Lamer las heridas

adolescente.triste

adolescente.tristeAcerca del llanto de una madre y de la absurda controversia entre disciplinas que pone a la propia tribu por encima del dolor del otro

“Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia”, Aljejandra Pizarnik

Cada vez que Lucía baja la cabeza, respira con una lentitud y profundidad diferentes, con un ritmo metafísico cargado de dolor, yo sé lo que va a ocurrir. Le acerco la cajita de pañuelos de papel arrastrándola sobre el escritorio. Ella toma uno, hace un bollito entre los dedos y, solo entonces, como si yo tuviera que autorizarla, llora. Solloza primero con cierto pudor, un llanto contenido que le va creciendo en la garganta como una voz encerrada que lucha por salir.

Lucía tiene 38 años, fue madre soltera a los 22. Crió a su hija sin apoyo del padre y contra la permanente recriminación de su propia familia. Vivió en pensiones, hizo de todo para sobrevivir. Estudió de noche. Ahora es maestra, trabaja en dos turnos. Se levanta a las 5,30 de la mañana, viaja 4 hs por día para ir desde su casa a las escuelas y regresar 12 hs más tarde. La nena se llama Sol y la llevó a cuestas de colegio en colegio hasta que fue creciendo.

Durante mis primeros años de médico me esforzaba por impedir que la gente llore. Les daba razones, distribuía esperanzas como una ortopedia inútil ante el dolor. Me parecía que tenía que evitarlo, ahora aprendí que debo permitirlo. Que muchas personas no tienen otro lugar en el mundo donde llorar. Que el llanto es un síntoma, pero también un alivio. Que acompañar es mejor que eliminar una emoción tan poderosa. Superé el imperativo verborrágico, la obligación de explicar en lugar de comprender. Soy más viejo, claro. Y yo tampoco sabría donde llorar sin que nadie me moleste con consuelos tontos. Aprendí a callar.

Desde hace dos años Sol se encierra en su cuarto durante todo el día. Falta mucho a clases. Casi no habla, no quiere comer, dejó de verse con sus amigas. Pone la tele sin voz, la mira como si fuese un fuego ardiendo en el medio de la pieza. Cada vez que Lucía le pregunta que le pasa responde: “nada”. A veces es mucho peor, dice “no sé” y lo repite muchas veces: no sé, no sé, no sé…

Ahora Lucía se derrumba sobre la silla, se tapa la cara con las dos manos y llora con todo el cuerpo. Es un movimiento generalizado, una convulsión sincrónica, un terremoto que la sacude por completo. Yo renuevo los pañuelitos, me pongo de pie, rodeo la silla, la abrazo desde atrás. Ella deja caer su cabeza sobre mis brazos. Me moja con un líquido tibio y salado las mangas de la camisa.

Sol empezó a usar ropa abrigada en días de calor, en pleno verano. Lucía la retaba pero ella no le hacía caso. Una noche se acercó a su cama. Le acarició el pelo mientras dormía. Ella dejó caer el brazo hasta rozar la alfombra con su mano abierta. Entonces vio las cicatrices. Unas rayitas rojas, secas, ásperas. Una hilera prolija de líneas dibujadas una a la misma distancia de la otra que trepaban desde la muñeca hacia el codo.

Se relaja, siento sus músculos abandonarse a mi abrazo. Me lo agradece con el cuerpo. Respira distinto, se incorpora apenas. El desasosiego va saliendo de a poco como un viento negro por las ventanas abiertas de sus ojos. Me mira. –Perdón, me dice. Me dice: “perdón”, y yo me siento miserable.

Desde que Sol comenzó con problemas va dos veces por semana a la psicóloga. Lucía dio de baja la TV por cable, ya no compra alimento balanceado para el gato, no va a la depiladora ni a la peluquería para poder pagarlo. Cuando pide una entrevista le responde que no puede verla si su hija no lo autoriza. De vez en cuando la recibe. Conversan acerca de lo que significa ser un hijo no deseado, de las consecuencias en la subjetividad que eso puede tener para un adolescente. Si Lucía hace preguntas, le responde que su paciente es Sol y no ella. Le dijo que la ve peor, que ahora se hace daño. Ella le respondió que el cuerpo de su hija era un territorio privado y que ella no tendría que espiar su intimidad. Que las crisis son procesos de simbolización que hay que atravesar para superar el conflicto. Le recomendó tres consultas semanales durante este período. Le habló de la posibilidad de un acompañante terapéutico. Ahora Lucía también da clases particulares de matemáticas a domicilio algunas noches y los fines de semana.

