Las dos mitades de la doctora Inés

dra.bebe.ambulFB

A veces pienso que sólo yo las veo. Como si fuese la única persona sensible a un fenómeno que los demás no perciben. ¿O es que todos las ven pero nadie lo dice? Tal vez yo no sea el único que teme que crean que estoy loco, que alucino. No sé… Me niego a creer que no sea real.

Esta mañana por ejemplo. Inés llegó muy temprano a la sala del hospital. Precedida por el ruido enérgico de sus pasos retumbando en el pasillo apreció su figura detrás de la puerta. Erguida, los hombros simétricos, la cabeza con una discreta elevación del mentón. El cabello tenso peinado hacia atrás sujeto por una hebilla enorme con forma de mariposa. Desafiante. Envuelta en un atmósfera propia saturada de Carolina Herrera 212. Se detuvo. Me miró. Esperaba que yo hiciera algo que para ella resultaba evidente pero que yo ni siquiera imaginaba.

-¿Vamos a ver a los pacientes o pensás quedarte toda la mañana mirándome como un idiota?

– No, claro… Veamos a los pacientes. Es que a veces no entiendo tus silencios.

Nos detenemos ante la cama de cada enfermo. Ella escucha mi presentación, mira los estudios, lo examina. Es amable y cordial. Responde con inteligencia incluso a lo que las personas no se atreven a preguntar. Hace diagnósticos y recomendaciones. No duda, nunca duda. Fundamenta lo que dice con una racionalidad perfecta y con argumentos sólidos. Escucha a los demás pero sólo como un gesto de buena educación. Planifica las tareas de la jornada. Distribuye el trabajo y nos cita al mediodía para una clase.

Cuando sale la sigo a poca distancia. Camina contra el reflejo del sol atravesando las ventanas. Hace apenas dos o tres metros y entonces aparece. Pegada a su espalda. Separada por unos pocos centímetros de ella, la otra Inés sigue sus pasos. Parece igual, pero es distinta. Un clon que duplica su silueta pero que no reproduce su actitud. Camina con pasos cortos y desarticulados. Los hombros caídos y la cabeza hundida en el tórax como si no tuviese cuello. Su cuerpo se deja atravesar por la luz cargada con una multitud de finas partículas de polvo suspendidas en el aire. Como si estuviese hecha de sombras. Inmaterial.

Se distrae por un instante mirando las copas de los árboles detrás de los vidrios pero advierte que su otra mitad se aleja y corre hasta alcanzarla. El cabello suelto se agita con cada paso. Tienen un andar inseguro, vacilante. Estira un brazo y despeja con la mano un mechón de pelo que le tapa el ojo derecho. Entre la boca y las cejas se le dibuja una expresión compleja. Como si el cuerpo se hubiese despertado pero su cabeza permaneciera atrapada en el interior de una pesadilla. Parece un ángel exhausto. Una niña agobiada por un mundo que no comprende. Mira hacia la mujer que marcha delante suyo como si fuese una extraña. Alguien a quien debería conocer pero que no recuerda quién es. No sabe por qué, pero la sigue como un perro fiel a un amo altivo e indiferente.

La primera Inés se detiene frente al ascensor y oprime el botón de llamada. Espera mirándose los zapatos negros. Tiene los pies pequeños. Su actitud es marcial, erguida, tensa. Parece una mujer soldado cumpliendo una misión que sólo ella puede realizar. La otra la ronda en círculos. Cuando pasa delante de su cara tiene que aplastar la espalda contra la pared para atravesar el estrecho espacio que media entre ella y su doble. Se detiene un instante. Se miran a los ojos. Pero la otra no se inmuta. Entonces camina en zigzag a toda velocidad agitando los brazos. Parece que algo urgente estuviese por sucederle y no pudiera detenerlo. No encuentro otra forma de describirlo. Es como si estuviese a punto de orinarse o de levantar vuelo. O mejor aún como si un pájaro enorme carreteara por el pasillo sin decidirse si quiere volar o ir al baño. Se aleja algunos metros hacia atrás para tomar distancia de la primera Inés. Para y mide la distancia. Después corre en dirección a la espalda de su otra mitad. No se detiene. La velocidad aumenta y los brazos se agitan como alas enormes y ridículas. Anticipo un impacto brutal. Me asusto. El choque ya es inevitable. Pero sobre el cuerpo de la Inés que espera el ascensor apenas se produce un movimiento delicado. Un trémulo estremecimiento. Una brisa que entra en ella y se acomoda en su interior. Sus vértebras se encorvan, la cabeza baja sobre el cuello, los hombros quiebran la postura militar y se abandonan a la gravedad cayendo sobre los brazos. Ahora es la otra Inés quien espera el ascensor. Abatida, agobiada. Ha tomado posesión de su cuerpo.

