La muerte y otros silencios I

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Llegó decidido a llevarse a su mujer. Bajó del taxi  y se detuvo frente a la puerta de acceso. Desde la calle casi no podía verse el edificio del hospital. Una arboleda compacta lo ocultaba durante el día y lo hacía aparecer como una isla de luz durante la noche. Se sentó sobre una empalizada de cemento con dos bolsos apoyados sobre las rodillas. Sintió deseos de fumar aunque hacía muchos años que ya no lo hacía. Algo que aún estaba vivo en su interior le despertó esa sensación que creía haber olvidado. Se sorprendió. Durante la larga noche de insomnio que acababa de pasar había encontrado el coraje para lo que estaba por hacer. Repasó los argumentos con los que se había convencido a sí mismo de que hacía lo correcto, de que no tenía otra salida. Desde hacía dos años su vida alternaba entre su casa y el hospital. Pero cada vez era peor. Las internaciones de Valentina se hacían más frecuentes y más dramáticas y todos coincidían en que ya nada podía hacerse. Aparecían nuevas manifestaciones de la enfermedad lo que hacía que el padecimiento resultara insoportable, progresivo y sin esperanzas. Se puso de pié y atravesó el parque bajo la sombra de los paraísos. En el interior, largos pasillos rodeados por paredes de mármol y pisos de granito albergaban a una multitud de personas caminando en todas direcciones. Los techos altos, las aberturas pequeñas y la densa vegetación que rodeaba al edificio hacían necesario que las lámparas permanecieran encendidas a toda hora. La  habitación de Valentina era, sin embargo, luminosa y amplia. Desde allí podían verse las copas de los árboles y un fragmento de cielo recortado por los límites de la ventana. Ella estaba acostada sobre una almohada enorme con la cabecera de la cama algo elevada. El cabello recogido dejaba ver los detalles de la cara. Los ojos abiertos y hundidos. Dos círculos negros congelados en dirección al el techo. La frente cubierta por una piel reseca adherida a los huesos. Los labios trazaban una línea entre ambas comisuras como la cuerda tensa de un arco. Hasta los cincuenta años Valentina había tenido la apariencia de alguien mucho más joven de lo que era. Pero más tarde la enfermedad se había encargado de producir el efecto contrario. Fernando se detuvo en el umbral de la puerta y recorrió con la mirada cada uno de los objetos necesarios para sostener con vida a su mujer. Un monitor mostraba el ritmo cardíaco mediante una serie de imágenes sobre una pantalla verde acompañadas por un sonido agudo y molesto.  El brazo derecho se extendía por fuera de las ropas conectado a un sistema de tubuladuras que permitían administrarle soluciones de hidratación y medicamentos. Una bomba de infusión controlaba las dosis y la velocidad del flujo.  Sobre el costado izquierdo de la cama había un equipo de asistencia respiratoria mecánica, una máscara, un humidificador y un sistema de aspiración bronquial. Hacía varios días que ya no los necesitaba pero permanecían allí ante la posibilidad de que algo imprevisto ocurriera.

Guardó los bolsos en el armario y se acomodó sobre un pequeño sillón. Se quitó el calzado. Apoyó la cabeza sobre el respaldo. Apoyó sus pies descalzos sobre una silla de madera. Cerró los ojos, aunque tal vez no durmiera. El tórax se expandía con cada respiración y luego se hundía debajo de las ropas. Los movimientos eran lentos y la respiración profunda. Emitía un soplido suave y sostenido. La entrada del médico lo sobresaltó. Se puso de pie y se calzó los zapatos.

Era un hombre joven, casi un adolescente. Alto, vestido con pantalón y chaqueta blanca. Olía a loción para después de afeitar y aún tenía el cabello húmedo como si recién acabara de salir de la ducha  Controló el sistema de infusión y las etiquetas de los frascos de suero. Mientras leía los reportes de la enfermera en una planilla habló sin mirar a Fernando.

-¿Va a llevarse a Valentina del hospital?

– Sí.

Se acercó. Bajó el tono de voz y miró hacia los costados como si quisiera evitar que alguien escuchara lo que estaba por decir. Se cubrió la boca con la mano anticipando una confidencia.

– Valentina se va a morir si se la lleva.

