Fiesta en el puticlub

mnon.hombre50

El gordo Luis está vivo y los muchachos hicieron una promesa. Esos dos motivos cerraron esta tarde el puticlub de la calle Gaona donde seis primates y un grupo de nenas celebraron la vida del único modo en que saben hacerlo. Fiesta, Bacardi y minitas. Cuatros horas descontroladas mientras la ciudad dormía la siesta bajo los implacables cuarenta grados de la jornada más caliente del verano. Cuando lo internamos, hace diez días, a todos nos rondó la sombra de la muerte. La mesa del bar se quedó en silencio. Hubo lágrimas y recuerdos. Se armó un dispositivo solidario que no dejó sola a la mujer del gordo ni a sus hijos en ningún momento durante esa larga vigilia. Se armó una vaquita y se le puso en el bolsillo al hijo mayor lo recaudado. Siempre estuvo uno de nosotros en la sala de espera. El “boquita Marciotti” se encargó del negocio. Designó a uno de sus empleados de confianza para que se ocupara de todo. El “Coqui Barrale” y su esposa se encargaron de la alimentación de la familia de Luis. Dos veces por día llegaban con sus tuppers oliendo a los más exquisitos manjares. Nadie se quedó afuera del operativo “mono solidario”. Hasta los mozos del bar pasaban todos los días para enterarse de las novedades de la salud del gordo. El primer domingo con Luis internado brindamos por él. El “Cabeza” se quedó pensando durante algunos segundos, se puso de pie, levantó la copa y dijo: “Muchachos, si el gordo zafa de ésta vamos a cerrar el puticulub por unas horas y hacemos una fiestita en su homenaje. Dos chichis para cada uno y bebidas hasta la desgracia”. Todos se pararon, aplaudieron y se abrazaron. Uno por uno le fueron escribiendo mensajes al gordo en servilletas de papel que me encomendaron que guardara hasta que fuese posible leérselas en la Terapia Intensiva. Eran textos breves, salvajes, masculinos. Frases torpes de vestuario. Escritas con una Bic azul que le pidieron prestada al gallego. Decían cosas tiernas y brutales como éstas: “Gordo trolo, nadie te cree que se te rompió el corazón. A vos te están reconstruyendo el culo. Volvé, te perdonamos.”  Algunos optaron por estimularlo apelando a sus sentimientos de propiedad: “Gordo, no te preocupes. Acá los muchachos nos estamos turnando para atender a tu señora”. Yo guardé los papelitos y se los leí apenas Luis se despertó después de nueve días en coma farmacológico. Se le caían las lágrimas. Se emocionó tanto con esas muestras de cariño que tuve que suspender la lectura para evitar un colapso nervioso. Me pidió que le guardara los mensajes en el cajón de la mesita de luz. Quería conservarlos como un tesoro para el resto de su vida. Le conté de la promesa que habíamos hecho. Se puso tan contento. Se incorporó con el cuerpo lleno de cables. Sonaron las alarmas de los monitores con el movimiento. Me tomó del hombro y me dijo: “Por favor, pedile de mi parte a la Martita que les baile a los muchachos la de Luciano Pereyra. Ella te va a entender. Es mi regalo para ustedes”.  Durante la semana se guardaron todas las ganancias que cada uno obtenía en el Bingo de Morón. Hubo suerte, la cifra no resultó nada despreciable. El “Chupete Benítez” pasó por Carrfeour y compró tres botellas de Bacardi y tres de tequila José Cuervo especial. A las dos de la tarde estacionaron los autos en la Shell de enfrente y le recordaron al pibe las instrucciones de costumbre: “Ya sabés chango, a cualquiera que pregunte por alguno de estos coches le decís que están para lavado y cambio de aceite y que hay mucha demora”. Le tiraron unos mangos y cruzaron la avenida, serios y circunspectos, después de esperar la luz verde del semáforo como auténticos caballeros.

