Las dos mitades de la doctora Inés

madre_medica

madre_medicaCuerpos y sombras de una mujer dividida.

“Mi hijo, como la mayoría de los niños, era impetuoso, impaciente, incapaz de saborear lentamente las delicias de las fresas y prolongar el placer de degustarlas. Se zampaba su plato en un instante y entonces fijaba su mirada codiciosa en el mío, que estaba todavía lleno. Cada vez que ocurría eso, yo le daba mis fresas. Y ¿sabes qué?, recuerdo que aquellas fresas me sabían mejor en su boca que en la mía”. Abraham Maslow. Citado por Zygmunt Bauman en “El arte de la vida”, Paidos, 2009

A veces pienso que sólo yo las veo. Como si fuese la única persona sensible a un fenómeno que los demás no perciben. O tal vez todos las ven pero nadie lo dice. No sé, no estoy seguro. Es algo tan contundente que me niego a creer que no sea real.

Esta mañana por ejemplo. Inés llegó muy temprano a la sala del hospital. Precedida por el ruido enérgico de sus pasos retumbando en el pasillo apreció su figura detrás de la puerta. Erguida, los hombros simétricos y la cabeza con una discreta elevación del mentón. El cabello tenso peinado hacia atrás sujeto por una hebilla enorme con forma de mariposa. Desafiante. Envuelta por un atmósfera propia saturada de Carolina Herrera 212 en niveles tóxicos. Se detuvo. Me miró. Esperaba que yo hiciera algo que para ella resultaba evidente pero que yo ni siquiera imaginaba.

-¿Vamos a ver a los pacientes o pensás quedarte toda la mañana mirándome como un idiota?

– No, claro… Veamos a los pacientes. Es que a veces no entiendo tus silencios.

Nos detenemos ante la cama de cada enfermo. Ella escucha mi presentación, mira los estudios, lo examina. Es amable y cordial. Responde con inteligencia incluso a lo que las personas no se atreven a preguntar. Hace diagnósticos y recomendaciones. No duda, nunca duda. Fundamenta lo que dice con una racionalidad perfecta y con argumentos sólidos. Escucha a los demás pero sólo como un gesto de buena educación. Planifica las tareas de la jornada. Distribuye el trabajo y nos cita al mediodía para una clase.

Cuando sale la sigo a poca distancia. Camina contra el reflejo del sol atravesando las ventanas. Hace apenas dos o tres metros y entonces aparece. Pegada a su espalda. Separada por unos pocos centímetros de ella, la otra Inés sigue sus pasos. Parece igual, pero es distinta. Un clon que duplica su silueta pero que no reproduce su actitud. Camina con pasos cortos y desarticulados. Los hombros caídos y la cabeza sumergida en el tórax como si no tuviese cuello. Su cuerpo se deja atravesar por la luz y una multitud de finas partículas de polvo suspendidas en el aire como si estuviese hecha de sombras. Inmaterial.  Se distrae por un instante mirando las copas de los árboles detrás de los vidrios pero advierte que su otra mitad se aleja y corre hasta alcanzarla. El cabello suelto se agita con cada uno de sus pasos vacilantes. Estira un brazo y despeja con la mano un mechón de pelo que le tapa el ojo derecho. Entre la boca y las cejas se dibujan una expresión compleja. Como si el cuerpo se hubiese despertado pero su cabeza permaneciera atrapada en el interior de una pesadilla. Parece un ángel exhausto. Una niña agobiada por un mundo que no comprende. Mira hacia la mujer que marcha delante suyo como si fuese una extraña. Alguien a quien debería conocer pero que no recuerda quién es. No sabe por qué, pero la sigue como un perro fiel a un amo altivo e indiferente.

La primera Inés se detiene frente al ascensor y oprime el botón de llamada. Espera mirándose los zapatos negros sobre sus pies pequeños. La otra la ronda en círculos perfectos. Cuando pasa delante de su cara debe aplastar la espalda contra la pared para atravesar el estrecho espacio que media entre ella y su doble. Se detiene un instante y se miran a los ojos. Pero la otra no se inmuta.  Entonces camina en zigzag a toda velocidad agitando los brazos como si algo urgente estuviese por suceder y no pudiera detenerlo.  No encuentro otra forma de describirlo. Es como si estuviese a punto de orinarse o de levantar vuelo. Se aleja algunos metros hacia atrás y corre en dirección a la espalda de su otra mitad. No se detiene. Pienso que el impacto será brutal. Me asusto. Pero sobre el cuerpo de la Inés que espera el ascensor apenas percibo un movimiento delicado. Un trémulo estremecimiento. Una brisa que ingresa en ella y se acomoda en su interior. Sus vértebras se encorvan, la cabeza desciende sobre el cuello, los hombros quiebran la postura de soldado y se abandonan a la gravedad cayendo sobre los brazos. Ahora es la otra Inés quien espera el ascensor. Abatida, agobiada. Ha tomado posesión de su cuerpo.