Fernando hacía girar entre sus dedos un cortaplumas en miniatura con una cruz blanca dibujada sobre un fondo rojo que mediante una larga cadena salía desde el bolsillo de su pantalón. Se detuvo a pensar en lo que acababa de escuchar. Buscando las palabras que había ensayado tantas veces la noche anterior pero que ahora demoraban en aparecer. Preguntó:

– ¿No sucedería lo mismo si se quedase aquí?

El médico observó a la enferma mientras apretaba los dientes. El labio inferior montado sobre el superior. Dos líneas oblicuas señalaban la presión recorriendo su cara de arriba abajo.

Sí, pero más tarde y en otras condiciones.

– No creo que a ella le interesen ninguna de las dos cosas.

Se produjo una pausa mientras el médico examinaba con una linterna los ojos de Valentina resaltados por un círculo de luz amarilla. Al terminar se puso de pie y apoyó su mano sobre el hombro de Fernando.

– ¿Va a decidir por ella?

Fernando miró a Valentina y luego al médico.

– ¿Hay otra alternativa? O usted piensa que está en mejores condiciones que yo para hacerlo.

El médico se acercó hasta ubicarse a pocos centímetros de Fernando. Agitó el dedo índice apuntando a su pecho. Habló pronunciando cada palabra con una modulación exagerada de la voz como si quisiera asegurarse de que sus palabras no dejaran dudas.

Yo nunca dije algo así.

Abrió la puerta de la habitación. Una voz de mujer llamaba a través de los altavoces al médico de guardia  para que se presentara en la sala de partos. Un carrito colmado de bandejas con el desayuno atravesó el pasillo. Las ruedas, girando sobre el piso irregular, produjeron un estruendo que luego se alejó en dirección a los ascensores. Salió sin despedirse. El sonido de la puerta al cerrarse devolvió el silencio interrumpido a la habitación.

Fernando se sentó junto a Valentina. Le acomodó un mechón de cabello caído sobre la frente.  A los pies de la cama colgaba una cartilla con las anotaciones que una enfermera completaba en cada turno. Se inclinó para tomar una lapicera atada mediante un hilo al soporte metálico que contenía las hojas. Se puso los anteojos. Dibujó sobre el papel un retrato con trazos sencillos. La prominencia de los pómulos, el relieve de la nariz, las orejas que parecían enormes debido a su extrema delgadez, los surcos del cuello hundiéndose debajo de las clavículas. Miró el dibujo durante algunos segundos. Se puso de pie y lo alejó estirando sus brazos para verlo con cierta perspectiva.  Luego lo arrancó, hizo un bollo con el papel y lo arrojó por la ventana. Observó cómo caía hacia el parque balanceándose movido por las corrientes de aire hasta que se perdió de vista entre las plantas.
Fernando había pintado desde la adolescencia. Su afinidad por la luz y una mirada infrecuente le habían permitido crear imágenes perturbadoras. Durante años había pasado noches enteras encerrado en su taller ensayando perspectivas y mezclando colores. Sus padres habían alentado esa habilidad con la esperanza de contrarrestar la dificultad para comunicarse que había mostrado desde niño. En ese espacio había encontrado una rara inquietud que lo rescataba de la indiferencia de casi todas las cosas. Cuando llegó Valentina, hubiese podido, pero no quiso, ingresar a su pequeño mundo privado.

Continuó pintando durante los primeros años después de casarse.  Pero una tarde de Abril ella entró por primera vez al taller. Era una habitación pequeña ubicada en la terraza a la que se accedía por una escalera exterior desde el patio de la casa. Antes de llegar a la puerta era necesario atravesar una soga extendida de pared a pared de la que ese día colgaban una blusa, dos pantalones y una toalla blanca movidas por el viento. Fernando pintaba sobre una tela un lago nocturno del que emanaban vapores que, vistos desde cierta distancia, conformaban extrañas cabezas humanas y animales. Se detuvo, sorprendido por la visita. De pie y con el pincel aún en la mano observó los movimientos de Valentina. Ella recorrió cada rincón. Tomó medidas contando sus pasos en todas las direcciones.  Fruncía la nariz dando muestras de su desagrado por el olor a pintura. Revisó los cajones y una vieja alacena de madera a punto de derrumbarse por el peso de los bastidores y los frascos de solvente. Frotando el piso con la punta de uno de sus zapatos intentó sin éxito quitar las manchas de distintos colores que se esparcían por todos lados.  Se acercó al cuadro y lo miró llevando la cabeza primero hacia un lado y luego hacia el otro buscando alguna orientación.  –“No existe un lago como ése. No es real. No tiene sentido” , le dijo. Fernando no supo de qué manera contestar a lo que, de todos modos, no era una pregunta.  Sonaba la Gimnopedia Nº III de Erik Satie. Apagó el reproductor. Se miró las manos con las que parecía no saber qué hacer. Las guardó en el bolsillo del enorme delantal que protegía su ropa mientras pintaba. El guardapolvo alguna vez había sido blanco pero ahora reunía varias capas de óleo y témpera superpuestas sobre la tela multicolor. Antes de salir Valentina giró sobre sí misma hasta mirarlo de frente. –“El lunes voy a organizar en esta habitación un cuarto de lavado y planchado. Ya no tenemos más lugar en la casa”.  Sus pasos resonaron sobre la escalera hasta perderse. Fernando introdujo el pincel en un frasco con un líquido espeso y sucio. Se quitó el delantal y se quedó parado frente a la obra que acababa de abandonar. Volvió a encender el grabador y subió el volumen hasta que el sonido del piano inundó el  ambiente. El sol comenzaba a caer y el cielo a transformarse en una mancha anaranjada detrás de la ventana.