La acompañé a la camilla, le tomé la presión, la ausculté, controlé sus reflejos. Ninguna de esas cosas me aportaría datos relevantes. Mi examen físico fue parte de un ritual. Más una terapéutica que una exploración. Una ceremonia milenaria hoy en extinción. Gestos de un cuerpo mostrándole a otro que está allí, que lo que le ocurre le importa.

Ayer Lucía le comentó a la terapeuta una conversación que habíamos tenido unos días antes. Le dijo que yo le había sugerido una consulta psiquiátrica, que tal vez podrían medicar a Sol y colaborar a atenuar su sufrimiento. Le aclaró que yo pensaba que eso iría en la misma dirección que su terapia y que, tal vez, haría que Sol estuviera más receptiva a su tratamiento. La psicóloga se encendió de furia. Le dio a Lucía una clase de reduccionismo biológico, de medicalización de los padecimientos humanos. Le explicó, repleta de ira, cómo los médicos solo vemos órganos y pastillitas en lugar de historias de vida y padecimientos existenciales.

Hace un rato me contó esa experiencia antes de pedirme “permiso” para llorar. Y lloró por Sol, por ella, porque no encuentra respuestas donde se supone que deberían estar. Porque dos personas en las que ella confía no se ponen de acuerdo en algo tan fundamental como la salud de su hija. Porque hace dos meses que no paga la cuota del colegio de Sol para solventar su tratamiento psicológico. Porque le redujeron las horas extras. Porque tiene terror de que su hija se mate.

Desde hace un tiempo entreabre la puerta del cuarto de Sol por las madrugadas. Se queda en silencio, con miedo de que hasta el susurro de su propia respiración la despierte. Espía con un solo ojo, ve el cabello castaño derramándose sobre la almohada, el reflejo de la luna sobre su nariz pequeña. Se canta sin voz, para sí misma, la canción que le cantaba a ella durante las noches heladas en la pensión de Barracas. Vuelve a sentir en los pies ese frío tremendo y el cuerpito de ella chupándole el calor del suyo como le chupaba la teta hasta dejarla vacía. Asoma la lengua sin saber por qué. Quiere lamer las heridas de sus brazos hasta tragarse entera la tristeza que la envenena.

Volvimos a sentarnos, estaba más tranquila. Apretaba en las manos varios bollitos de papel con los que se había secado las lágrimas. Le acerqué el cesto y los arrojó adentro. Le expliqué que no era correcto que yo interfiriera en un vínculo terapéutico de un paciente con otro profesional. Que había varios caminos para ayudar a una persona y que todos debían consensuarse con el mismo objetivo. Que la licenciada tendría motivos para enojarse, que tal vez no entendió que era una sugerencia y no una orden. Le hice saber que yo no podía pedir una consulta psiquiátrica para Sol si su terapeuta no estaba de acuerdo. Que mi opinión tal vez haya sido imprudente ya que nunca había atendido a su hija. Lucía me dijo que estaba muy asustada, que se sentiría más tranquila si hacía esa consulta. Le repetí que eso era imposible, que había normas éticas entre colegas que yo no podía transgredir. Un código tácito de respeto mutuo entre profesionales. Insistió.

El viernes llamaron de la escuela para preguntar por qué Sol hacía una semana que no iba a clases. La mañana siguiente la esperó detrás de un camión hasta verla salir de la casa. La siguió escondida a cierta distancia entre la multitud que iba para el trabajo. Caminaron unas diez cuadras hasta la Plaza Artigas. Sol se sentó en una hamaca y se balanceó durante más de una hora. Lucía se acercó, la agarró de la mano. Caminaron por Rivadavia hasta la confitería Las Lilas. Tomaron dos submarinos de un chocolate hirviente y espeso que les quemaba la lengua y mediaslunas de manteca. A las dos les quedaron unos bigotes gruesos de espuma blanca y marrón. Les causó una gracia tremenda. La gente las miraba reírse a carcajadas agarrándose la panza sin entender por qué. Volvieron sin decirse nada. Durmieron la siesta abrazadas. Las despertó a las cinco el timbre del primer alumno de matemáticas.

Nos pusimos de pie para despedirnos. Le deseé suerte, le pedí que me llamara para contarme cómo iban las cosas con Sol. Nos quedamos parados mirándonos unos segundos. Una pausa breve, pero más larga de lo normal para esa situación. Sentí que ella esperaba algo de mí y que yo había dejado algo inconcluso. Mientras se acomodaba la cartera enorme, repleta de pruebas de sus alumnos para corregir esa noche, tomé la lapicera. Escribí automáticamente, sin meditarlo, en un acto reflejo. Anoté un nombre y un número de teléfono. Extendí el brazo con el papel, ella abrió la mano. Lo apoyé despacito, como si estuviera dejando una llave secreta sobre su palma húmeda, sacudida por un minúsculo temblor.