Jet Lag

doct.MQ2
“La mano que toca queda suspendida,
a medio suspiro apenas del beso,
gemido a gemido se abre la herida
y la noche cae por su propio peso.…”
Jorge Drexler, “Toque de queda”
 

Cada vez que deja la guardia del hospital vuelve a sentir lo mismo. La sensación se repite como si fuese un programa que su cerebro ejecutara siempre igual. A las ocho le pasa las novedades a su reemplazo y hace el pase de sala con el jefe del servicio. Ocho y media sale al estacionamiento recién bañado y afeitado. La luz de la mañana le parece absurda, desmedida. La gente que baja de los colectivos y camina en todas direcciones lo hace sentir fuera del mundo, ajeno. ¿A dónde van? ¿De dónde vienen? Sube al auto. Enciende la radio. Las voces suenan como gritos. Son enfáticas y vertiginosas. Hablan de cosas que no le importan. Aunque las considera naturales el resto de los días de la semana. El clima, el tránsito, los diarios. Le parece imposible regresar. Se siente extranjero. Como si acabara de aterrizar desde otro planeta. ¿Cómo volver? La noche le pesa sobre los hombros. El soplido de los respiradores microprocesados y el beep de los monitores le grabaron un ritmo en su cabeza que ahora le falta. Es una ausencia que de a poco invaden los sonidos de la calle. No sabe qué hacer. Su cuerpo parece estar allí pero su alma no. Está vacío y desorientado. Atrapado en una frontera donde el tiempo y el espacio se detienen. No está en ninguna parte. Pone en marcha el motor. Duda entre bajarse del auto y volver o enfrentar la intemperie del mundo como un conductor suicida con los ojos vendados y el acelerador al palo. Busca música en la sintonía de la radio. Apoya la cabeza sobre el respaldo del asiento. Suena Jorge Drexler, canta “Toque de queda”. Escucha con atención. No comprende el sentido de lo que dice la letra de la canción pero le parece que le habla a él. No sabe por qué. Apaga el motor. Baja un telón detrás sus ojos. Recuerda su día de guardia. Ahora está en la habitación de médicos. Son las cuatro de la madrugada. En penumbras. El cuarto está apenas iluminado por la luz del baño que se filtra a través de la puerta entreabierta. Está acostado sobre la cama. Vestido y con zapatos. Con cada movimiento todo cruje como si se fuera a desmoronar. Se siente agotado. En la cama de al lado está su compañera. Ella también se ha derrumbado sobre las sábanas sucias. Tampoco ella se ha quitado el calzado. No la ve. Pero siente su presencia. El jadeo de su respiración. El olor a Kenzo y a Pervinox. No se dicen nada. El ruido de una gota cayendo desde una canilla es casi todo lo que oyen. Los dos respiran profundamente. Sus cuerpos les pesan toneladas. Se sienten solos y desamparados. Saber que el otro está allí es la única prueba de que están vivos. Se concentran en percibirse separados por noventa centímetros de noche y silencio. Buscan el reposo y el sosiego mirando el techo. La voz de ella llega como una mano extendida a través de la oscuridad. Un susurro que lo toca en la frente.

-No puedo más, necesito descansar.

– Quiero quedarme así para siempre.

-Sí, debería detenerse el mundo hasta que podamos recobrar el aliento.

– ¿No te parece que yo debería ir hasta tu cama y besarte, ahora?

Ella no responde. Él comprende que su silencio es una afirmación. No es la primera vez. Se pone de pie. Camina a tientas hasta su cama. Le corre el cabello de la cara. La acaricia con los dedos sobre el cuello. La besa en la boca. La desnuda y se acuesta a su lado. Traza un círculo perfecto con lalengua sobre el pezón. La abraza hasta la asfixia. Escucha el ruido del elástico desvencijado debajo del colchón y su gemido pegado a su oreja. Ella murmura algo que suena en sus ojos. Una frase que no recuerda pero que él ve como puntitos luminosos. Luciérnagas que bailan una coreografía caótica movidas por su voz. Una rara experiencia sinestésica. Después el ruido de la ducha. Los pasos que llegan desde el baño. Ella se detiene y le tira la toalla con que está envuelta sobre la cabeza. Se viste.

– Mañana es el cumpleaños de Julián. Vamos a hacerle una fiestita.


 – ¡Qué bueno!

– ¿Vos?

– ¿Yo qué?

– ¿Qué planes tenés?

– Nada. Ir a casa. Mi mujer, los chicos, el laburo.

Está inmóvil desde hace más de veinte minutos. Atrapado dentro del auto. Indeciso. Apaga la radio. Cientos de personas pasan a su lado. Un Ford Fiesta rojo entra al estacionamiento y se detiene a pocos metros. Baja un hombre joven con un bebé en brazos. Ella los abraza y toma a su hijo que aún parece dormido. Sube. Lo saluda con la mano a través del vidrio. Se van. Vuelve a encender el motor. Atraviesa el portón de salida. La avenida está repleta de coches, camiones y colectivos. Se detiene en el semáforo de la esquina. Abre el bolso que lleva en el asiento del acompañante. Asoman un par de medias y un frasco de desodorante sin tapa. Saca una caja de forros. Todavía hay dos sin usar. La tira por la ventanilla. El auto lo lleva de regreso. Mira por el espejo retrovisor. Baja la velocidad. Se demora. No quiere llegar. Hace tiempo. Espera a que el alma lo alcance antes de abrir la puerta de su casa.

 

  • Hernando-federico

    Como medico te digo que es irreal!!! Nosotros trabajamos!!! Y si! no damos a basto y sin embargo seguimos a pesar de la falta de respeto, las agresiones verbales y demas yerbas.
    Nosotros trabajamos cansados pero la mente esta lucida y la fuerza de nuestro corazon nos mantiene vivos…
    No hay tiempo para otra cosa que no sea trabajar y dormir donde sea cuando se puede!!!

    Suerte y Cada vez que alguien nos trate de ensuciar reviertan esa situacion porque nos afecta a todos…

  • patty

    Wow..h

  • Alex Montes

    No sea grave colega, a veces cosas “buenas” pasan en las noches de hospital…