La primera sale del cuerpo del que ha sido desplazada como si saliera desde una caja donde la tuviesen guardada y plegada sobre sí misma. Primero es un humo espeso. Un vapor azulado y gris con vagas formas de mujer. Después se va haciendo reconocible. Es un genio de Aladino. Se estira, recompone su postura. Recobra su actitud enérgica. Se transforma en una sombra erguida a pocos centímetros de la abrumada mujer que ha tomado su lugar.

Me pauro para ubicarme al lado de las dos mitades de Inés. Llega el ascensor, subo con ellas. La mujer imperativa que hace un rato recorría la sala conmigo permanece como un espectro apoyado sobre la pared metálica del fondo repleta de grafittis y manchas de dudosa procedencia. La otra se deja llevar con la mirada fija en el piso. Abatida. Apoyo mi mano sobre su hombro para decirle con ese gesto lo que ella ya sabe.

– Acá estoy Inés. Parece que estás un poco triste hoy.

Apoya su mano sobre la mía sin darse vuelta. Confirmamos nuestras presencias con las palabras y con los cuerpos. Estamos allí, por si nos necesitamos. Bajamos del ascensor y nos sentamos sobre un banco de madera de la sala de espera desierta del área de pediatría. La otra nos sigue. Una sombra detrás de su cuerpo.

Junta fuerzas para empezar a hablar. Se demora, pienso que no va a poder. Pero puede. Ya sé lo que va a decir.

– ¿Sabés? Esta mañana, antes de venir al hospital, dejé a Melina con mamá. Dormía y regurgitaba leche cuando me despedí de ella acomodándole una manta sobe los brazos de mi vieja. Después llevé a Franco al jardín. La maestra lo recibió con un beso y se lo llevó de la mano. Me quedé mirándolos a través de la puerta de vidrio. Él tiene que haber sentido mi mirada, estoy segura. Se soltó de la mano de la señorita Marcela y corrió hacia donde estaba yo, mirándolo. Sabía que yo estaba allí, ¡te juro que lo sabía! Nos miramos. Apoyamos nuestras manos abiertas a través del vidrio, palma contra palma. Lloré. Pero él no. Nos separamos. Una mancha espesa con nuestras palmas dibujadas quedó impresa sobre el vidrio durante un rato. La mía enorme como una casa y la suya pequeña acurrucada allí adentro. Seguí llorando mientras manejaba el auto hasta el hospital. Como una idiota. Como un criminal que se arrepiente de lo que acaba de hacer. Aunque ya no tiene remedio. Culpable y arrepentida.

No es una novedad. Cuando la sombra derrotada de Inés se hace cuerpo y desplaza a la enérgica mujer que conozco, yo sé que me hablará de esto. De la doble condición de madre y médica que no puede conciliar. De la puja entre esas dos personas que no logran convivir en paz. Mientras intento consolarla la otra permanece de pie pegada a la pared. Inmutable a las emociones. Espera su turno como si no pasara nada.

– Los chicos estarán muy bien. No te preocupes.

– ¿Ellos? Sí, puede ser… Pero la que está muy mal soy yo.

Conozco el guion de todo cuanto ocurrirá en los próximos minutos. Permanezco a su lado como un gesto de afecto y de inútil solidaridad. Ella avanza sobre las mismas escenas repetidas y yo –mentalmente- tildo en el libreto las etapas a medida que aparecen.

– Cuando me quedo en casa porque alguno de los chicos tiene fiebre siento que no estoy en el hospital que es donde debería estar. Pienso en el modo en que mi carrera se retrasa o se detiene para siempre mientras preparo mamaderas o cuento gotitas de Ibuprofeno. Apenas consigo que se duerman corro al baño, me encierro. Necesito estar sola, a salvo de esa demanda interminable. ¿Y sabés qué hago? Cierro la puerta con llave y lloro porque me doy cuenta de que soy una egoísta pero no puedo evitarlo. Sí, lloro como una idiota, como un criminal que se arrepiente de lo que acaba de hacer. Aunque ya no tiene remedio. Culpable y arrepentida.

