a la libre indagación y al debate racional abierto. El escéptico constructivo se opone a los traficantes de mitos y a los impostores. Descree de las revelaciones y desconfía de las intuiciones privilegiadas. Sin embargo no es prudente el ejercicio del escepticismo radical (que asegura que nada puede conocerse), es preferible ejercer un escepticismo táctico (es lícito dudar hasta que las pruebas y los argumentos demuestren lo que se afirma). Se sabe que en los hechos solo puede alcanzarse una razonable plausibilidad así como verdades aproximadas o parciales.

En la era de la Medicina Basada en Evidencias el flujo incesante de información demanda nuevas aptitudes profesionales. La dificultad ya no se encuentra en el acceso al conocimiento sino en la necesidad de anteponer un filtro crítico a lo que se nos ofrece. El volumen de conocimiento disponible hace mucho tiempo que ha superado la escala humana. Saber seleccionar de acuerdo a criterios de relevancia clínica es hoy un imperativo urgente. El riesgo de carecer de estas competencias es convertir en reglas dogmáticas aquello que no lo es y en deshumanizar el acto médico en favor de la aplicación rígida y algorítmica de meros cursos de acción. Cada artículo de “Escepticemia” es una puesta en práctica de un modo de procesar los datos desde esa perspectiva. Lo que Gonzalo Casino implementa es una forma de pensar, un abordaje que busca extraer significado a la información. La medicina científica ha logrado numerosos éxitos, pero nadie debería estar dispuesto a pagar por ello el precio de la pérdida de la compasión, de la empatía ni del vínculo entre un ser que padece y otro que puede, quiere y debe ayudarlo.

“El propósito de la medicina no es librar al paciente de anormalidades sino hacerlo vivir más y mejor”, solía decirnos a sus alumnos el maestro de la medicina argentina, Dr. Alberto Agrest.  Muchas de las columnas de Casino sacan a la luz situaciones donde esa perspectiva se desdibuja oscurecida por la proliferación indiscriminada de biomarcadores y sofisticadas pruebas de diagnóstico. Nos alertan ante el peligro de confundir objetivos parciales y mensurables (subrogantes) con los objetivos finales y cualitativos que dan sentido a la existencia de una persona. La prevención enfática, la medicalización de la vida cotidiana y de los malestares no patológicos, la obsesión por la cifra y la incapacidad para evaluar los valores y deseos de cada individuo. Cada uno de estos riesgos que acechan a la práctica médica son señalados por la palabra de un escéptico sensato que no se deja deslumbrar por el mito ni las falsas idolatrías.

Superar el encierro disciplinar

Este libro es una muestra de intersección de saberes que desafía los compartimientos estancos de la academia.  Su autor no se encuentra encerrado dentro de los límites de su propia disciplina profesional, por el contrario, se abre al mundo del arte con la misma naturalidad con la que circula por los laberintos estadísticos o moleculares de la ciencia. La sensibilidad de Gonzalo Casino se despliega en todo su esplendor ya sea al analizar un trabajo de investigación en neurociencias como al desmenuzar una obra de Francis Bacon. El modelo de intelectual que encarna es el de un nuevo renacimiento que se sustenta en la “in-disciplina”, en el pensamiento libre, creativo y fundamentado.  Su propuesta excede a la del mero periodismo médico para dar muestras de lo que es capaz de hacer un pensador “anfibio” que puede explorar territorios diversos porque que sustenta su habilidad de explorador en una forma racional y al mismo tiempo sensible de enfrentar los temas fundamentales de la condición humana.

Usted, lector, encontrará en este libro no solo un caudal de información científica relevante, sino -y mucho más importante- una forma imaginativa y reflexiva de evaluarla y de trasladarla al mundo real. Cada tema que Gonzalo Casino somete a su escepticismo táctico y lúcido (a veces implacable) desnuda su opacidad, sus incertezas, sus debilidades y fortalezas. La práctica de la medicina ya no puede basarse en el sometimiento a la autoridad ni a criterios de supuestas verdades reveladas. Pero tampoco debería convertirse en la aplicación indiscriminada de reglas que no contemplen el contexto o los valores y deseos de las personas. Lo que Casino nos ofrece es una “mirada”. Una iluminación sobre lo que muchas veces se anuncia como transparente y sin fisuras –consagrado por la tradición o por el impoluto manto de la ciencia- pero que casi nunca lo es. Lo que un libro como este nos deja a sus lectores es una actitud intelectual liberadora, un resguardo que nos protege de la insensatez del ingenuo que se siente dueño de certezas absolutas y se cree autorizado a formular generalizaciones indiscriminadas.

Me ha tocado como editor publicar las columnas de “Escepticiemia” en IntraMed durante algunos años. He vivido en carne propia la ansiedad de cada mes esperando el envío de Gonzalo Casino para saber con qué tema se había animado en esa oportunidad. Ha sido para mí un motivo de orgullo personal ofrecer su pensamiento a una enorme cantidad de colegas hispanoamericanos y comprobar el modo sutil con que esas lecturas encendían el debate y la reflexión sobre la propia práctica. Ver ahora aquellos textos transformados en un libro supone una alegría para todos.

Un libro es un objeto único, leer una actividad privilegiada e indispensable. No importa cuánto conocimiento se nos ofrezca, la única manera de evitar el naufragio en el flujo arrollador de información es contar con las herramientas para evaluarla críticamente y apropiarnos de lo que resulta relevante para nosotros y para las personas a quienes asistimos a diario. Pero también, usted lector, encontrará en este libro sobrados motivos para el goce intelectual. Podrá vivir en cada página esa forma superior de la felicidad que es disfrutar del espectáculo de la inteligencia y del talento narrativo. Gonzalo Casino nos ofrece con generosidad una oportunidad única e infrecuente. La de recuperar el placer por el pensamiento y de rescatar a la razón insumisa de la pesada carga del asentimiento dócil y de la confusión entre información, conocimiento y sabiduría. Usted pasará este magnífico libro de mano en mano. Circulará como una ofrenda entre la gente que aprecia, entre los más jóvenes y los más viejos. Querrá compartirlo porque no podrá olvidar que mientras lo leía fue feliz. Lo que lo espera en las páginas que siguen será una experiencia enriquecedora, una llama que encenderá su esperanza en que el futuro no nos sumirá en un mundo de automatismo y de ciega aceptación. ¿Qué más le podríamos pedir a un autor? Solo nos quedará el agradecimiento y la admiración por haber contribuido a hacer de cada uno de nosotros mejores personas al leerlo.

Daniel Flichtentrei

*Pueden descargar el libro completo en la Fundación Esteve: http://www.esteve.org/cuaderno-escepticemia/
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