La primera asoma dese algún punto como si saliera desde una caja donde la tuviesen guardada y plegada sobre sí misma. Primero es apenas un humo denso que luego cobra forma como el genio de Aladino. Se estira, recompone su postura y recobra su actitud enérgica. Se transforma en una sombra erguida a pocos centímetros de la abrumada mujer que tomó su lugar.

Corro y me ubico al lado de las dos mitades de Inés. Llega el ascensor y subo con ellas. La mujer imperativa que hace un rato recorrió la sala conmigo permanece como un espectro apoyado sobre un fondo metálico repleto de grafittis y manchas de dudosa procedencia. La otra se deja llevar con la mirada fija en el piso. Pongo mi mano sobre su hombro para decirle con los dedos lo que ella ya sabe.

– Acá estoy Inés. Parece que hoy estás algo triste.

Apoya su mano sobre la mía sin darse vuelta. Ambos confirmamos nuestras presencias con las palabras y con los cuerpos. Estamos allí, por si nos necesitamos. Bajamos del ascensor y nos sentamos sobre los bancos de madera de una sala de espera vacía. La otra nos sigue.

– ¿Sabés? Esta mañana, antes de venir al hospital, dejé a Melina con mamá. Aún dormía y regurgitaba leche cuando me despedí de ella acomodándole una manta sobe los brazos de mi vieja. Luego llevé a Franco al jardín. La maestra lo recibió con un beso y se lo llevó de la mano. Me quedé mirándolos alejarse a través de la puerta de vidrio. Él tiene que haber sentido la presión de mi mirada, estoy segura. Entonces se soltó de la mano de la maestra y corrió hasta la puerta. Sabía que yo estaba allí, ¡te juro que lo sabía! Nos miramos. Apoyamos nuestras manos abiertas  a través del vidrio, palma contra palma. Yo lloré. Pero él no. Nos separamos. Una mancha espesa con nuestras manos dibujadas quedó sobre el vidrio durante un rato. La mía enorme como una casa y la suya pequeña acurrucada allí adentro. Seguí llorando mientras conducía hasta el hospital. Como una idiota. Como un criminal que se arrepiente de lo que acaba de hacer.  Pero que ya no tiene remedio.

No es ninguna novedad. Cuando la sombra derrotada de Inés se hace cuerpo y desplaza a la enérgica mujer que conozco, yo sé que hablará de esto. De la doble condición de madre y médica que no puede conciliar. De la puja entre esas dos personas que no logran convivir en paz. Mientras intento consolarla la otra permanece de pie pegada a la pared. Inmutable a las emociones que por allí circulan, espera su turno como si nada sucediese.

– Ellos estarán muy bien. No te preocupes.

– ¿Ellos? Es posible, pero la que está muy mal soy yo.

Conozco el guión de todo cuanto ocurrirá en los próximos minutos. Permanezco a su lado como un gesto de afecto y de inútil solidaridad. Ella avanza sobre las mismas escenas repetidas y yo –mentalmente- tildo en el guión las etapas sucesivas a medida que aparecen.

– Es terrible. Cuando me quedo en casa con ellos porque alguno tiene fiebre siento que no estoy en el hospital que es donde debería estar. Pienso en el modo en que mi carrera se retrasa o se detiene para siempre mientras preparo mamaderas o  cuento  gotitas de Ibuprofeno. Apenas logro que se duerman corro al baño, me encierro. Necesito estar sola, a salvo de esa demanda interminable. ¿Y sabés qué hago? Cierro la puerta y lloro porque me doy cuenta de que soy una egoísta pero no puedo evitarlo. Sí, lloro como una idiota, como un criminal que se arrepiente de lo que acaba de hacer.  Pero que ya no tiene remedio.

