La muerte y otros silencios I

La palabra ausente y la muerte propia.

Un hospital es siempre un sitio caótico. Un espacio habitado por un silencio ficticio. Bajo su aparente calma se ocultan pliegues de vértigo y confusión. Uno es allí siempre extranjero, cautivo de su atmósfera impersonal, anónima.

La habitación de Valentina era, sin embargo, luminosa y amplia. Podían verse las copas de los árboles y un fragmento de cielo recortado por los límites de la ventana. La cama inusualmente alta, las colchas dobladas con una precisión artesanal. Su silueta era la esfinge de una virgen cadavérica, quieta y muda. El cabello recogido, el rostro limpio y ausente. Los ojos abiertos no miraban hacia ninguna parte. El brazo derecho se extendía por fuera de las ropas y desde él partían -o llegaban- una serie de cánulas conectadas a tres frascos que colgaban de un pié metálico. El conjunto resultaba armónico, fatalmente sereno, aunque algo siniestro.

Fernando, su esposo, descansaba sobre un pequeño sillón en las proximidades del sueño. Joven aún y vestido con elegancia pero sin ostentación. Algo en su expresión – no sabría especificar qué – delataba cansancio, una fatiga inscripta en el cuerpo que le llegaba desde un tiempo inmemorial como si siempre hubiese estado allí.

La entrada del médico produjo efectos inmediatos. Un sobresalto en el hombre que abrió sus ojos y se puso de pié y un trémulo estremecimiento en la mujer, algo mínimo, apenas perceptible.

Seguido por una asistente el doctor se acercó a la enferma. La observó, tomó su mano, miró el complejo sistema de tubos que salía o ingresaba en su cuerpo y luego fijó su mirada en el marido. Habló con tono acusador.

– Me han informado que ha decidido llevarse a su esposa a casa. Vine a discutir ese tema con usted.

– Creo que ya lo hemos discutido antes doctor.

– Hemos hablado del estado de salud de Valentina, de sus posibilidades, pero en ningún momento de sacarla del hospital.

– Si no hay nada más por hacer, tampoco hay motivos para permanecer en este lugar.

– Hay límites. Una cosa es su mal pronóstico y otra es alejarla del cuidado médico.

– Sus límites no son los míos doctor. Le agradezco su preocupación pero nuestros criterios no coinciden.

– Valentina morirá en su casa, en poco tiempo.

– ¿No sucedería eso también si se queda en el hospital?

– Sí, pero más tarde, y en otras condiciones.

– No creo que a ella le interesen ninguna de las dos cosas.
– ¿Va a decidir Ud. por ella?

– ¿Hay otra alternativa? O cree que Ud. está en mejores condiciones para hacerlo sin haber escuchado jamás su voz, sin conocer sus creencias, sus deseos, sus valores.

– Dispongo del conocimiento que me permite evaluar la situación de un modo más objetivo que usted. Puedo abstraerme de sus emociones y evaluar el caso con neutralidad.

– Se lo agradezco sinceramente doctor pero no estamos interesados ni en su objetividad ni en su neutralidad. No ahora, no en estas circunstancias.

– ¿Qué le ofrecerá en su casa que acá no tenga?

– Un lugar habitable, una historia, la intimidad y la dignidad de pasar sus últimos días en un espacio que ha sido el suyo.

– ¿Si se trata de confort?

– No se trata de confort.

– ¿Si quiere recibir más visitas?

– No se trata de visitas.

– ¿Podemos solicitar un subsidio para solventar los costos del tratamiento?

– No se trata de costos.

– Lo comprendo, aunque no lo justifico. Estamos empeñados en un combate frontal contra el mal que padece Valentina. La enfermedad y nosotros en una lucha cuerpo a cuerpo. Valentina es el campo de batalla.

– Son esos justamente los argumentos por los que nos vamos a casa. No estoy dispuesto a convertir a mi mujer en campo de batalla si ello no implica una posibilidad razonable de vencer.

– Entonces haré los arreglos y le dejaré una forma de contacto ante cualquier eventualidad. Puede contar con nosotros cuando sea necesario.

El médico y su asistente se retiraron.

Hacía más de veinte años que estaban juntos. Las cosas se sucedieron naturalmente, casi sin proponérselo. La vida transcurrió en un tono menor, como una melodía monocorde y repetitiva que, finalmente, ambos terminar por no escuchar más. La primera casa: austera pero confortable. El único hijo: deseado y recibido con alegría. El trabajo: liso, sin sobresaltos. Las vacaciones: regulares, pero sin entusiasmos.