Invirtió todo el domingo en guardar sus cosas en cajas de cartón y en proteger con diarios viejos las obras terminadas. Tiró a la basura los bocetos de futuros trabajos.  Su taller fue invadido por un olor a ropa húmeda y una atmósfera pegajosa que lo expulsaron de allí durante los años siguientes. No había para qué volver y jamás volvió.

Los primeros días con Valentina en la casa luego de pasar más de un mes en el hospital se sucedieron con relativa calma. Ella permanecía sumergida en un letargo que la desconectaba de cuanto sucedía a su alrededor. Ya no mostraba ninguna de las mínimas señales que hasta poco tiempo atrás le permitían establecer alguna clase de contacto con los demás. El movimiento de los  párpados ante una pregunta, una leve apertura de la boca cuando recibía los alimentos, la contracción de los músculos de la frente cuando sentía frío o algo la molestaba.  Había que fijar mucho la atención para percibir algún signo de vida en su cuerpo. No se quejaba. Ya no emitía ese lamento sostenido y apenas audible que durante meses había sido la única señal de que algo aún vivía en su interior. Fernando no se movió de su lado en ningún momento.

Una semana más tarde subió al cuarto de la terraza. Regresó a la habitación con un atril de madera desvencijado, dos lienzos amarillentos y el viejo grabador. Los ubicó frente a Valentina de manera que recibieran la luz que ingresaba a través de la ventana. Enjuagó los pinceles y seleccionó los tubos de pintura. Tuvo que descartar la mayoría por inservibles pero logró reunir una cantidad suficiente. Limpió con un trapo el reproductor de casetes y luego sopló en su interior desde donde salió una nube gris de matas de polvo que lo hizo toser. El equipo estaba muy deteriorado. Uno de sus parlantes tenía un agujero del tamaño de un dedo. Oprimió la tecla de encendido sin mayores esperanzas.  La Gimnopedia III comenzó a sonar como si el tiempo no hubiese transcurrido. Se detuvo a observar la escena antes de comenzar a dibujar con carbonilla negra sobre la tela. Pintaba durante horas mirando a su mujer cuando el dibujo lo requería. Una vez finalizado el cuadro lo ubicaba sobre el piso apoyado contra la pared. Lo observaba con atención y luego dejaba una pequeña esquela debajo con observaciones como: “está perdiendo expresión en el rostro” o “desde el Jueves no mueve los labios” o “el color de su piel ha pasado del amarillo tenue a la palidez extrema”. Entonces se dormía exhausto sobre el sillón. La misma secuencia se repetía día tras día.

Mientras tanto Valentina se transformaba. Los cuadros dieron cuenta de ese proceso con una exquisita precisión. Bastaba mirarlos para tomar conciencia del modo en que su cuerpo se despojaba de ella hasta no contenerla en absoluto.

Fernando observaba los retratos parado a poca distancia de la tela. Registraba los detalles: la piel, ahora pálida, casi transparente. El cuello, con el relieve acentuado de cada músculo y cada tendón. Los ojos retraídos, minúsculos en el interior de unas órbitas desmesuradas. A ambos lados de la boca partían unas arrugas con forma de líneas excéntricas que parecían los rayos de un pequeño sol.