La arrastro hasta la sala de médicos. Caliento agua. Preparo un café con todo esmero. Revuelvo una mezcla de azúcar, café y leche en polvo durante algunos minutos. Se forma una pasta semilíquida y grumosa. Completo la taza con agua caliente. Extiendo mi brazo y ella la toma. Ahora me dirá que es espantoso, que no entiende cómo sigo siendo incapaz de hacer un café decente después de tantos años. Luego se pondrá de pie y me abrazará fuerte. Me dirá gracias y vendrá la parte en que se preguntará: ¿quién soy? Sigo tachando escenas en mi guión.

– ¡Esto es horrible! Nunca vas a aprender a hacer café. No puedo creerlo.

Me abraza fuerte. El olor a café atenúa la toxicidad del Carolina Herrera 212 que lo inunda todo. Humaniza un poco ese olor tan penetrante y artificial. Nunca he entendido porque las mujeres no nos permiten disfrutar del olor a ellas mismas.

– ¿Sabés qué me estoy preguntando?

– No, no tengo ni idea.

– ¿Quién soy yo? ¿La doctora con una carrera en ascenso o la madre con dos niños que la reclaman pero a los que cada mañana abandona en manos de extraños?

– No sé, tal vez sean dos mitades de la misma persona.

– ¡No seas tonto! Nadie puede tener dos mitades incompatibles, antagónicas. Nunca podrían integrarse en una persona sana.

– Es posible. Sí, sí, claro. Ahora que lo mencionás…

No quiero contradecirla. Puedo comprenderla. Pero nada de lo que sucede le resulta claro a mi bárbara mentalidad de mono. Su inestabilidad, su frágil equilibrio. Quisiera retenerla pero apenas lo pienso aparece la otra. La alternancia permanente entre sus dos mitades lo hace imposible. Es como llevar agua en el cuenco de la mano. Pero quiero estar allí. Acompañarla. Siento que debo hacerlo.

Desde algún lugar llega el sonido amortiguado de “Come as you are” y la desgarradora voz de Kurt Cobain le sube algunos grados a la intensidad de la escena. Creo que también ella lo percibe. Un giro mínimo de su cabeza buscando la fuente de esa música. Una pausa apenas perceptible que permite que el sonido la alcance y se derrame como una lluvia melancólica en su interior. Luego sigue hablando como si se contara a sí misma algunos hechos que ya conoce pero que necesita volver a escuchar.

– La mañana en que volvimos a casa después del primer parto me desnudé acostada sobre la cama. Estaba exhausta, dolorida, confusa. Me miré las palmas de las manos. Las mismas que hace un rato se juntaron con las de Franco sobre un vidrio. Recordé que cuando tenía doce años una amiga de mamá me leyó el destino en ellas. La mujer se quedó un rato mirándolas y luego me dijo un par de cosas obvias. Pero yo siempre supe que me ocultaba algo. ¡No te rías! Todavía lo pienso y me asusta.

La sombra enérgica de la otra Inés mueve los pies sin desplazarse del lugar. Entra en calor para disputarle el cuerpo a la mujer atormentada que bebe cortos sorbos de café mientras sorbe ruidosamente algunas lágrimas que eligen el camino de su nariz. Entrecruza los dedos de ambas manos y los estira. Una secuencia de ruidos que llegan desde sus articulaciones se desata como una ametralladora. Gira los hombros y la cabeza alrededor del cuello como un jugador que se dispone a ingresar al campo de juego.

– Esa mañana apoyé mis manos sobre mi cuerpo y lo recorrí como a un territorio desconocido. No podía creer que ésa fuera yo. Que aquél fuese el relieve de mi propio cuerpo transformado. Me sostuve los pechos pesados, enormes, turgentes. Los pezones oscuros, ajenos. Entonces una gota gruesa de leche asomó la cabeza y se estiró hacia abajo hasta caer sobre mi panza. Quise correr, pero no podía ni moverme. Quería escapar de aquella mujer pero ya se había instalado en mi cuerpo y hacía con él lo que quería. Desfilaron por mi cabeza las caras de la abuela Soledad, la de mi vieja, las de mis tías gordas amamantando a sus hijos en el patio de casa mientras jugaban a las cartas y masticaban enormes trozos de bizcochuelo que se les quedaban adheridos a la comisura de los labios. Sentí que todas las mujeres del mundo pasaban por mi cuerpo y se adueñaban de él. Yo no quería eso. No lo quería. Pero no podía escapar del lugar donde me encontraba sin transgredir leyes milenarias. Sin convertirme en criminal. No podía, no podía. Nunca jamás iba a poder salirme de allí. Estaba condenada.