Fernando pintaba desde la adolescencia. Tenía afinidad por la luz y una mirada infrecuente que le permitía producir imágenes extrañas y perturbadoras. Pasaba noches enteras encerrado en su taller ensayando perspectivas y mezclando colores. En ese pequeño espacio encontraba una rara inquietud que lo rescataba de la indiferencia de todas las cosas. Algo -que él no podía nombrar- le producía un entusiasmo furioso que en ocasiones lo asustaba. Entonces se avergonzaba de esa sensación. Decidió callarla, incluso para sí mismo. Vivía la experiencia pero jamás reflexionaba sobre ella. Valentina pudo, pero no quiso, ingresar a ese mundo privado.

Tampoco esto le ocasionó mayores angustias. Supo que aquel sería su reducto personal, íntimo. Necesitaba conservar ese lugar y esas horas como un refugio privado. Le resultaba imprescindible pero nunca sintió la necesidad de compartirlo ni se esforzó en ocultarlo.

Al poco tiempo de vivir juntos recibió el pedido de su mujer como si lo estuviese esperando. No opuso resistencia. Sospechó que era un hecho trascendente y que algo en su interior se quebraba de manera definitiva desde ese momento. Pero lo aceptó con una sorda resignación. Entendió que algo en él callaba para siempre pero no supo qué era. Sintió que desde aquella tarde dentro de su cuerpo habitaba un cadáver.

Invirtió todo un domingo en guardar sus pinceles en cajas de cartón y proteger con diarios viejos las obras ya finalizadas. Tiró a la basura los bocetos abandonados. La habitación de la terraza se convirtió en sala de planchado. Un olor a ropa húmeda y un atmósfera pegajosa lo expulsaron de allí durante los últimos veinte años. No había para qué volver, y jamás volvió.

Los primeros dos días con Valentina de vuelta en la casa se sucedieron con relativa calma. Ella permanecía sumergida en un letargo que la sacaba del mundo. Había que fijar la atención para percibir algún signo de vida en su cuerpo. No se quejaba, pero eso hacía que tampoco emitiera ese lamento apenas audible que hasta hacía poco había sido su único signo de comunicación con el mundo. Fernando no supo qué era peor. Permaneció a su lado de día y de noche. Comió, durmió y recordó a su lado. Ni la enfermera ni su hijo lograron alejarlo de allí en ningún momento. No podría decirse que lo movía un sufrimiento atroz. Tampoco una indiferencia ciega. Sintió que debía permanecer allí y allí estuvo. Eso fue todo.

Al tercer día subió al cuarto de planchado para regresar con un atril de madera envejecida y dos lienzos amarillentos. Los ubicó frente a su mujer de manera que recibieran toda la luz que provenía desde la ventana. Enjuagó los pinceles y ablandó los pomos de pintura. Tuvo que descartar la mayoría por inservibles pero logró reunir una cantidad suficiente. Se detuvo un largo rato observando la escena antes de comenzar a dibujar con carbonilla negra sobre la tela. Desde entonces no se detuvo más. Pintaba y dibujaba durante horas sin emitir sonido mirando a su mujer sólo cuando el dibujo lo requería. Cada dos o tres días, según el caso, consideraba finalizado un cuadro y lo ubicaba sobre el piso debajo de la ventana. Lo observaba con atención, “clínicamente” y dejaba una pequeña esquela debajo del lienzo con observaciones: “está perdiendo expresión en el rostro” o “ahora se observan signos de adelgazamiento” o “desde el Jueves no mueve los labios” o cosas por el estilo. Luego se dormía exhausto y satisfecho sobre el sillón.

Fue necesario que la enfermera y su hijo se ocuparan de proveerle los insumos para su tarea. No tenía que solicitarlo, ellos inventariaban las reservas cada día y se ocupaban espontáneamente de reponer lo faltante. Ninguno de los dos logró, y no por que no lo hubieran intentado, establecer una conversación con Fernando. La única vía de relación parecía restringirse a sus escuetas observaciones escritas al pié de cada obra. Fuera de éso, silencio, sólo silencio.

