La eternidad es un instante

amar_IV
 

amar_IVPor momentos pienso que Lucía no está en este lugar. Desde que se internó ha sido amable pero ha permanecido ausente. Cierra los ojos y se mira a sí misma en busca de algo perdido en su interior. Responde a mis preguntas sin interés. En cuanto me distraigo vuelve a internarse en sus propios pensamientos. La sala está en penumbras pero el reflejo de la luna y la luz de monitor le dibujan sobre la frente dos círculos amarillos que se pierden sobre el nacimiento del cabello.

Hace unos minutos sus hijas me transmitieron su desconcierto. -¡No se puede creer doctor!, esto ocurre en el momento en que menos lo esperábamos.- Se miran buscando que una corrobore con los gestos lo que la otra dice. – Mamá ha cuidado de nuestro padre desde hace cinco años. Durante ese tiempo ha vivido recluida del mundo, esclavizada por una enfermedad terrible que lo tiene postrado. Ya no es posible comunicarse con él. Es como si hubiese muerto pero aún no pudiésemos enterrarlo. No queda nada del hombre que ha sido en ese cuerpo. Pero ella no se permite una tregua. Desde la mañana a la noche, todos los días del año. Nunca quiso recibir ayuda. Hace pocas semanas la convencimos para que, por primera vez en tantos años, se vaya una semana a la casita que tienen en la costa. Nosotras viajamos antes, la acondicionamos, le dejamos provisiones y contratamos a una mujer para que haga la comida y la limpieza. Aceptó. Sin entusiasmo. Más por tranquilizarnos a nosotras que por su propio deseo. Y ahora esto… No lo entiendo doctor, no lo puedo entender.

-Lucía…, me gusta ese nombre. ¿Por qué se llama así?

-No hace falta doctor. No me pregunte lo que no quiere saber para averiguar lo que le interesa.

– ¿Y usted sabe qué es lo que me interesa?

– Ya le habrán contado lo de mi esposo. Estoy segura, mis hijas le atribuyen a eso todas las desgracias del mundo. Pero yo necesito  estar al lado de Luis. Aunque esta vez acepté dejarlo por unos pocos días sólo para que ellas no se sientan tan mal.

– Entonces usted no sale de su casa para atender a su esposo o sale de ella sólo para que sus hijas no se sientan mal. Pero, y usted Lucía, ¿usted qué quiere?

– No lo sé doctor. Hace mucho que decidí no hacerme esa pregunta. En mi situación no se puede vivir buscando respuestas inútiles. Aunque algo así pensé apenas subí al micro, ¿qué quiero? La ruta, la noche, el campo, todo me pareció muy extraño. Como si  entrara dentro de un recuerdo que ya no creía tener. Como si mirara por primera vez cosas que ya conocía. Es difícil explicarlo. El hombre que estaba sentado en el asiento de al lado algo habrá percibido. Me preguntó si era la primera vez que viajaba. Le dije que no. Luego comenzó una conversación que no pudimos dejar durante todo el viaje, durante toda esa semana. Él había enviudado hacía pocos meses y quería tomarse algunos días en soledad para pensar en su pasado, en su futuro. Todavía no se había resignado a la muerte de su esposa.

Lucía se anima. Se sienta en la cama y por primera vez me mira a los ojos. Hay detalles en su aspecto que delatan que ha sufrido con dignidad.  Alguien capaz de aceptar la belleza  austera de una mujer madura. De preservarse de la cosmética inútil que nunca esconde nada pero siempre exhibe la vulgaridad del intento.

– Durante esos pocos días nos encontramos todas las mañanas. Caminábamos durante horas por la playa desierta y helada. Almorzábamos juntos y volvíamos a caminar hasta que caía el sol. No recuerdo que antes alguien me haya escuchado durante tanto tiempo ni que yo lo haya hecho con otra persona.  Nos dijimos cosas que ninguno de los dos sabía de sí mismo. Cada uno hablaba de su propia historia como si al encontrar a alguien que le ofrecía una escucha atenta recién advirtiéramos las cosas que teníamos para decirnos. Ahora sospecho que otra persona hablaba por mi boca. Por las noches nos despedíamos sin hacer planes para el día siguiente. No nos decíamos nada. Pero por la mañana alguno de los dos estaba en la playa, en el mismo lugar, esperando. Estimulados por el interés, el silencio y la mirada del otro fuimos capaces hablar acerca de cosas que nunca supimos sobre nuestras propias vidas. Fue todo tan extraño. No le encuentro explicación. Nos describimos a nosotros mismos como si fuésemos otras personas. ¿Es posible que uno sea tan distinto de lo que creía? ¿Usted piensa que le mentí a él en esa playa o me he mentido a mí misma cada día de mi vida hasta ese momento?