La vi desfalleciente. Vigilada por miles de ojos ocultos. Triturada por una boca negra y oscura que se la tragaba sin que ella pudiese ofrecer resistencia. Hubiese querido protegerla de ella misma. De la idea ancestral que, desde el interior de su cabeza, la aturdía con las voces de todas las mujeres que existieron desde el inicio de los tiempos.  Quise arrancarla del suelo sobre el que estaba parada y correr con ella hasta ponerla a salvo. Pero supe de inmediato que las raíces eran tan poderosas que si la tomaba del brazo, me quedaría con él entre los dedos pero ella seguiría allí. Sola, cautiva de juramentos irrenunciables pero que ella nunca había pronunciado.  Sentía terror por tener que aceptar aquello a lo que no es posible renunciar. Yo sentí vergüenza por mi condición de hombre. Por la bajeza de no encontrar las palabras para decírselo.

– ¿Qué les diré a mis hijos dentro de algunos años? ¿Que su madre se siente frustrada porque abandonó su carrera para criarlos? o tal vez ¿que los abandoné a ellos para avanzar en mi profesión y me siento desolada por haberme perdido sus mejores años?

Me mira. Busca en mi cara alguna señal que le permita responder sus preguntas. Yo intento mantener una expresión neutra como para no comprometerme con ninguna. El beeper suena dentro de su bolsillo pero ella  parece no escucharlo. Percibo los pasos firmes de la otra que se aproximan cada vez más rápido. Su respiración agitada me llega como un rumor intermitente. Graznidos de pájaros dentro de una caja de cristal. Raro. Un sonido sibilante y exótico como de un animal aéreo y furioso. Paso mi mano acariciando la cabeza de la pobre Inés como en una despedida. Mis dedos abren surcos en su cabello y liberan nuevas bocanadas de perfume. Me separo algunos centímetros. Sé lo que está por ocurrir.

– A veces pienso que estas preguntas no tienen respuesta. Que pasaré toda mi vida padeciendo entre ambas situaciones. Llora la mamá y llora la doctora…

La miro por última vez como a una amiga entrañable en la cubierta de un barco que se aleja sobre la línea anaranjada del horizonte. Se contrae primero y se estira después como si un fluido eléctrico ingresara a su cuerpo. Entonces se transforma. Es la otra Inés. Con ambas manos peina su cabello y lo fija con una hebilla que simula una mariposa. Alisa su ropa. Se mira sobre el reflejo de la ventana y se acomoda el cuello de la blusa. Levanta la cabeza y los hombros. Mira en el espejo hacia atrás y abajo. Necesita comprobar que sus poderosas nalgas aún están allí. Se encienden bajo el efecto de su mirada como dos gajos de una fruta madura. Las enarbola como un estandarte. Sólo entonces repara en mi presencia.

La otra Inés -que ahora es una sombra perfecta- coloca las manos sobre sus hombros. La derecha sobre el hombro izquierdo, la izquierda sobre el derecho. Se aprieta y se frota como si quisiese darse calor. Como si un frío glacial la recorriera de sur a norte hasta hacerla temblar. Quiero tocarla. Estiro mi brazo. Pero mi mano la atraviesa como a una nube. Mis dedos asoman en su espalda justo debajo del omóplato y mi codo permanece a mitad del esternón. Retiro la mano aterrorizado.

La primera Inés me mira. No comprende mis movimientos inexplicables. No sé qué decir.

– Si no estuviese sonando mi beeper me tomaría algunos minutos para explicarte porque pienso que estás loco, irremediablemente loco.

Lee el mensaje en la pantalla del aparato y luego lee en mis ojos el desconcierto que me asalta. No dice nada. Unos segundos después su mirada me acribilla como un pelotón de fusilamiento. Esperaba que yo hiciera algo que para ella resultaba evidente pero que yo ni siquiera imaginaba.

-¿Vamos a ver a los pacientes o pensás quedarte toda la mañana mirándome como un idiota?

– No, claro… Veamos a los pacientes. Es que a veces no entiendo tus silencios.

D.F.