El hijo repartía su dolor entre la figura inerte de su madre y el silencio empecinado de su padre. Supo que ese hombre sufría, aunque no pudo imaginar exactamente por qué. Siempre había sentido que su padre no era feliz. Aquella distancia que hoy los separaba no era muy distinta de la que siempre había percibido. Sin embargo no sentía ahora, ni lo había sentido nunca, resentimiento o rencor hacia ese hombre. Más bien esto generaba en él una solidaridad y hasta una ternura infinitas. Jamás pudo explicarse los motivos y nunca le resultó necesario hacerlo. Comprobó esta vez, como tantas otras antes, que algo muy fuerte lo unía a su padre. Percibió el mudo lenguaje que los vinculaba. La misma lengua sin palabras con que le había hablado siempre. Entendió, ahora con una potencia aún mayor, el código con que Fernando lo amaba. Ese amor inefable y visceral con que un hombre ama a un hijo aunque jamás pueda decírselo. Recuperó las memorias que guardaba su cuerpo. Un repertorio de sensaciones que volvían a producirse ahora sin que pudiese evitarlo. Volvió a sentir en la punta de los dedos la fuerza con que él lo tomaba de la mano al salir de la escuela. El estremecimiento de su piel áspera que lo hacía sentir protegido, inmortal, invulnerable. El olor intenso de la crema de afeitar, el sonido de su risa contenida, la mueca de espanto y de dolor que vio en la boca de su padre cuando le dijo que se iba a vivir solo. Él siempre había estado allí. A su manera. Como una sombra a la que le hubiesen arrancado la lengua. Volvió a ver a ese hombre trabajando sin descanso para acondicionar su nuevo departamento. Vio el sobre arrugado con dinero que Fernando dejó debajo de su almohada y que él había encontrado la primera noche en su nueva casa. Nunca se dijeron nada sobre el tema. Pero ambos comprendieron lo que el otro sentía al respecto. Tampoco ahora necesitó palabras. Aceptó el silencio de su padre tal como siempre lo había hecho.

Desde que abandonó la casa familiar para instalarse en un pequeño departamento la falta del padre lo acompañaba a diario. Periódicamente lo esperaba a la salida de su trabajo y caminaban juntos, casi sin hablar, el largo camino de vuelta a casa. Ambos se sentían reconfortados, los dos entendían que era suficiente y nunca se reclamaban más.

Cada noche el hijo ingresaba en la habitación y besaba a Valentina en la frente. Prolija hasta la exageración, peinada, frágil, olía a lavanda y a muerte. A Fernando lo abrazaba deteniéndose largamente y le retorcía el pliegue del codo en un gesto que venía desde su infancia y que sabía que a él le molestaba pero que aún así recibía con agrado. Luego recorría la galería de cuadros en busca de alguna nueva “nota clínica” de su padre. Si la encontraba hacía comentarios y alababa la suspicacia de Fernando para detectar pequeños cambios que a él le resultaban imperceptibles. Cuando alguna duda aparecía respecto de aquellos signos Fernando se acercaba al cuadro y lo señalaba con la punta del pincel. Entonces su hijo regresaba con la mirada hacia su madre y, ahora sí, reconocía aquello que el cuadro mostraba.

Sabía que el final de Valentina era inminente y vivió la situación como una prolongada despedida. Hizo los arreglos con anticipación como para que la muerte no resultara un imprevisto. Programó la escena mil veces con la idea de evitar que al dolor por la pérdida se le sumara el fastidio y la desorientación por los trámites.

No pocas veces durante aquellas semanas se paseó delante de la galería de cuadros y constató en la sucesión de imágenes el progresivo deterioro de su madre. Aquello resultó un procedimiento implacable para impedir que la lentitud con que las transformaciones aparecían las tornara imperceptibles. Sólo Fernando parecía percibirlas. Bastaba con recorrer la hilera de telas para enfrentarse a un testimonio brutal de la degradación que sufría ese cuerpo agónico y vacío.

Fernando se fue encendiendo con la pintura. Cada vez era más notoria la pasión y la energía que ponía en esa tarea. En el cuerpo y en la cara, en la tensión extrema de su cuello y en la desmedida apertura de los ojos se fue instalando un hombre desconocido. Su hijo siguió con atención esa metamorfosis, la leyó signo a signo y fue feliz sin desligarse del drama. Contradictorio y culpable algunas noches hubiese necesitado hablar de ello con alguien, ver esa situación reflejada en el espejo de otro. Pero no supo con quien.

