La muerte y otros silencios II

Nosotros en los ojos de los muertos.

Antes de las siete y treinta del lunes Sebastián ingresó como todos los días a la casa de sus padres. Abrió con su propia llave. Encontró a la enfermera de la noche dormida sobre la mesa. La cabeza apoyada sobre un brazo con el cabello ocultándole la cara. Abandonada sobre su falda estaba la revista que acompañaba la edición dominical del diario abierta en la sección de recetas de cocina. Cerró la puerta intentando no hacer ruido e ingresó en la habitación de Valentina. La encontró acostada, inmóvil, pero con los ojos inusualmente abiertos. Los párpados estirados y los globos oculares fijos. Nada denotaba que su presencia fuese percibida por su madre. Se ubicó frente a ella y la miró a los ojos. Sostuvo esa posición durante un tiempo que le pareció demasiado prolongado sin obtener ninguna respuesta. Sintió algo extraño, fuera de lugar. Una percepción que lo atravesó como un rayo a una velocidad tal que le impidió entender de qué se trataba. Algo pasó a través de él y lo dejó alterado, inquieto, confundido.

Fernando, su padre, dormía sobre el sillón descalzo y con la camisa desabrochada. El abdomen flaco subía y bajaba con los movimientos respiratorios. Pensó cuanto había adelgazado y lo agotado e indefenso que lucía en esa posición. Lo cubrió con una manta que levantó del suelo y bajó la persiana. Recordó la transformación que ese hombre había experimentado a partir de la enfermedad de Valentina. Tuvo ganas de abrazarlo y besarlo en la frente pero toda una vida de afecto mudo y gestos austeros le impidieron romper con esa rara forma de cariño que ambos se profesaban mutuamente. Una ternura vieja que siempre había sentido por su padre se le encendió en ese momento. Volvió a sentir en alguna parte del cuerpo el estremecimiento atroz de las tardes de domingo de su infancia. Un dolor sin nombre sobre el fondo del sonido insoportable del relato de un partido de fútbol que llegaba desde la casa de algún vecino. Recordó la mirada furtiva de su padre -escondido detrás del diario- que le aseguraba que también él sentía algo parecido. Entonces Sebastián se sentaba en el piso y apoyaba su cabeza sobre el brazo del sillón. Fernando deslizaba con timidez los dedos por su cabello. Así, la atmósfera de desamparo de ese momento se disolvía de inmediato para él. Nunca supo, y jamás se lo preguntó, si a Fernando le ocurría algo semejante. Cada domingo, cuando el veneno del crepúsculo lo intoxicaba, buscaba la mirada de su padre y la tímida presión de sus dedos sobre su cabeza como un antídoto infalible que lo rescataba de la muerte. Desde niño había sentido que él era un hombre derrotado aunque sólo en los últimos años había logrado ponerle un nombre a esa sensación. Un repertorio de caricias furtivas y miradas clandestinas los había hecho solidarios en el reino absoluto de Valentina que dominaba el territorio familiar sin violencia, pero sin fisuras.

La inquietud que sentía desde hacía pocos minutos lo devolvió a ese estado que lo capturaaba por completo. Como las garras de un animal monstruoso que le apretara la garganta. Salió en puntas de pie de aquella casa habitada por espectros y silencio.

Antes de cerrar la puerta se detuvo asaltado por una angustia inexplicable. Volvió a ingresar y se sentó sobre la cama de Valentina. La miró directo a los ojos mientras sostenía su mano derecha entre las suyas. La mano izquierda permanecía atada a la cama con una venda blanca, apoyada sobre una tablilla para impedir que la tubuladura del suero se escapara de sus venas. Durante algunos minutos, hijo y madre, parecieron mirarse mutuamente fascinados, hipnóticos. Pero los ojos de esa mujer ya no miraban, apenas dejaban ver a través de ellos como una ventana inerte y sin voluntad.

Tuvo deseos de llorar, pero no lo hizo. Volvió a salir.

Debía dar su primera clase en la facultad a las nueve por lo que decidió tomar un café en el bar antes de dirigirse al aula. Sebastián disfrutaba de enseñar literatura a los jóvenes. En ese lugar había encontrado por primera vez un espacio donde confesar su amor a los libros sin avergonzarse por ello. Pero esa mañana sentía un desasosiego sin motivos aparentes y se detuvo a pensar por qué. Tuvo la certeza de haber visto en algún lado a un niño que era él. No a una imagen como una fotografía, ni a su propia figura imaginaria dibujada en su mente. No una alucinación ni un delirio. La rotunda percepción de un niño real que lo miraba desde algún sitio que ahora no podía precisar. Cuando logró despegarse de esa sensación tan incómoda encontró a Ana sentada a su lado aunque él no había notado su llegada. En silencio, revolvía el té sin perturbar los pensamientos de Sebastián. Lo miraba con una expresión de afecto y el esbozo de una sonrisa en su boca. Cuando advirtió su presencia estiró su mano sobre la mesa. Ella la apretó con la suya y la sostuvo mientras conversaban.

