La feria del libro y los “bocafloja”

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Yo casi nunca voy a la Feria del Libro. Pero me tiene los huevos al plato la gente que la critica desde lo alto de un pedestal. Claro que es un emprendimiento comercial, como casi todo lo que se emprende en una sociedad como la nuestra. Claro que es una feria de vanidades y la prueba de ello es que ustedes denuncian ese defectito sólo cuando no lo pueden ejercer. Desde ya que es un espacio al servicio de marketing, que es lo mismo que ustedes hacen en sótanos reducidos y malolientes sólo porque no les alcanza el presupuesto para hacerlo en el MALBA. No vayan si no les gusta. Quédense rumiando su resentimiento en sus preciosos monoambientes. Como yo, como tantos otros que escapamos del tumulto y de la fiesta. Pero hay un millón de personas que durante un par de semanas se toman el bondi para ver, oler y tocar libros. Un palo de chabones que hacen una cola de dos cuadras cagados de frío de la mano de sus pibes para caminar apretujados entre novelas y cuentos de hadas. No sólo van a la tribuna de Tinelli, o a las conferencias de Claudio María Domínguez o a las de Baby Etchecopar. Entran en auditorios atiborrados hasta las asfixia para escuchar a quienes, te gusten o no, hacen la cultura de este país en contra de todo pronóstico. Algunos parejitas de adolescentes recorren de la mano los pasillos y cuentan las monedas pero no llegan. Entonces se confunden en la multitud y, cuando nadie los ve, se meten en el bolsillo de la campera un librito de Gelman entre el papel para armar porro y la cajita de preservativos saborizados. A mí también me encantaría que los libros se regalaran, que muchos autores fuesen menos fanfarrones, que las editoriales fueran saqueadas por masas enfurecidas por el hambre de leer, que me permitieran mear sobre el estante de autoayuda o sobre la pila de libros de Majul. Pero nada de eso sucede, ni va suceder. Por qué no te ofendés con la Feria del Cachorro o con la de la moda o con la de autos de alta gama. Por qué no te callás la boca y permitís que la gente acceda como puede al minúsculo pedacito de cultura que tiene al alcance de la mano. Por qué no te dejás de joder y te bancas con la boquita cerrada que esta vez sean otros los monos que estén donde te gustaría estar a vos.