La era de la anhedonia

volar.maquina
Vivimos una época de pérdida del entusiasmo, ya casi no queda nada que nos encienda. Las recompensas están devaluadas y las pasiones se han licuado en su propia e inmediata satisfacción. Las personas estamos atravesando un período refractario donde los estímulos se han hecho inútiles por exceso. El único premio que todavía buscamos es el dinero pero su capacidad para “comprar” nuestra voluntad es cada vez menor. Mientras no seamos capaces de aprender y enseñar que hay metas detrás de las cuales vala la pena el esfuerzo de caminar no podremos salir de esta loca carrera. Estamos atrapados en el mismo lugar con los pies corriendo a varios centímetros del piso. Los proyectos se agotan en la pura planificación. Hacer, implementar, tomar acciones guiados por ellos se ha convertido en un paso imposible de dar. Las propuestas están para ser propuestas ya no para ser concretadas. Los sueños para ser soñados y no para ser convertidos en realidad. Sentimos el vértigo virtualizado de la velocidad sin movernos. La abulia es consecuencia de la anhedonia. No estamos quietos sino paralizados. No es que no sepamos a dónde ir sino que no tenemos motivos para hacerlo.
Enseñar y aprender:
Los alumnos se proponen estudiar pero no lo hacen. Los docentes enseñar pero no lo logran. Hay pocas tareas más difíciles que despertar la pasión y el entusiasmo a una generación de estudiantes hieráticos y narcotizados ante la hipnosis del Power Point. Nadie pregunta, nadie propone, nadie busca el camino personal que lo conduzca desde la teoría a la práctica. La educación de postgrado es un trámite cuyo objetivo es la adquisición (¡carísima!) de una certificación que asegure que él ha estado allí aunque su tránsito por las aulas se haya limitado a una ceremonia de “cuerpo presente” (en el mejor de los casos) y de intereses genuinos prófugas. Las innovaciones pedagógicas y didácticas son juegos de kindergarten que buscan el entretenimiento como sustituto del esfuerzo. Se declaman y se exhiben en circuitos académicos pero jamás se muestran sus resultados en el aprendizaje ni su impacto en la conducta profesional. Son los enfermos y no los congresos pedagógicos la única medida del éxito o del fracaso de una intervención en la educación médica. La medicina no es una práctica discursiva ni una retórica intoxicada de jerga postmoderna y constructivista que considera que la realidad es una ficción y los hechos un detalle minúsculo. Nadie que no sepa medicina puede enseñar medicina. Aunque saberlo tampoco no garantiza la eficacia del proceso. Es una condición necesaria pero no suficiente. La medicina se aprende a través de un saber milenario que se transmite de generación en generación y que no puede, ni debe desvalorizar la figura del “maestro”.
Los médicos damos consejos que sabemos que la gente no va a cumplir. Los pacientes piden recomendaciones que no seguirán. Prescribimos fármacos que las personas reclaman pero no toman. El arduo trabajo sobre la salud muere en la soledad autista del consultorio. Allí dos personas acuerdan acerca de qué cosas es necesario hacer pero jamás conversan acerca de cómo hacerlo. Casi todo lo que hacemos es un simulacro. Una pantomima virtual que reproduce un movimiento mientras se queda quieta. Las ficciones ya no evocan emociones, las producen. Esto nos releva del trabajo de vivirlas. No nos han cortado las piernas. Todavía están allí, pero ya no nos resultan necesarias. Entre la potencia y el acto se ha levantado un muro infranqueable. Nadie mueve el culo de la silla simplemente porque nos hemos quedado sin respuestas a la pregunta ¿para qué?
  • Lucía

    Dr. usted si busca el “como” para sus pacientes, les da respuesta!!
    Saludos.