– Perdón no te escuché llegar.

– Me di cuenta, no hay problema. ¿Cómo estás?

– Bien

– ¿Valentina?

– Sin novedad.

– ¿Por qué no pedís una licencia y te quedás en casa?

– Sería peor, estoy seguro.

Ana sentía por él un afecto antiguo y entrañable. Lo acompañaba con discreción cada vez que resultaba necesario. Por alguna oscura razón en cada oportunidad en la que Sebastián necesitaba alguien que lo escuche ella aparecía sin que nadie la llame. Muchas veces pensó que aquella mujer debía ser “su mujer”. Pero siempre desechaba la idea. No quería atarse a una persona y sabía que a ella no podría engañarla. No se sentía capaz de restringir la diversidad de sus contactos efímeros por la intensidad de una pareja estable. No por ahora. Ana tenía una belleza despojada y sin ostentación que a él lo conmovía. El cabello suelto, negro. La cara sin maquillaje, el cuello largo y fino, los ojos estirados con cierto aire oriental. Su ropa parecía elegida deliberadamente para disimular sus formas femeninas y no para exaltarlas. De todos modos a él le gustaba jugar adivinando el relieve de sus pechos o sus caderas apenas insinuados bajo su ropa.  

– ¿Hay algo más?

– Sí. Algo extraño, difícil de transmitir.

– Intentalo

– Hoy, en algún lugar que no puedo precisar, sé que vi a alguien, a un niño.

– ¿Y qué tiene eso de extraño?

– Que ese chico era yo, Ana. Pero no es una ilusión ni una fantasía. ¡Era yo!

– Ahora sí que se complican las cosas.

– Sí, no me lo explico.

– Tal vez ese sea el problema. No intentes explicártelo.

– ¿Y qué hago?

– Aceptalo o dejalo, simplemente.

Ana podía aceptar hechos aparentemente ajenos a la realidad sin que entraran en contradicción con su criterio de verdad. No era la primera vez. Los sucesos más inexplicables ni siquiera la inquietaban. Los narraba con la misma frescura y verosimilitud que cualquier otro hecho de la vida cotidiana. A él esto siempre le pareció extravagante, pero sincero. En ella resultaba natural y él lo admitía.

Entró en el aula a las nueve en punto. Unos veinte alumnos lo esperaban sentados conversando sin estridencias. Lo recibió un murmullo monocorde y tenue. Una vez frente a la clase se produjo un silencio más pronunciado que lo esperado, inusual. Tomó un trapo y comenzó a borrar el pizarrón envuelto en una nube de polvo blanco que desprendía la tiza al ser removida. Se detuvo al llegar al borde derecho y leyó una inscripción desprolija pero legible: “Sabemos lo que te pasa y te acompañamos”.

Por segunda vez durante ese día sintió deseos de llorar, pero no lo hizo.

Miró al grupo sin personalizar su mirada en nadie en particular y dijo:

– Gracias, me hacía falta.

Entonces decidió modificar el tema previsto para su clase. Se dejó llevar sin pensarlo demasiado. Sin saber hacia dónde se dirigía.