– Lo que yo crea Lucía no tiene valor. La que debe responder a esa pregunta es usted.

– No me mire de ese modo doctor. Esto no tiene nada que ver con el amor o con la aventura. Ninguno de los dos estaba en condiciones para pensar en eso. Fue otra cosa. Algo muy diferente. ¿Sabe doctor? Me pareció que me había pasado la vida intentando complacer a las personas que más quería por el terror a que, si dejaba de hacerlo, ellos me abandaran. No sé por qué. Tuve la sensación de que temía que algo que ya me había sucedido me volviese a ocurrir. Pero no podría decirle qué cosa era. Un miedo ciego y sin objeto. En algún momento imaginé que por fin había renunciado a lo que ya no tenía desde hacía mucho tiempo. Y me sentí bien. Por primera vez en mucho tiempo. Tuve sensaciones que ya no recordaba. Un bienestar desconocido pero que sin embargo sabía que alguna vez había vivido. Es todo muy raro ¿no? Temía y gozaba de cosas que no podía nombrar. Algo que al mismo tiempo conocía pero creía sentir por primera vez.  Una tarde nos detuvimos a mirar los efectos que producían las gotas de agua sobre las rocas. Nos vimos por primera vez juntos en el reflejo de nuestras propias siluetas. Ambos parecíamos temblar sobre esa superficie líquida sacudida por el viento. Nuestros cuerpos estallados en miles de gotas que, como espejos minúsculos, sólo al tomar cierta distancia volvían a integrarse. Separándonos nuestras figuras se reconstituían. Pero en cuanto nos volvíamos a acercar otra vez nos fragmentábamos en miles de partes y ya no podíamos reconocernos más. Me avergüenza decirlo doctor pero, sin saber cómo, nos encontramos llorando. Nos sentamos sobre la arena y lloramos con desesperación tapándonos la cara con las manos. Lo hicimos durante un largo rato. Cuando nos dimos cuenta ya era de noche. No nos dijimos nada. Regresamos abrazados cubriéndonos mutuamente del frío. No sentimos vergüenza de haber llorado sin motivo. Ninguno de los dos necesitó una explicación en ese momento. Pero ahora yo sí la necesito y no la encuentro. ¿Usted ha llorado alguna vez sin conocer la causa doctor?

– Creo que nadie llora de otra manera Lucía. Las explicaciones que nos damos son siempre falsas.

– Él decidió viajar conmigo de regreso. A medida que transcurría el tiempo y nos acercábamos a nuestras casas fuimos dejando de hablarnos. Poco a poco volvimos a ser extraños. Hasta quedarnos mudos. Entonces volví a Luis, a su cama y a su ausencia. A la angustia de cada noche y al terror de cada suspiro. Al insomnio y a la pesadilla de todos estos años.  Me sentí mal. Pero por primera vez tuve conciencia de ello. Me insulté por haberme salido de Luis durante esos días. Pero también por haber regresado. Me invadió una opresión entre el pecho y la espalda. Me ahogaba. Ya no podía respirar. Me empapé con un sudor frío y sentí  un desasosiego de muerte en todo el cuerpo. En ese momento el micro estacionaba en la terminal y vi a mis hijas y a mis nietos saludándome con las manos en alto a través de los vidrios. Supe que estaba de vuelta. Pero ya no pude saber a dónde ni por qué. Después el taxi, el desmayo, las corridas, el hospital. Y usted que quiere que le cuente lo que necesito olvidar. Usted que me obliga a ver que fue real lo que prefiero creer que fue un sueño. Usted que no entiende que para una persona desesperada, la absurda esperanza que me ofrece es el más mortífero de los venenos.

D.F.