Un tipo enorme, rapado y serio, vestido con traje negro clausuró la puerta después que entraron tal como habían arreglado. El lugar era un inmenso salón con pisos de porcellanato beige y empapelado color salmón. Impecable y en penumbras. Un palacio kitsch con reflejos de luces fosforescentes violetas y amarillas. Sobre una barra de bar había una sirena como las que llevan en el techo los patrulleros o las ambulancias que hacía girar a toda velocidad una luz colorada. El aire acondicionado estaba al máximo. Todo caro, todo nuevo, todo horrible. Una mujer gorda de unos sesenta años los recibió saludándolos por su apodo. Les preguntó por la salud de Luis y por sus familias. Tenían una intimidad de parientes. La mujer los besaba en la mejilla como una tía comprensiva y protectora. A cada uno le fue entregando la llave de un locker donde debían guardar la ropa y una cajita de preservativos Prime texturados o saborizados de frambuesa a elección. Los muchachos pasaron al vestuario donde se dieron una ducha. Gritaban y cantaban bajo el agua. Algunos se empujaban o se hacían chistes acerca del tamaño de la panza. Actuaban como niños felices en un campamento salesiano. Pocos minutos después fueron saliendo cubiertos apenas por una toalla blanca con las iniciales del establecimiento bordadas y calzados con ojotas azules. Se acomodaron en sillones de hierro forjado con grandes almohadones estampados con guardas aztecas alrededor de mesas ratonas sobre las que había una vela cuadrada encendida y un pequeño hornillo que quemaba aceite aromático. Olía a sándalo y a patchouli como en un templo Umbanda. La señora sirvió los primeros vasos y dejó las botellas a mano junto a varias hieleras de vidrio con una pinza metálica. Sonaba “Corazón espinado” en la versión de Maná con Carlos Santana. Balanceándose al ritmo de esa música fueron apareciendo las chicas. Estaban semidesnudas. En ropa interior exótica o con minishorts apretados hasta el estrangulamiento. Formaban una hilera sobre la pared desfilando en una y otra dirección como las modelos sobre la pasarela. La escena resultaba maravillosa. Una ópera grotesca con la estética de una carnicería. A medida que las iban llamando se acercaban a las mesas y se sentaban sobre las rodillas del que las había señalado. Hubo un momento de discusión por la Samantha. Una morocha paraguaya aguerrida y musculosa con muslos de maratonista y carita de maestra jardinera. Finalmente se la quedó el “Coqui” quien se atribuyó derechos adquiridos sobre ella. El “boquita Marciotti” contó que desde hace años recorre los prostíbulos de Buenos Aires buscando alguna chica que use aparatos en los dientes. Hasta ahora no la ha encontrado pero no se rinde en su obstinada pesquisa alentado por esa rara inclinación por la ortodoncia. En pocos minutos cada uno tenía a dos mujeres sobre las rodillas. La Martita quedó libre. El “Cabeza” la tomó de la mano y le habló delante de todos: “A vos Martita hoy nadie te toca. Vas a ser nuestra invitada de honor en homenaje al gordo Luis que está internado. Sos su preferida, vas a ser la diosa de esta fiesta”. La chica lo miraba emocionada. Lo abrazó y le dio beso en la frente. No debe tener más de veintidós o veintitrés años. Es misionera, delgada, bellísima. El cabello castaño claro, largo y ensortijado hasta la cintura. Se esmeraba en parecerse a Shakira. Se llama Marta, le dicen Martita, aunque ella preferiría que la llamaran Sakirita, cosa que nadie hacía. El “Tata Marsili” no suele hacer este tipo de excursiones. Esta vez lo convencieron apelando al deber moral de la amistad con el “gordo Luis”. Es un hombre joven, profesor de literatura en un colegio de curas. Tiene dos problemas tremendos: el matrimonio y la religión. Lo dramático del caso es que él cree en ambas instituciones con una devoción admirable. Cuando escucha las anécdotas de los muchachos empieza haciendo dos o tres comentarios de reprobación. Es un reflejo condicionado al que nadie escucha. A los pocos minutos se descostilla de risa y no pocas veces se atraganta con las medias lunas en uno de esos accesos. Estaba sentado sobre un taburete de la barra con dos nenas paradas al costado abrazándolo. Se escuchaban voces de aliento: “Vamos Tato, animate que esto no es pecado”. Él miraba al techo y se persignaba mientras decía: “No muchachos, por favor no me hagan esto”. Simulaba hablar por su celular con su mujer: “Cristina, mi amor, esto no es lo que parece”. Empezó a sonar “La bomba loca”. Todos se pararon y armaron una improvisada pista de baile corriendo sillas y mesas hacia los costados del salón. Bailaban con sus dos acompañantes vestidos con una toalla como taparrabos y descalzos. Cantaban en un coro desafinado y asincrónico: “Con vos juego esta noche, juego a la bomba loca, yo te enciendo tocando, y bailando me brotas”. Se movían con una torpeza inaudita. Aplaudían, bebían, abrazaban a las chicas que estaban alegres y entusiasmadas. Un par de ellos se acercaron y bailaron juntos una danza de hombres ridícula y desarticulada. Tenían la gracia de una pareja de manatíes de los Everglades. Cada cinco o seis minutos alguien proponía un brindis por el “gordo Luis”. Todos respondían levantando los vasos y saludando al gordo a la distancia: “Este va por vos hermano”. Bailaron durante más de una hora. Algunos empezaron a retirarse hacia unos cuartitos minúsculos construidos con tabiques de Durlock. Desde allí llegaban risas y ruidos. Las tres personas que se encerraban en cada uno de esos habitáculos se gritaban cosas con sus vecinos a través de las paredes. Poco después se hizo un relativo silencio. La tensión del sexo inundó el ambiente. En el salón el Tata Marsili se quedó acompañado por sus dos chicas y la Martita. Les recitaba poemas de Gustavo Adolfo Becquer y de Sor Juana Inés de la Cruz. Mostraba los efectos del Tequila en los ojitos semicerrados y en el tono de la voz. Parado sobre un sillón declamaba: “Piramidal, funesta de la tierra / nacida sombra, al cielo encaminaba / de vanos obeliscos punta altiva…”.  Las chicas estaban fascinadas. Lo aplaudían y le pedían otra. El Tata les acariciaba el cabello y les decía: “Nunca, pero nunca jamás había estado tan feliz como ahora. Ustedes son unos angelitos del cielo.”  Los muchachos fueron regresando al salón con sus parejas dobles. Hubo más baile y más bebidas. A las seis y media la señora detuvo la música y les dijo: “Muchachos ya es la hora. Sus esposas se van a preocupar si no llegan a sus casas”. El “Cabeza” le dijo que no había problemas, que se querían quedar un rato más. Se abrazaron pasándose el brazo por la espalda y bailaron una especie de danza griega como Zorba. El “Coqui” hizo señas para que lo escucharan y les habló imitando la voz chillona de la señora: “Sus esposas se van a preocupar si no llegan a sus casas”.  Con una sincronización perfecta, como si lo hubiesen ensayado, todos dejaron caer las toallas al piso y se tomaron los genitales con ambas manos como una ofrenda al cautiverio de la monogamia. Nadie pudo dejar de reírse. La señora se acercó y bailó con ellos durante un largo rato.