– Hoy quiero hablarles de la memoria. De esa sustancia tan inasible pero con efectos tan brutales. ¿Qué cosa será la memoria? ¿Dónde habitarán los recuerdos? ¿Recordamos hechos o recordamos recuerdos? Decía Samuel Beckett: “El hombre con buena memoria nunca recuerda nada porque jamás olvida nada”. Paul Auster hace decir a uno de sus personajes que “el misterio de lo que aún no ha ocurrido podía guardarse en la memoria”. Como el huevo de la serpiente los rastros de lo que seremos están inscriptos en el presente. También las huellas de lo que fuimos nos rondan como espectros. ¿Cuántos de ustedes recordarán en el futuro esta mañana de Abril? ¿Cuántos convocarán, desde las numerosas estaciones del dolor y del fracaso que les aguardan, la sensibilidad exasperada y el secreto temblor que hoy nos reúne? ¿Puede alguien asegurarme que los múltiples hombres y mujeres que hemos sido no circulan aún entre nosotros? ¿Puede alguno afirmar que los fantasmas de lo que serán no viajaron esta mañana en el metro con ustedes? ¿Cuándo muere un recuerdo? ¿Cuándo nace? ¿Qué maldita cosa se lleva la muerte? ¿Hacia dónde? ¿Qué sucede con esa versión única que de nosotros tienen los demás cuando ellos mueren? Esa copia de ustedes mismos que existe en las personas que aman, ¿muere con ellos? ¿Qué porción de lo que somos desaparece para siempre con esa persona? ¿Seríamos nosotros quienes ahora somos sin nuestra imagen encerrada en nuestros padres, en nuestros amores como un doble que nos duplica en el alma de esas personas? ¿Tienen ustedes una existencia independiente de esos clones inmateriales de lo que son que habitan en el interior de quienes los aman? ¿Qué será de aquellos seres hechos de sombra y memoria -que también son ustedes- cuando ellos mueran? Sobrevivir a la muerte de nuestros padres, ¿tiene un precio? ¿Alguna vez pensaron que las preguntas que nunca les hicieron y los temores que jamás les confesaron quedarán como planetas huérfanos orbitando sin destino en sus corazones? ¿Cómo volver a sentir miedo cuando ellos ya no estén?

Habló durante más de una hora poseído por una necesidad incontenible de palabras. Los alumnos permanecieron en silencio, absortos y conmovidos. Finalmente dijo: gracias y perdón. Luego se retiró. Algunos hubiesen querido abrazarlo pero Sebastián salió del aula sin que pudieran hacerlo. Busco un taxi en la puerta de la facultad pero antes de encontrarlo Ana estacionó su automóvil frente a él, abrió la puerta y lo invitó a subir.

– Te llevo, no tengo nada que hacer hasta la tarde.

– Gracias, acepto.

– ¿Hacia dónde vas?

– No lo sé, estoy algo confundido.

– Pensalo, mientras tanto te invito a almorzar.

Ana conducía mientras él la miraba con atención. Muchas veces la había imaginado en distintas situaciones. Dormida bajo el sol en una playa, desnuda en su cama mirando el techo, leyendo sentada en el piso de su departamento. Sabía que esa mujer lo esperaba, que en algún momento se encontrarían para siempre. Pero deseaba y temía ese encuentro. Lo buscaba y huía al mismo tiempo de él. Ella parecía entenderlo y no tener apuro. Ahora no podía saber qué era real y qué no lo era. De todos modos la diferencia no le pareció importante. Ana detuvo el auto en la puerta del restaurante. Antes de bajar él la tomó del hombro y la atrajo hacia sí casi sin habérselo propuesto. Ana quedó a escasos centímetros de su cara. La escena pareció congelarse durante algunos segundos. Se miraron. El labio superior de él temblaba de un modo apenas perceptible. Ella contuvo la respiración esperando algo que nunca sucedió. Se separaron. Bajaron del auto.

Se sentaron en la mesa más escondida de un viejo restaurante al que habían ido otras veces. Ella mordía trozos de pan, él daba pequeños sorbos a su cerveza. Ana habló sin mirarlo.

-Pensé que ibas a besarme.

-Yo también.

– ¿Por que no lo hiciste?

– Porque estoy convencido de que tu boca me devoraría para siempre.

– Eso es exactamente lo que sucedería. ¿Te asusta?

– Sí, mucho.

Ana volvió a tomarle la mano. Su cabeza se movía de arriba abajo afirmando algo que sólo ella conocía. Dejó caer su espalda sobre la silla. Tomó una miga de pan, la amasó con movimientos circulares y se la arrojó por la cabeza.

– Creo que lo que tengo que averiguar es en qué lugar vi a ese niño. Me importa mucho más saber eso que entender qué fue lo que en realidad vi. Ayudame.

– Podemos repasar juntos todas las posibilidades.

– Sé que crees en lo que te cuento pero, ¿por qué?

– No sería nada nuevo, ya han visto a su “doble”: Borges, Papini, Cortázar, Dostoievski, ¿por qué no iba a ocurrirte a vos?

– Es verdad. Un hecho con antecedentes se hace menos fantástico. Es casi una vulgaridad, un lugar común.

Almorzaron sin apuro. Sintió que la angustia se disipaba al saber que alguien podía observar los hechos con menos desasosiego que él. Ana le producía un misterioso efecto tranquilizador. Su presencia atenuaba el miedo que pudiese sentir y lo sumergía en un agua espesa y tibia de la que no querría salir, pero de la que siempre escapaba. Junto a ella logró pensar con menos angustia.