La arrastro hasta la sala de médicos. Caliento agua. –Te voy a preparar algo caliente para que tomes, le digo. Revuelvo una mezcla de azúcar, café y leche en polvo durante algunos minutos. Se forma una pasta semilíquida y grumosa. Una melaza horrible que siempre tiene exceso o déficit de líquido pero nunca la proporción correcta. Completo la taza con agua caliente. Se la ofrezco. Ahora me dirá que es espantoso, que no entiende cómo sigo siendo incapaz de hacer un café decente después de tantos años. Después se pondrá de pie y me abrazará fuerte. Me va a decir gracias y vendrá la parte en que se preguntará: ¿quién soy yo? ¿La mamá o la doctora? Sigo tachando escenas en el guion. Siempre es igual.

– ¡Esto es horrible! Nunca vas a aprender a hacer café. No puedo creerlo.

Me abraza. Huele a Carolina Herrera 212. Nunca he entendido porque las mujeres no nos permiten disfrutar del olor a ellas mismas.

– ¿Sabés qué me estoy preguntando?

– No, no tengo idea.

– ¿Quién soy yo? ¿La doctora con una carrera en ascenso o la madre con dos hijos que la reclaman pero a los que cada mañana abandona en manos de extraños?

– No sé, tal vez sean dos mitades de la misma persona.

– ¡No seas tonto! Nadie puede tener dos mitades antagónicas. Nunca podrían integrarse en una persona sana.

Es posible. Sí, sí, claro. Ahora que lo mencionás…

No quiero contradecirla. Nada de lo que sucede le resulta del todo claro a mi primitiva mentalidad de mono. Su inestabilidad, su frágil equilibrio. Lo que le ocurre es algo que puedo entender pero que me resulta ajeno. Es demasiado femenino. Quisiera retenerla pero apenas lo pienso aparece la otra. Me gustaría impedir que su otra mitad se apropie de su cuerpo. Pero es imposible. Sería como intentar llevar agua en el cuenco de la mano. Quiero quedarme con ella. Acompañarla. Siento que debo hacerlo. Pero sé que va a desaparecer.

Desde alguna parte del hospital llega el sonido amortiguado de “Come as you are” y la desgarradora voz de Kurt Cobain le sube algunos grados a la intensidad de la escena. Ella también lo percibe. Hace un giro mínimo con la cabeza buscando la fuente de la música. El sonido la alcanza. Hace una pausa minúscula. Parece que lloviera en su interior, pienso. Y al instante me pregunto qué querrá decir eso. Un pensamiento absurdo. Sigue hablando como si se contara a sí misma algunos hechos que ya conoce pero que necesita volver a escuchar.

– La mañana en que volvimos a casa después de mi primer parto me desnudé acostada sobre la cama. Estaba exhausta, dolorida, confusa. Me miré las palmas de las manos. Las mismas que hace un rato se juntaron con las de Franco sobre el vidrio. Cuando tenía doce años una amiga de mamá me leyó el destino en las líneas de la palma. La mujer se quedó un rato mirándolas. Me dijo un par de cosas obvias. Pero yo siempre sospeché que me ocultaba algo. Una cosa terrible que no se animaba a decirme. ¡No te rías! Todavía lo pienso y me asusta.

La sombra enérgica de la otra Inés mueve los pies sin desplazarse del lugar. Entra en calor para disputarle el cuerpo a la mujer atormentada que bebe cortos sorbos de café mientras sorbe ruidosamente las lágrimas que buscan el camino de su nariz. Entrecruza los dedos de ambas manos, los estira. Una secuencia de ruidos que llegan desde sus articulaciones se desata como una ametralladora. Gira los hombros y la cabeza alrededor del cuello como un boxeador que se prepara para subir al ring.