El “Cabeza” trajo a la Martita de la mano y arrastró una mesa hasta el centro del salón. Los rodearon en círculo todos de pie. –“Martita, vos sos la diosa de esta fiesta. El gordo Luis nos dijo especialmente que te pidiéramos que nos bailes la canción de Luciano Pereyra para todos nosotros. No podemos fallarle”.  Volvió a tomarla de la mano y la ayudó a subir a la mesa. Hizo una seña a la señora y la música empezó a sonar. La Martita bailaba con pasos cortos. Adelante y atrás. Los brazos sobre la cabeza haciendo círculos. Tenía una pollerita roja con tablas. Tan corta que las nalgas asomaban como dos gajos turgentes de un fruto del paraíso. El cabello se sacudía y los hombros subían y bajaban. Durante los primeros momentos todos empezaron a cantar, bailar y batir palmas: “No vuelvas a ponerte otra vez el vestido rojo, no me responsabilizaré por los vidrios rotos”. Pero bastaron unos pocos segundos para que se hiciese un silencio absoluto. Sólo se escuchaban la música y el ruido de los zapatos de taco alto de la Martita rozando sobre la mesa. Los muchachos se quedaron inmóviles, mudos. La miraban con una actitud religiosa. Los ojos y la boca abierta. Extasiados. Las otras chicas participaban del embrujo. El momento se convirtió en una ceremonia. Un ritual que llegaba desde los tiempos más antiguos de la humanidad. Adoración y  estremecimiento. La Martita daba vueltas y vueltas. Con un movimiento apenas perceptible se desabrochó la pollera y la dejó caer al piso. La danza era sublime y animal. El culo redondo giraba sobre la mesa como suspendido en el aire. Se quitó la blusa y liberó dos pechos pequeños y perfectos. Los pezones oscuros. Erguidos como dedos señalando al horizonte. Tenía una gracia que no era de este mundo. Toda la sublime potencia de la hembra animaba a esos glúteos. El espectáculo era sobrecogedor. Un rayo divino que llegaba desde el cielo para iluminar a esa chica. Era Afrodita en su templo. Nadie podía hablar. Nadie pudo moverse. Ella bailaba ausente. Poseída por el don de la sensualidad. Mojada por el agua venenosa del deseo.  Habían pasado algo más de tres horas. Seis hombres habían jugado un rato un juego infantil e inocente en homenaje a un amigo enfermo. Nada de lo que sucedió esta tarde en ese lugar fue muy diferente de lo que hacen los chicos del jardín de infantes en un pelotero. Una pavada. Un juego de primates que no pueden dejar de ser niños. Pero lo de la Martita fue otra cosa. Todos comprendieron por qué el gordo Luis la hacía bailar esa canción una y otra vez cada Viernes en su cubículo privado. Esa chica puso sobre la mesa un misterio que no tiene nombre. La potencia milenaria de la especie. La tentación a la que cualquier hombre sabe que no se puede renunciar. Un prostíbulo puede ser una catedral. Una mujer algo que resiste a las palabras. Pero esta tarde, lo de la Martita… Lo de la Martita fue otra cosa. Y de eso no se habla.

Referencias:

Maná y Carlos Santana, “Corazón espinado”: http://www.youtube.com/watch?v=hFO0Nrr5z-U

Gustavo Cordera, “La bomba loca”: http://www.youtube.com/watch?v=5CtcgT-X0Tw

Luciano Pereyra, “El Vestido rojo”: http://www.youtube.com/watch?v=fstzhJR2QJc

Sor Juana Inés de la Cruz, “Primero sueño” (1685):  http://www.zapatosrojos.com.ar/Biblioteca/Sor%20Juana.html