– Sé que lo vi sobre una ventana, o un espejo, o sobre el agua, a través de una superficie que me permitía verlo o que reflejaba con claridad esa figura. Algo transparente como un vidrio o una pantalla.

– ¿Pudiste reconocerte de inmediato?

– Sí, no tuve ninguna duda.

– ¿Podrías reconstruir la escena?

– Era yo a los 4 o 5 años. Estaba sentado en el suelo. Las rodillas apretadas contra la mandíbula y los brazos rodeando mis piernas. Asustado. Estaba oscuro. Yo miraba hacia arriba, hacia mí mismo en este caso, hacia el lugar desde el que soy ahora miraba la escena.

Por la tarde desarrolló sus tareas habituales. Buscó a ese niño que había sido él en cada ventana, cada espejo, cada superficie reflectante. Antes de regresar a su casa decidió volver a pasar por la de sus padres. Ya era de noche pero aún había un intenso movimiento en la calle. No encontró a la enfermera, tal vez por que era el horario del cambio de turno. Entonces se producía un breve intervalo en el que ya se había retirado la de la tarde y no había llegado todavía la de la noche. Ingresó en la habitación. Fernando estaba de pie pintando frente a una tela apoyada sobre un trípode de madera. Abstraído, inusualmente enérgico en sus movimientos. Pudo advertir el dibujo de una tela blanca, espumosa, suspendida en el aire sobre la cama . Se acercó a Valentina y vio los mismos ojos desmesuradamente abiertos que había visto por la mañana. Su madre estaba sin embargo más ausente que otras veces. Aproximó su cara a la de ella y, mientras observaba su tórax inmóvil, percibió que no respiraba. Tomó su mano y buscó el pulso sin encontrarlo. Soltó esa mano helada con espanto y se puso de pie. Llamó a los gritos a Fernando que no parecía escucharlo. De un salto se acercó y tomó a su padre por los hombros. Lo sacudió con furia, muchas veces. Fernando no respondía a sus gritos ni a sus movimientos desesperados. Inconmovible, continuaba pintando como si estuviese en otro lugar, ajeno a cuanto sucedía a su alrededor. Corrió hasta el teléfono. Parecía dispuesto a hacer una llamada con urgencia pero de pronto se detuvo. Abandonó el tubo sobre la mesa sin colgar. El sonido del tono se transformó en un pitido intermitente que tampoco él escuchaba. Miró hacia la cama donde estaba el cuerpo de Valentina. Miró a su padre pintando enloquecido, de pie frente a la tela. Se acercó hacia su madre y volvió a sentarse frente ella. Los ojos abiertos le daban un aspecto extraño e irreal. Los miró intensamente. Al hacerlo percibió con claridad la silueta de un niño en su interior. Ese niño era él durante una noche de pánico cuando tenía cuatro años. Recordó la escena de inmediato y con todos sus detalles. Aterrado por los fantasmas de la noche había huido de la oscuridad de su cama pero sólo pudo llegar hasta un rincón de la habitación. Allí se sentó en el piso derrumbado por el miedo. Apretó con los brazos sus rodillas y a éstas contra la mandíbula. Temblaba pero no podía llorar. De pronto se abrió la puerta y apreció Valentina apenas iluminada por la escasa luz que llegaba desde el pasillo. La miró, desde abajo. Alta, inmensa, bella e invencible, su madre era una diosa que llegaba para rescatarlo. Lo tomó en sus brazos sin hablarle. Lo apretó contra su pecho. Sobre la blandura láctea de ese sitio que no era de este mundo, él se durmió de inmediato. Nunca se lo pudo agradecer. Pocas veces él mismo había recordado aquel momento hasta que creyó olvidarlo por completo. Pero al parecer siempre estuvo guardado en algún remoto lugar. Más allá de las palabras que la nombran esa escena se resistió a la disolución de la infancia y al ímpetu salvaje del mundo adulto que lo atrapó para siempre.

Volvió a mirar los ojos de su madre. Volvió a ver al niño que había sido con total nitidez. Comprobó con espanto que ahora el niño yacía muerto en la oscuridad de la habitación, dentro de aquellos ojos. Ese niño, él mismo  hacía muchos años, acababa de morir atrapado en el interior de los ojos de Valentina.

Apoyó sus dedos sobre los párpados pero no se animó a cerrarlos. Tuvo deseos de llorar, y lo hizo.

El ruido de un tren sobre las vías y un largo silbido se alejaban. Lejos, noche arriba.

Solo, como nunca jamás se había sentido, le cerró los ojos definitivamente.

D.F