Mi abuela y Darwin

darwin

El olor a pulpo al pil pil que llega desde la casa del vecino me lleva hasta el país de mi infancia. Como la magdgalena de Proust pero con aromas del  Cantábrico.

Siempre fui una gran preocupación para mis abuelos maternos. A ella le preocupaba que yo me conviertiera en hereje y a él que me hiciera puto.

La abuela Severina me llevaba de paseo al zoológico y me hablaba todo el tiempo de como Dios había creado a cada animal. Se persignaba con la velocidad de un rayo finalizando con un besito corto sobre la uña del pulgar cuando yo le decía que a los animales los había creado la evolución y que no existía ningún Dios. Vivía aterrorizada porque su primer nieto no había sido bautizado y estaba recibiendo una educación laica y anticlerical. Me hacía recorrer los relieves de la iglesia de San Martín de Tours contándome la abnegada historia de cada santo. Llevo a esa mujer sentada sobre la lengua. En días como los de hoy siento el sabor del agua de azahar de su rosca de Pascua y el delicioso gusto del atún de su empanada gallega de Semana Santa. Me escondía en el baño para regalarme huevos de pascua caseros lejos de la implacable mirada de mi viejo. Aunque cuando ella se iba él se sentaba conmigo y compartíamos el chocolate muertos de risa. La abuela le temía por blasfemo y desacatado, “preferiría que fuera un judío de verdad, pero ni siquiera eso”, decía cada vez que tenía oportunidad. Pero ese “hereje” me enseñó a quererla y a respetarla sin que ella se enterara jamás. “Cuando seas doctor me vas a tener que atender a mí que voy a ser muy viejita”, me susurraba al oído cuando me quedaba a dormir en su casa. Pero una apoplejía la atendió unos años antes de que yo me graduara.

Al abuelo en cambio le preocupaba el futuro de mi sexualidad. De acuerdo a sus proyecciones, un niño educado en una casa donde había más libros que bibliotecas, donde las paredes, el piso y hasta la escalera eran colonizadas por ejemplares que se extendían como plantas carnívoras ocupándolo todo, un niño en un hogar como ese tenía que salir maricón. “Largá los libros rusito que te vas a volver puto”, me decía cuando yo tenía cuatro o cinco años. Me hacía montar  un caballo que se llamaba “Manchado” al que azotaba con un rebenque para que saliera disparado como un rayo conmigo encima prendido de las crines. Después de algunos metros le chiflaba y el animal volvía al trote a comer azúcar de su mano.  Me llevaba al fondo para que viera como se hacía un asado y me hacía comer pedacitos de carne pinchados en la punta del cuchillo. No podía admitir que a mí me gustara echarme bajo los álamos a leer libros enormes con dibujos  que contaban las aventuras del Tigre de la Malasia. Una vez le conté una de esas historias y decidió llamar a uno de sus perros Yañez que parece que era el personaje con que más simpatizaba. “Rusito, los libros son para las mujeres y los maricas”, me decía entregándome un astrágalo de cordero con el que intentó en vano enseñarme a jugar a la taba.

A la abuela la aterrorizaba un cuadro que tenía mi viejo con el árbol genealógico de la filosofía occidental. Señalaba con el índice a Darwin y a Marx y me preguntaba, “¿sabés dónde están estos ahora?”, yo siempre le respondía lo mismo, “muertos abuela, en el cementerio”. Me sentaba sobre las rodillas, siempre olía a lavandina y a colonia Polyana, me miraba directo a los ojos y afirmaba, “no Danielito, están en el infierno” apuntando con el índice en dirección al piso. Su enemigo más acérrimo era Darwin que para ella representaba la suma de todos los males, la encarnación del demonio. Mi viejo lo admiraba hasta la idolatría y me enseñó a admirarlo a mí. La pobre abuela no necesitaba más pruebas que esa del espíritu diabólico que tenía mi educación familiar.

A veces un olor o alguna iglesia me devuelven los sabores de sus comidas, el olor de las empanadas de vigilia, la cruz de plata que colgaba de su cuello, el rosario de cuentas blancas que dejaba con disimulo debajo de la almohada sobre la que yo me hacía el dormido cuando me quedaba en su casa. Su desesperado intento de evangelizarme y su infinita ternura para quererme tanto a pesar de no haberlo logrado jamás.

  • Joralva46

    lei el origen de las especies a los 6 años y discuti con mi maestra de primer grado que era creyente furiosa y prima de mi padre anticlerical y gran lector