El infierno y el paraíso

boca.sangre

No esperaba encontrarme con alguien como ella. Estaba de mal humor. Hubiera preferido no ver a nadie hoy. Me hizo pasar sosteniendo la puerta con una mano y señalándome un sillón con la otra. Los dedos eran largos y delgados. Me dio un beso. Su cabello me rozó el mentón. Quise olerla pero todo fue demasiado rápido. Apenas recibí una brisa caliente con sabor a manzanilla. Primero se concentró en mi boca a una distancia que las leyes deberían prohibir. Sin saber cómo la tuve a centímetros de mi nariz. Vestía un ambo blanco, inmaculado. Una gargantilla dorada con una minúscula piedrita blanca en el centro. Idéntica a la que tenía en los aros. Su cuello largo se perdía bajo el escote hasta resucitar en dos pechos que nunca vi pero que se insinuaban pequeños y rotundos. Entonces sí pude olerla. Cerré los ojos y concentré toda mi sensibilidad en la nariz. Percibí el fondo del océano y un banco de corales. Un toque de algas aromáticas y el perfume del verano. Me llegaba con oscilaciones de mayor o menor intensidad. Como si el flujo intermitente de la marea regulara el aliento del mar. A través de la ventana una tempestad se derramaba sobre los tejados y sacudía las copas piramidales de un montecito de pinos.

Al verla quedé paralizado. Sus ojos se habían encendido. Los labios tensos y furiosos. Comenzó a sacudirme la cabeza con movimientos convulsivos. Me movía hacia atrás y hacia adelante arrastrado por una mano delicada de la que extraía una fuerza que no podía ser de ella. Dos o tres veces pegué con la nuca sobre el cabezal del sillón. Vi que apoyaba la punta del zapato contra la pata de una lámpara halógena de pie para potenciar la energía desde un punto de apoyo más firme. Parecía gozar con lo que hacía como una diosa maligna y perturbada. Sobre una bandeja tintineaban elementos metálicos. Hizo una pausa breve: -¿estás bien?, me preguntó sin darme tiempo a responderle. Hice un círculo entre el índice y el pulgar para indicarle que sí, aunque no era verdad. Sonaba Personal Jesus en una versión en vivo de Depeche Mode: “Reach out and touch faith”. Yo hubiese querido subir el volumen. Volvió a embestirme con la potencia de un Scania. Confieso que dudé entre comerle la boca o pegarle un cross en la mandíbula. Las cosas se fueron complicando. Ahora todo mi cuerpo se sacudía. Me aferré con ambas manos a los brazos del sillón. Apenas aflojó un momento para recobrar fuerzas me incliné y escupí sangre. Me devolvió a la posición original empujándome contra el respaldo.

Tuve el deseo de arrancarle la chaqueta y sostener sus pechos sobre las palmas de las manos. No quería acariciarlos, quería pesarlos. Me imaginé besándola con los labios sucios de coágulos frescos. Alguien subió el volumen de la música. La lluvia se intensificó. Las gotas golpeaban contra los vidrios formando extrañas figuras que el viento disolvía antes de que pudiera encontrarles significado. El golpe final fue seco, decidido y brutal. La tensión cayó súbitamente. Mi cuerpo se derrumbó sin voluntad. Ella se alejó uno o dos pasos y me mostró una pinza chorreando sangre con una muela en la punta. -¿Te la querés llevar de recuerdo?, me preguntó. –A la muela no– le respondí –pero a vos te llevaría hasta el fondo del infierno.