La noche del lunes no durmió. Por primera vez pintaba de noche, con luz artificial. Se demoró pintando los pliegues de las sábanas. A medida que los colores se fueron terminando se vio obligado a emplear únicamente negros, marrones y azules sobre un fondo blanco y deslucido.

Valentina modificó el ritmo de su respiración. Produjo un sonido burbujeante que le llegaba desde el pecho. Abría la boca y estiraba el cuello buscando el aire. Fernando se acercó a la cama y la destapó. Su cuerpo desnudo se agitaba con los movimientos respiratorios. Los huesos de la pelvis sobresalían sobre el abdomen hundido. Una gruesa mata de vello negro le cubría el pubis. Dos manchas violáceas e irregulares se extendían sobre lo que alguna vez habían sido los muslos.

Leyó la cartilla con las instrucciones para casos de emergencia que el médico le había entregado antes de salir del hospital. “Si presenta dificultad para respirar: colocar la máscara y abrir la llave del tubo de oxígeno regulando el indicador de la válvula en 6”. Cubrió con la máscara la boca y la nariz de Valentina y reguló el paso de oxígeno tal como estaba indicado. Valentina se serenó durante algunos minutos.

Empujó el atril hasta el borde de la cama. Colocó un nuevo lienzo y comenzó a trazar el contorno de una silueta. Sonó el teléfono. Descolgó el tubo y lo apoyó sobre la mesa de luz. Una voz joven de hombre dijo “hola” varias veces y luego un tono intermitente y agudo sonó hasta convertirse en un ruido de fritura.

Más tarde Valentina se sacudió con una serie de movimientos convulsivos que luego cedieron. Un hilo de líquido espumoso y sanguinolento asomó entre los labios. Fernando volvió a leer las recomendaciones médicas. “Si la fatiga persiste o se acompaña de convulsiones: llamar con urgencia a la ambulancia y aumentar la velocidad de la infusión intravenosa de 21 a 49 gotas por minuto”.  Arrojó los papeles al piso.

Alguien golpeó la puerta. Fernando se acercó y la cerró con dos vueltas de llave. Regresó hasta la cama y desconectó la válvula del tubo de oxígeno. Retiró la máscara. Valentina frunció los labios que de inmediato adquirieron un color azul o morado. Buscó el interruptor de la bomba de infusión y lo apagó. El goteo del suero y los medicamentos se detuvo. Una luz roja se encendió y sonó una alarma. Tiró de las tubuladuras hasta que el catéter salió desde una vena del brazo. Un chorro de sangre oscura se deslizó sobre la mano para quedar suspendido en el aire unos segundos antes de alcanzar el piso. Estiró los pliegues de la sábana y cubrió el cuerpo hasta la altura de la mandíbula. Ella pareció relajarse. Uno de sus párpados se contrajo mientras el otro permanecía inmóvil. El brazo liberado cayó. Quedó balanceándose a pocos centímetros del suelo. La respiración se hizo superficial y lenta pero ahora sin la desesperación por obtener aire que mostraba pocos minutos atrás.

Fernando accionó el reproductor. La música llegó a todo volumen. Abrió la ventana. El aire fresco y los olores de la noche ingresaron en la habitación. Pintó las sábanas sacudiéndose en el aire. Flotando, suspendidas sobre la cama. Se detuvo en su lento movimiento al caer, en el demorado vuelo de su blancura. Transpiraba. Sobre la frente, una multitud de pequeñas gotas de sudor reflejaban la luz como minúsculas partículas luminosas. Más tarde, sin saber cuánto tiempo había transcurrido, se separó del cuadro. Lo apoyó sobre la pared siguiendo la larga hilera de su improvisada galería. Se sentó en el piso con las piernas cruzadas. Vio sobre la tela un brazo raquítico suspendido en el aire y la sombra de los dedos alargándose sobre una mancha oscura de forma irregular que se expandía sobre el piso. La cabeza de Valentina con la boca abierta y la punta de la lengua asomando entre los dientes.  Volvieron a golpear la puerta ahora con mayor insistencia. Tomó uno de los pinceles y lo clavó muchas veces sobre el lienzo hasta convertirlo en una superficie acribillada por agujeros diminutos. Dejó caer la cabeza y la sostuvo con las manos sobre las sienes. Buscó un lápiz y el block de hojas. La esquela que dejó al pie del cuadro decía esta vez: “Ya no está aquí”. Amanecía.