– Esa mañana –después del parto- apoyé las manos sobre mi cuerpo y lo recorrí. Me pareció un territorio desconocido. No podía creer que ésa fuera yo. Que aquél fuese mi propio cuerpo transformado. Me sostuve los pechos. Estaban pesados, enormes, turgentes. Los pezones oscuros, me parecieron ajenos. Entonces una gota de leche se asomó y se estiró hasta caer sobre mi panza. Quise correr, pero no podía moverme. Quería escapar. Esa no podía ser yo. No me reconocía. Pasaron por mi cabeza las caras de la abuela Soledad, la de mi vieja, las de mis tías gordas amamantando a sus hijos en el patio de casa mientras jugaban a las cartas y masticaban trozos enormes de bizcochuelo que se les quedaban adheridos a la comisura de los labios. Sentí que todas las mujeres del mundo pasaban por mi cuerpo y se adueñaban de él. Que me señalaban con el dedo. Yo no quería eso. No lo quería. Pero no podía escapar sin faltar a leyes milenarias. No podía, no podía. Nunca jamás iba a poder salirme de allí. Estaba condenada por la historia de siglos, de miles de mujeres que antes que yo habían decidido cuál era el camino que también yo debería recorrer. Me sentía triste y culpable por sentir esa tristeza.

La vi derrotada. Triturada por una boca que se la tragaba sin que ella pudiese ofrecer resistencia. Hubiese querido protegerla de ella misma. De la idea ancestral que la aturdía con las voces de todas las mujeres que existieron desde el inicio de los tiempos. Quise arrancarla del lugar donde se encontraba y ponerla a salvo. Estaba sola, cautiva de juramentos que ella nunca había pronunciado pero a los que no podía renunciar. Sentí vergüenza por mi condición de hombre. Por la torpeza de no encontrar las palabras para decírselo.

– ¿Qué les voy a decir a mis hijos dentro de algunos años? ¿Que su madre se siente frustrada porque abandonó su carrera para criarlos? o ¿que los abandoné a ellos para avanzar en mi profesión y me siento desolada por haberme perdido sus mejores años?

Me mira. Busca alguna señal que le permita responder sus preguntas. Yo intento mantener una expresión neutra como para no comprometerme con ninguna. El beeper suena dentro de su bolsillo pero ella parece no escucharlo. Siento los pasos firmes de la otra que se aproximan cada vez más rápido. Toc, toc, toc… Su respiración me llega como un rumor intermitente. Graznidos de pájaros dentro de una caja de cristal. Raro. Un sonido sibilante. Como de un animal aéreo y furioso. Le acaricio la cabeza a la pobre Inés. Es una despedida. Mis dedos abren surcos en su cabello y liberan bocanadas de perfume. Me separo algunos centímetros. Sé lo que va a ocurrir.

– A veces pienso que estas preguntas no tienen respuesta. Que me pasaré la vida entera entre dos mujeres que son yo misma. A veces llora la mamá, a veces llora la doctora…

La miro por última vez. Se contrae primero y se estira después como si la atravesara un rayo. Se estremece. Se transforma. Es la otra Inés. Se peina con las manos, se ata el pelo con una hebilla de madera con forma de mariposa. Alisa la ropa. Se mira sobre el reflejo de la ventana. Se acomoda el cuello de la blusa. Levanta la cabeza y los hombros. Mira en el vidrio hacia atrás y abajo. Necesita comprobar que sus poderosas nalgas todavía están allí. Se encienden bajo el efecto de su mirada como dos gajos de una fruta madura. Las enarbola como un estandarte. Entonces repara en mi presencia.

La otra Inés -que ahora es una sombra- coloca las manos sobre sus propios hombros. La derecha sobre el izquierdo, la izquierda sobre el derecho. Se aprieta y se frota como si quisiese darse calor. Parece que un frío glacial la recorriera hasta hacerla temblar. Quiero tocarla. Estiro mi brazo. Pero mi mano la atraviesa como a una nube. Mis dedos asoman en su espalda justo debajo del omóplato y mi codo permanece a mitad del esternón. Retiro la mano aterrorizado.

La primera Inés me mira. No comprende mis movimientos inexplicables. No sé qué decir.

– Si no estuviese sonando mi beeper me tomaría algunos minutos para explicarte porque pienso que estás loco, irremediablemente loco.

Lee el mensaje en la pantalla del aparato y después lee en mis ojos el desconcierto. No dice nada. Su mirada me acribilla como un pelotón de fusilamiento. Espera que yo haga algo que para ella resulta evidente pero que yo ni siquiera imagino.

-¿Vamos a ver a los pacientes o pensás quedarte toda la mañana mirándome como un idiota?

– No, claro…, veamos a los pacientes. Es que a veces no entiendo tus silencios.

  • Aleja

    Me encantó!