Valentina se transformaba cada día más en un espectro. Ningún rastro de lo que había sido esa mujer. Poco a poco abandonó su cuerpo que se convirtió en una cáscara ajena y hueca sobre la cama. Los cuadros que Fernando pintaba dieron cuenta de ese proceso con una contundencia reveladora. Bastaba mirarlos para conmoverse y tomar conciencia del modo en que ese cuerpo se despojaba de Valentina hasta no contenerla en absoluto. Nada en él recordaba a esa mujer. Nunca supo hacia dónde se había ido pero estuvo seguro de que ella ya no estaba allí. No pudo evitar pensar que a medida que su madre se salía del cuerpo que yacía sobre la cama, un hombre apasionado y desconocido para él, ingresaba en el de su padre.

Fernando observó el último retrato parado a poca distancia de la tela. Registró los detalles: la piel, ahora oscura y adherida a los huesos. El cuello con el relieve acentuado de cada músculo y cada tendón. Los ojos retraídos, minúsculos en el interior de unas órbitas desmesuradas. La boca pálida, con las comisuras de los labios fatalmente caídas. No miró a Valentina. Sólo tomaba conciencia de sus transformaciones a través de los cuadros. Ellos fueron los únicos intermediarios entre ese hombre silencioso y su agónica mujer.

Tuvo un pensamiento fugaz que aniquiló de inmediato antes de que pudiese saber de qué se trataba. Pensó que su pintura era el único medio de aproximarse a aquella mujer lejana. Un procedimiento eficaz para que ella ingresara en él. Pensó que al fin había encontrado una forma de establecer contacto con ella. Pensó que ya era irremediablemente tarde, que ya era inútil. Y no pensó más.

La noche del lunes se sintió excitado con su propia obra. No pudo dejarla, no sintió cansancio, no logró dormir. Se detuvo a pintar los pliegues de las sábanas con una intensidad inusual. Los trazos de su dibujo fueron más gruesos y más brutales. Por primera vez pintaba de noche, con luz artificial. La imagen resultó especialmente tétrica, nocturna. No pudo alejarse del atril, se sentía adherido a esa superficie, magnetizado a ella. A medida que los colores se fueron terminando se vio obligado a emplear únicamente negros, marrones y azules sobre un fondo blanco y deslucido. Se negó la pausa para preparar nuevas mezclas.

En varias ocasiones percibió la presión de los brazos de su hijo sobre sus hombros. Primero delicados, como un abrazo extraño que no pudo entender. Luego el sacudón enloquecido con que agitaban su cuerpo. Una y otra vez. Pero nada pudo separarlo de aquella tela. No permitió que nada lo perturbara. Las puertas de la habitación se golpearon varias veces. Voces. Luces. Algo giró enloquecido a su alrededor. No pudo medir el tiempo. No quiso averiguar por qué. Pintó las sábanas sacudidas al aire. Flotando suspendidas sobre la cama. Se detuvo en ellas, en su lento movimiento al caer, en el demorado vuelo de su blancura. Transpiró. Sintió la excitación y la furia. Sostuvo su cuerpo como un mástil durante una tormenta. Finalmente, sin saber cuanto tiempo había transcurrido, se separó del cuadro. Lo tomó entre las manos con más cuidado que nunca. Lo depositó en el suelo siguiendo la larga hilera de su galería. Se alejó. Lo miró asombrado.

Vio el dibujo perfecto de la cama, las ropas suspendidas, la almohada en el suelo. Buscó con desesperación. Hubiese querido introducirse entre las imágenes para encontrar lo que ya no estaba allí. Se sentó en el piso con las piernas cruzadas frente al cuadro. Miró aquella cama vacía. Se sostuvo la cabeza con las manos sobre las sienes y se dejó invadir mansamente por la ausencia.

La esquela que dejó al pie del cuadro decía esta vez: “Ella ya no está allí”.

Momentos después se incorporó y se dirigió hacia la ventana. Escuchó ruidos de autos, puertas que se cerraban, voces.. Miró hacia abajo y vio a su hijo junto a otras personas mientras subía a uno de esos coches. Se alejaron lentamente hasta desaparecer sobre el fondo borroso de la calle.

Cuando su hijo regresó a la casa lo encontró bañado y afeitado esperándolo en la sala. Se puso de pie y se acercó. Lo abrazó con una fuerza desconocida. Lo retuvo contra su cuerpo y permitió que él dejara caer la cabeza sobre sus hombros. Le acarició el pelo con la mano abierta y firme. Se separaron. Fernando guió a su hijo en dirección a la cocina tomándolo del brazo.

– Te preparé la cena. Tenemos tanto de que hablar…